MI OTRO YO

»Mi Poeta sugerido: María Victoria Atencia

mi otro yo
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Mi otro yo me acompaña indiferente,
al minuto, al instante, a cada paso,
vigilando si salto, por si acaso,
desde ésta que es mi orilla a la de enfrente.

Pareciera dormido, inexistente,
mas siento que él me va dando un repaso,
protesto, y amenazo, y no hago caso,
que me voy a lanzar en parapente.

Que a consejos yo atiendo con desgana,
harto estoy, no me atengo a las presiones,
pues si he de silenciar las emociones
justo es saber, lo hago de mala gana.

Si no puedo gozar de libertad
de qué sirve vivir en esta vida,
su protección aquí es mal recibida,
se lo digo en honor a la verdad.

Que la tierra en barbecho son rastrojos
que con yerbas forman la humanidad,
la verdad no existiría sin maldad,
pues le obliga al humano a abrir los ojos.

Lo sabe el corazón que se entretiene
propinando a este infiel malas trastadas
y aunque sean traperas las jugadas
la vida aquí sin él no se sostiene.
©donaciano bueno

MI POETA SUGERIDO: María Victoria Atencia

María Victoria Atencia

EPITAFIO PARA UNA MUCHACHA

Porque te fue negado el tiempo de la dicha
tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente
-tal se entierra a un vencido al final del combate-,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,
que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca

SAZÓN

Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.

¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha

que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.

Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento.
De Cuatro sonetos (1955) y Arte y parte (1961)

Rosa

En el joyero Tiffany′s se marchita una joven
rosa de Jericó.
Solo al costado mismo de la muerte comienzan
su plenitud las rosas
tras la ruptura última del quicio de la sed.

La casa

Me adentraba en ella -ante mí en la cubierta del libro-,
en su planta cuadrada y un silencio en sus muebles que adivino o invento:
podría pintarla como cuando era niña y abrir con una cuchilla sus ventanas,
porque ella era mi mundo inserto en otro mundo de intimidad discreta
que yo invadía y daba a los demás.
Lo que en ella pasaba -un perro, una bombilla- me resultó feliz.

Godiva en blue jeans

Cuando sobrepasemos la raya que separa
la tarde de la noche, pondremos un caballo
a la puerta del sueño y, tal Lady Godiva,
puesto que así lo quieres, pasearé mi cuerpo
-los postigos cerrados- por la ciudad en vela…

No, no es eso, no es eso; mi poema no es eso.
Solo lo cierto cuenta.
Saldré de pantalón vaquero (hacia las nueve
de la mañana), blusa del “Long Play’ y el cesto
de esparto de Guadix (aunque me araña a veces
las rodillas). Y luego, de vuelta del mercado,
repartiré en la casa amor y pan y fruta.

Epitafio para una muchacha

Porque te fue negado el tiempo de la dicha
tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente
-tal se entierra a un vencido al final del combate-,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,
que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido floral de primavera.

Suceso

¿Quién desvía tu vuelo y me desea ahora?
Estaba yo ocupándome de la compra, el teléfono,
la ropa de los niños, y se me quedó fija
en un punto brillante del quinqué la mirada
cuando tú prorrumpiste -si a tu ventana llega…-,
con un ronco zureo y súbito aletazo.

Reposa tu fatiga un momento en la casa
mientras hierve en colores la pluma de tu cuello,
y echa luego a volar y vuelve con los tuyos
al trigo de los muelles y al agua de los parques,
donde a tu desolada pareja, por tu ausencia,
el celo le contrae la encendida pupila.

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