NACIDO PARA SER LIBRE

»El Poeta sugerido: Alicia Genovese

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Nacido para ser libre como un jilguero
volando de nido en nido sin ataduras,
haciendo por el camino mil travesuras,
consciente que de este mundo él es temporero.

Tratando de que sus alas pronto crecieran,
cuidando que por el uso no se dañaran,
que vientos y que huracanes no destrozaran,
las lluvias si torrenciales no les pudrieran.

Luchando contra los vientos y las mareas,
que aquellos que tanto le odian no se las corten,
que fingen o que le ignoran no las acorten,
buscando salir airoso de las peleas.

Volando de rama en rama, los tropezones
salvando tratando siempre levante el vuelo,
la chispa ganando el juego a su desconsuelo
hurgando hasta la razón en las sinrazones.

Ser libre, volar muy alto mirando al cielo,
pedruscos que hay en su espacio desbaratando,
y hacerlo con alegría siempre soñando
volando sin despeinarse como un mochuelo.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Alicia Genovese

Alicia Genovese

Los nadadores de aguas abiertas

hablan del agua, incansables;
la diferencian, la asocian
como si persiguieran
un rastro infinito.
El agua que describen
no es solo agua,
entre el pedregullo y las arenas
se carga de sólidos
entre las corrientes
toma la fuerza
de un animal prehistórico.
Más densa, más liviana,
amarga, abrazadoramente cálida.
El agua en la que se sumergen
nunca es la misma,
pero no repiten,
encarnan precarizada
la frase de Heráclito.
Los nadadores testean
cuando respiran tensos
al filo de la hipotermia,
cuando el barro del fondo
enturbia las antiparras,
cuando se dejan ir también,
en un placer amniótico.
Más tersas, más ásperas,
más dulces;
cuando la brazada avanza
descubren. Levantan
esa planicie inestable
buscan cómo sostenerse
o remontar,
igual que en el gran océano
del vivir,
qué objeto servirá
para fijar el rumbo
o qué es el equilibrio
sin apoyo.
En el aliento
la obsesión por el agua.
Los nadadores alzan
oscuras masas de soledad;
emergen entre enormes
intocadas masas líquidas,
siempre al borde
de ser tragados,
siempre en el límite
de lo incompatible.
En una deriva
picada por vientos
entre algas y desechos
de los tiempos modernos
nadar el mar
como se nada lo real.
Abro la puerta de mi casa,
soy la nadadora
que con los brazos vuelve
a un rudimentario atavismo.
Espíritu del agua,
abrime el paso,
mundo de la carne
y de los intercambios humanos
voluptuoso y denso,
cuál es el resquicio:
agua reticente atravieso
agua herida, agua
del primer sí.

María Inés Mato nadó las aguas

más frías del planeta;
cruzó el Beagle, el canal de la Mancha,
un estrecho impensable del mar Báltico.
Sin trofeos, ni estadios
sus travesías parecieron inventadas.
Bordeó el glaciar en paralelo,
en círculo la isla de Manhattan;
aguas que expulsan con su mezcla ácida,
raras aguas que entregan
su cauce de vértigo.
María Inés Mato eligió en lo abierto
mareas de montaña
y volcanes helados,
oleaje turbio del mundo sensible
cenizas, peces, barro.
¿Quién acepta una nadadora sin pie
o ese imposible desequilibrio?
Con una pierna menos y sin prótesis
entrenó como una disidente;
en el verso libre encontró ritmos,
palabras que sostuvieran el calor;
en la falta de gravedad del agua
se llenó de voces;
nadar es hablar con la respiración.
Al mar del sur le habló con la memoria
de las mujeres yámanas,
a bordo de sí, con la corriente
del cuerpo hizo canoa
para llevar el fuego a la otra orilla.
María Inés Mato unió el estrecho
que separa Malvinas. Brazada tras
brazada, de la guerra abre olvidos;
una huella de espuma, un puente blanco,
un rastro en el agua de los vencidos.
¿Quién acepta una nadadora sin pie
que explora las bajas temperaturas,
sin rayas marcadas ni andarivel,
en las olas de su propia ruptura?
Con aire, un mar en contra se horada.
Del agua helada dijo duele muchísimo
pero es una frontera,
un cruce, solo eso.
Sin traje de neoprene
se zambulló en los hielos antárticos,
la gorra de goma de los nadadores
emergió inédita entre los témpanos;
un video muestra el barco guía
y su continuo braceo
bajo el ancho vaivén de una gaviota.
Coordenadas desiertas
que borran cualquier marca.
Proezas hacia adentro
probadas con el pulso.
Si cada persona es su propio mapa,
el suyo traza líneas,
casi imaginarias.
María Inés Mato buscó aguas frías
mares renuentes a la aceptación,
nieve hendida del planeta ¿o qué
callados, secretos límites cruzó?

Una nadadora cruza las 103 millas

entre Cuba y Cayo Hueso,
sobre el atardecer encendido del mar Caribe;
desde un kajak alejan
a su alrededor los tiburones
con un aparato que emite ondas;
usa unas antiparras que permiten
la visión nocturna y a eso se limita
el despliegue tecnológico.
Cuando hunde la cabeza al nadar sucede
lo que importa: el ser frente al obstáculo elegido
para probar que es.
Se llama Diana Nyad
y ya cruzó
desde Bahamas, batió récords.
Tiene 61 años y no se detiene
mas que para beber unos minutos
en el apuro de esa inmensidad.
Cuando nada parece no haber llorado nunca,
cuando nada parece que la melancolía no le
/hubiese roto
los deseos nunca.
Cuando nada la fuerza
no es solo atributo
de los dioses.
Pero la marea en contra la obliga a desvíos hirientes
mientras el agua brilla
como una autopista interminable en la lluvia,
como una hoja de filodendro agigantado por la
/lluvia
y el fracaso ahueca el aire
como un graznido.
Si abandona, la meta permanecerá, invisible
en la mañana después del cansancio,
en la noche anterior de la necesidad;
cuando crece la necesidad no hay sal, ni sed, ni sol
enceguecedor que melle
la voluntad de ir.
Pero ella nada ahora. Es dura, entrenó, bracea,
no se desgastó en lo inútil;
tiene 61 años y toda una vida de nadadora.

Una rompiente de aguavivas

viene a embestirme
con los hilos del ardor,
con las cabezas viscosas
levemente ladeadas.
No hay debajo de la ola,
ya rompe
y debería barrenar
como si no tuviese repelencia
ni los brazos inmovilizados.
Una rompiente de aguavivas
en el horizonte
sin escape del sueño;
cuál será la del dolor
cuál dará el topetazo
o quemará
el cuerpo desnudo;
cuál exigirá el tironeo
en la carne ampollada,
sacar los filamentos
enfriar la fiebre.
Levemente ladeadas
ante las cámaras,
habían encanecido
las cabezas de los represores.
Casi calvas, algo cínicas
en el banquillo de los acusados;
sin una fibra de retraimiento
que brotara de los años
como de un árbol de silencio.
Aguavivas de la pesadilla
y vigilia;
el dolor quedó afuera
de esas cabezas,
el dolor que no pudo
sentirse del todo,
un dolor como un mar negado
por preguntas que al despertar
querían su cielo y sus semillas.
¿Cómo alcanzar
la rosa diurna,
el coral sumergido,
el diamante de olor
prendido hondo?
Un mar revuelto la memoria
donde sopla la furia
y el dolor se abre limpio,
flor originaria.

Anónima

vete Federico a la cruzada
si regresas
asaré carne de venado
y sonreiré junto al fuego
al verte desgarrar
un muslo entre los dientes
tu barba crecida
con olor a pólvora

vete a mí me toca
raspar con arena
el tizne en la marmita
cuidar a los niños
de la fiebre azul
cuídate tú también
del escorbuto

ojalá tengáis tiempo
de inventar la penicilina

vete tranquilo
los hombres que se quedan
rimarán mi lamento
y mi dolor suspendido
de un gancho
como una res
o una brillante cacerola
(de Anónima, 1992)

El pájaro oscuro

En la luz enceguecedora
de la media mañana
un pájaro oscuro
sobre los arbustos;
un tordo, quizás, aunque no es
definitivamente negro;
al ladearse parece
tomar un color: un veteado
azulino en las alas;
no es el cuervo de Poe,
no es el mirlo de Stevens,
es lo que llega, impreciso
sin nombre
y el lugar adquiere
movimiento,
se posa y deja
como semillas el alerta
de lo recién tocado;
se acerca a los sauces
y en su plumaje, el verde;
otro filtro de ramas
en el mismo
tafetán cambiante:
tordo, azulejo, mirlo del sur,
se tornasola sin respuestas
como los ojos
que dan felicidad;
es un brujo de tribu
señalando con el vuelo
la vigilia del paisaje
Lo sigo
sin lograr fijarle
identidad;
un pájaro oscuro
que en la química del día
escapa de lo exacto;
conocedor de follajes
y de espejos ilusorios
burla mi percepción;

gira la cabeza, me ha visto,
abre vuelo entre las cañas
y se va, poderoso
inclasificable
(de Química diurna, 2004)

La sedienta

Agua,
ahora necesito tomar agua,
fresca, estrepitosa,
en grandes cantidades;
vasos y vasos
rebosantes de agua
que diluyan lo vivido
en su cascada;
golpes de agua
que redondeen y conviertan
en canto rodado
sus piedras ásperas
Un río
de agua bebida
que deshaga secretos
que sostenga la violenta
desnudez del amor
sobre una
corriente mansa
Agua que atraviese
el esófago
y resuene en el esternón
bombeando las arterias,
que intente aplacar
dulces reacciones
reflejas a la voz
y al cuerpo amado recorrido,
bosques eternos
del derramamiento
y la disolución
Agua, agua,
río de la indolencia,
llevame a la belleza
de la escarcha
aunque queme brotes
aunque me congele
las manos
cuando intenten acariciar
Espada del orgullo
boomerang de los errores
nada podrán
si estoy fría
No confundas los ojos
en los que anida la ambición
con aquella íntima
orilla de rompientes
Agua
que corra y corra
para saber lo cierto
o en qué punto
se estabiliza lo real
(de Aguas, 2013)

Honras

ed è subito sera
Salvatore Quasimodo

Un autito rojo, trajiste
una Maseratti, decías
y yo daba vueltas
pedaleando la manzana.
No es un regalo para nenas,
observaban las madres,
pero yo era entonces
la única hija,
la que te miraba extasiada
detrás del alambrado:
casco y antiparras
en la pista del autódromo,
héroe de ciencia ficción
entre los motores de la largada.
Un deseo transmitido
en el encofrado del propio
devolvía amor.
A lo lejos escuchaba
el escándalo sonoro
y salía a recibirte;
trepada a tus hombrones
se abrían
las puertas de la casa.

No era para nenas
pero siempre
tuve tu permiso.
***
Me llevaste a la escuela,
casi de noche en invierno,
desde Lavallol a Banfield.
Me esperaste en la terminal
de micros en Necochea,
con el frío de las siete,
y en la estación de Lomas
los mediodías
calurosos de domingo.
A los dieciocho
para escribir me regalaste
la Lettera portátil.

Fuiste puntual,
el amor
quizá sea ese detalle.
***
En la autopista
seña de luces
y paso de carril
a otro más lento.
El velocímetro deja
de crisparse,
prueba una persistencia
que no busca trofeos,
una meta desafectada;
la vida en los afectos
debería ser
esta calma aceleración.
Los neumáticos
se despegan
y se pegan al asfalto
cruzan la ruta
en un continuo;
calcular distancias,
tantear apenas el freno
sin brusquedad;
tu abrazo ancho
eterno continuo.
Por el polarizado
de los vidrios,
palabras nítidas aún:
oír, saber
por el sonido.
Sobre la Panamericana
un auto impecable,
afinado
como para un concierto
te homenajea;
escucho el motor
desde tu oído
sin cuentavueltas,
el ciclo extenuante
de los metales.
Conducir es un arte
***
Que el camino te sea propicio
rama extendida del afecto,
hoy del abrazo,
tierra bañada, costa
indemne al diario sinsabor

que te acompañen armoniosos
motores veloces
sonoros, en primera a fondo,
los seis cilindros devoradores
de tu camioneta Ford

y seguro va
cargada con cajas de comida
para jubilados indigentes,
con tu reclamo a mediadores
que roban el azúcar o el aceite.

Tu sentido de justicia
es mi fisura,
contra mí misma escucho
mi defensa.
Pedazo de tierra
amontonada que se asienta,
túmulo sin bronces
donde la muerte
impone su orden.

Que sigas en comisión
de fiestas, para el club
acarreando parlantes
y música bailable,
asado y dos claveles
obsequiosos para las señoras;
manera de dar
en la riqueza de lo poco,
en la risa donde abrevo,
cuerpeada.
Cenizas del corazón
esta vigilia,
tramo adoquinado
en la impericia
con tu falta.
(Inédito)

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