NO QUIERO SER UNO MÁS/

Fernán Silva Valdés (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.

 

Yo, no quiero ser uno más, simple abeja en la colmena,
un ser con un alma buena que va caminando a ras
de este mundo en que quizás vivir no valga la pena
arrastrarse por la arena o avanzando para atrás.

Que vivir es respirar, eso es cierto, es bien sabido,
como un soplo es relamido por el aire en el desierto,
o el dormir a cielo abierto pusiera ser desmedido,
dudando de haber venido a este mundo tan incierto.

Y pues que no hay elección, habremos de hacer camino
hasta llegar al destino sin ninguna dilación,
con la gula del glotón disfrutando del buen vino,
si es que ha de ser nuestro sino bendita esta bendición.

A veces melancolía y a ratos la frustración,
una pena, esa emoción, un llanto en una agonía,
del despertar la alegría, o aun la desesperación
cuando llueve, una canción, el rezo en la sacristía.

Así es el día tras día y así el tiempo va pasando,
nuestro alrededor mirando todo lo que el viento arrasa,
con temor, con fina guasa, a unos y a otros criticando
que el recuerdo va robando a la esperanza su grasa.
©donaciano bueno

¿Conoces a Fernán Silva Valdés? Lee/escucha algunos de sus poemas

Fernán Silva Valdés

Gaucho

Gaucho:
Naciste en la juntura de dos razas
como en el tajo de dos piedras
nacen los talas.

Con un poco de tierra y otro poco de cielo,
amasaste el adobe para construir tu rancho
-mismo como el hornero-.
Por eso yo te veo ascendencia de pájaro.

Eras,
una mitad liada abajo y otra mitad hacia arriba;
una mitad de tierra y otra mitad de cielo;
un mitad de carne y otra mitad de alas;
carne tu forma física;
alón tu forma lírica;
y si eso no bastara para llamarte alado:
alas en tu caballo,
alas en tu sombrero,
alas todo tu poncho.
alas, a media espalda flameando en tu pañuelo;
y alas también llevabas fijas en los talones:
las agudas rodajas de tus espuelas.

Gaucho:
naciste en la juntura de dos razas
como nacen los talas
en el tajo de dos piedras.

Yo soy un hombre

Mujer, si mis poemas no te gustan
He de gustarte yo;
Entre nosotros dos sobra el poeta
Porque yo vengo a enamorarte en hombre.

Para decir “te quiero” no necesito versos;
Los poemas me sobran cuando estoy a tu lado;
Los poemas son buenos
Para llenar el hueco que hay entre dos hastíos;
Y el día en que me. ames podremos estar mudos
Porque hasta lns palabras nos servirán de estorbo.

Ignoras hasta dónde te comprendo;
Y que soy ese mismo que ti andabas buscando.
No te traigo canciones, te traigo besos;
Yo canto solamente cuando tengo
Los labios en ocio;
Yo no soy un poeta, soy un hombre;
Y eres tú la que quiero, tú la que me hace falta
Para sembrar mi nombre en la carne de un hijo.
Mi presente no es para adorno de tu piel;
Ni para tus cabellos, ni para tu garganta;
Yo te traigo — caliente de sangre —
El grito más viejo del mundo.

Yo no soy poeta, soy un hombre.

El Cardenal

Entre los pájaros cantores
ninguno más salvaje, ni más bello
ni más bravo, ni más altanero
Eres lindo, lindo,
con tu pecho blanco,
con tu lomo gris
y tu arquitectónico mechón colorado
Cardenal,
pájaro americano de copete rojo.
yo no sé cómo Rozas
no te hizo obligatorio.
Cardenal:
yo te he visto volar en el alba crecida
portador de la mecha
para encender el día;
y he notado que al rato
tu canción fresquita y mojada
venía apadrinando la madrugada.

Capitán de mis sombras

Yo, mi caballo y el campo.
Chicotear del lazo en las ancas del pingo;
saludable olor al sudor del montado;
mellizo flamear de la golilla sobre mis hombros;
festivo pereré de un petizo a media rienda;
dolor perfumado del pasto machucado por los cascos;
horizonte caliente y luminoso que abre cancha a mi audacia
verde culebra del monte estirada
a lo largo del río.
Yo, mi caballo y el campo,
y atrás, galopando sin ruido,
el pelotón de los míos.
Todos los criollos que llevo en la sangre
se corporizan, fantásticos, a mi espalda,
y se oscurecen y se aclaran
en la nube de polvo que levanta mi flete.
Yo, mi caballo, el campo,
y tapando mi trillo el tropel de los míos.
Borrosos en sus barbas y en sus melenas
los voy reconociendo:
Aquel es don Francisco Solano Antuña,
servidor de la patria:
Ese otro Juan Venancio Valdés.
guerrillero de Oribe;
y Calixto Muñoz, con su escuadrón de locos;
Y José Maria Silva.
defensor de la plaza civil de la Florida:
y Dámaso, su hermano, que murió fusilado;
y subiendo en la hebra del mismo apelativo,
don Antonio Teodoro. padre de los mentados,
que peleó en Sarandi, sin salir de sus campos;
y mi padre, mi padre en su caballa overo,
mismo como el del “Fausto’.
overo en cuyos lomos aprendí a ser abrojo.
Y al galopar por los campos sonoros,
dorados de soslayo por el último sol,
el pelotón me sigue fantástico y heroico,
embanderado de ponchos y golillas…
Y sus miradas duras acampan en mis ojos;
y sus bocas barbudas quieren decirme algo;
y sus manos levantan, hábiles, los fletes silenciosos
-cancheros del aire-
y sofrenan a un tiempo si yo sujeto el mío;
y yo que sin quererlo, voy en la punta,
insisto en comer cola.
respetuoso, asombrado,
deseo dejarlos pasar adelante,
hasta que uno me grita desde su cerrazón,
parado en los estribos:
“Hacé punta muchacho, no te achiquen las barbas;
si el más sabio, el más viejo, el más toro sos vos.
Sos la suma de todos,
florecés y te alzás de nosotros
como el árbol se alza de sus raíces.
Nosotros, desde abajo, te nutrimos
de criollismo;
sos la punta florida de cuatro apelativos;
cierto que estamos ciegos,
cierto que estamos mudos,
mas cuando vos cantás
nos sentimos cantores en las sombras
porque vos sos nosotros, cantando por tu boca,
y el ansia de cantar que en vida mantuvimos,
en tu boca, muchacho, se hace voz;
no te achiquen las barbas y hacé punta,
que para eso sos el payador”.

Y al galopón por los campos sonoros,
llevado por el viento y el polvo que ellos soplan,
punteo sin quererlo -capitán de mis sombras-,
cuarteador de la Muerte,
luminoso, embrujado,
envainando mi cuerpo en la noche al bracear del caballo.

La leyenda de la flor de ceibo

Me lo dijo un indio viejo y medio brujo
Que se santiguaba y adoraba al sol
Que en los tiempos en que el era niño
El ceibo no lucia flores rojas como hoy.

Pero una mañana sucedió el milagro
-es algo tan bello que cuesta creer-,
Con la aurora vimos al ceibal de grana,
Cual si por dos lados fuera a amanecer.

Y era que la moza mas linda del pago,
Esperando al novio toda la velada,
Por entretenerse se había pasado
La hoja del ceibo por entre los labios.
Entonces los ceibos como por encanto,
Se fueron tiñendo de rojo color…
Tal lo que me dijo aquel indio viejo,
Que se santiguaba y adoraba el sol.

El rancho

Retobado de barro y paja brava;
insociable, huyendo del camino.
No se eleva, se agacha sobre la loma
como un pájaro grande con las alas caídas.

Gozando de estar solo,
y atado a la tranquera a ras de tierra
por el tiento torcido de un sendero,
se defiende del viento con el filo del techo.
Su amigo es el chingolo;
su centinela gaucho el terutero.

Por la boca pequeña de una ventana
apura el mediodía en un solo bostezo:
de mañana despierta con el canto de un gallo
y de noche se duerme con el llanto de un niño

Es creyente a la vez que fatalista:
a supersticioso nadie lo iguala:
se persigna al chistido de la lechuza
o se tapa los ojos por no ver la “luz mala”.
Y se encorva de miedo cuando aúllan los perros
-con las cerdas del lomo despeinadas-
porque pasa la Muerte, chúcara e invisible,
montada en pelo
en la yegua sin freno de la leyenda.

Es torvo como el gaucho hasta en su mansedumbre;
como aspira tan poco, nunca sale de pobre;
y guarda con orgullo, como único tesoro,
-expuestas en un marco con alardes artísticos-
la estampa de un caudillo
y una divisa bordada en oro.

Ni altivo, ni bizarro; humilde, nada más;
ignorante a la gracia y al donaire,
adornan su mal gesto curtido de intemperie
un nido de hornero y un clavel del aire.

Es viejo ya, sus quinchas han visto tres patriadas;
agringarse los criollos, acriollarse los gringos;
si no le salen canas le nacen cicatrices,
y aceptando el destino de concluir en tapera,
mira pasar los años y crecer los “gurises”,
echado boca abajo y con el lomo al sol.

En los atardeceres en que se pone triste
revisa sus recuerdos de un vistazo hacia adentro,
y encuentra cuatro fechas que lo hicieron vibrar;
cuatro fechas que son
los puntos cardinales de su emoción:
Una boda, un velorio, un nacimiento
y una revolución.

Cuando se quede solo, sin poder contra el viento,
y caiga de rodillas, será tan poca cosa,
su historia tan vulgar: un placer, una cuita,
que cabrá en las seis cuerdas de una guitarra
y en los seis suspiros de una vidalita.

A un río

Río
Condenado a jadear como los pechos;
Condenado a pasar como las horas
Arteria que conduce la sangre del ocaso
Al corazón sediento de la tierra,
Y se ciñe al paisaje.

Como a un ramo de flores una cinta.
Río que en sus ondas
Ritma el vaivén del tiempo,
Y es como una bandera quo flameara
A lo largo, a lo largo de las patrias.

Te adornas en la espuma;
Te enojas en los riscos;
Te aburres en los puertos;
Y cambias de color por cualquier cosa:
por una nube que pasa…

El hombre que te explota y aprovecha
Te hace plena justicia sin saberlo,
Pues te ocasiona el tajo de una quilla
Y lo la la alegría de una vela.

Naces en una gruta de la montaña;
Bajas al llano y andas muchas jornadas,
Y al sentirte cansado
Formas un lago y sueñas…

Eres como los hombres cuando cantas;
Eres como los hombres cuando ruges;
Y mejor que los hombres porque ellos

Llevan consigo sus instintos malos
Y no tienen orillas donde ochar sus resacas.

Río, cuando cantas
No sé si estás colérico o alegre,
Pues siempre lo haces mostrando tu espuma.
Eres como los hombres cuando enojan
Y eres como los hombres cuando ríen,
Que siempre lo hacen, mostrando los dientes.

Ignoro si eres noble o eres vil;
Llevas oro escondido en tus corrientes
Pero en tu superficie baila el sol.
Eres noble — río —
La nobleza más vil es la del oro
Pero el oro más noble es el del sol

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