NUESTRO OTRO YO

Sergio Briceño González (poeta sugerido)

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El ser que habita en mí, el que es mi amigo,
el mismo, el que me sigue la corriente,
o me hace padecer cual penitente,
algunas veces, ¡ay! me da su abrigo
y hay otras que anda ausente.

El que hace que vivir sea llevadero,
y a veces cuando estima me regaña,
me ayuda cuando estoy en la maraña
quitando las espinas del sendero
usando de su maña.

Aquel que me soporta y que me acoge
y hay veces si le gusta me bendice,
permite mi cerebro se actualice
si mucho ha de llover que no se moje
y sé lo que me dice.

Que a mi lo que me importa es ir tranquilo.
El día en que me deje de querer,
si aquello me debiera suceder
me iré cual si no oyera con sigilo
diciendo hasta más ver.
©donaciano bueno

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Sergio Briceño González

Misiones

No te agradecen las mujeres
si les escribes versos.

No los entienden
pero sienten agrado
al oírlos sonar.

Recuerdan de su infancia
medias blancas
y novios juveniles.

Te dan un beso
nadamás
si les escribes un poema

Lo guardarán. Lo olvidarán

Las mujeres no quieren hombres
ni poesía.

Son sólo mujeres. Demasiado.

Pérdida

No hay forma
de encenderlo.

Ni con chispa
o fogata.

Ni soplando
en la base
para que encarne
el fuego.

Ni rociando butano
o kerosén.

No es posible encender
ni siquiera una vela
en esta cueva oscura
en que se oculta
la bestia
del amor apagado.

Mezzo

A la mitad del amor
sabrás que es necesario descender.

Almas verás
gritando en el suplicio.

Pero nadie vendrá
para decir sus nombres.

No son ángeles
ni pétalos
lo que habitó este reino.

Ahora son espinas
o piedras o pantanos.

Volverás a la luz
con las manos manchadas.

Tendrás sabiduría
a la mitad del amor.

Madre

Llegaba a casa oliendo
a nicotina.

Tomaba un baño largo
y luego cama.

Su respirar
en mis oídos

El alcohol que sus tripas
fermentaban
salía por sus poros
con aroma de asbesto.

Tarde se incorporaba
para desayunar
con derrame en el párpado.

Compartía la habitación
con ella.

Ahora tiendo sábanas
por si llegara tarde.

Mas nunca llegará.

Casa II

Con un cuchillo
mi padre marcaba
en la pared mi crecimiento

Después
de metro y medio
ya no hay nada.

Pubertad

Otro rayo desciende
por su pelvis
para incendiarle el pan.

Una burbuja
se hace fibra
en el ombligo
hasta doblarla.

Otra gota
de infierno
entre las piernas.

Y la inmediata certeza.

La sensación de madurez.

Tiempos

Siguen cayendo
víctimas de celos
o rencor.

Siguen odiando
al prójimo.

Mienten y hacen trampas.

Financian sin fondos
y venden
matan, perjudican.

No son escrupulosos.

Se tratan
con invectivas dulces
y socarrones verbos
de gracia indubitable.

Pero no los atiendas.

Mañana tal vez digan
que de ti descubrieron el talento, el amor.

Se harán pasar por tiernos, por colegas.

Mas al darles la espalda
el puñal o el zarpazo.

Y la sonrisa dócil, desde luego.

Funge de pordiosera en Catedral.

Besa al marido
antes del baño.

La vieron en los muros
de un burdel
hinchada de semilla.

Se oprime un seno
para sentir tu encía.

Calza clavos.

El musgo
de su pubis
un trigal.

Mezcla su orín
con el jabón.

Nada para hoy -dice.

Ni un conjuro. Ni un crótalo en la pelvis.

Al mirarse
al espejo
un rayo la devora.

Díptico

Vago por el mundo
con los ojos secos.

Soy el que anda con bordón.

El que tentalea
y se arrastra.

El que se cubre los ojos
con el brazo.

Ese
al que un grito ha roído
y al que dicen:

Vuelve a arrancarte los ojos.

Y mira.

Adolescencia

Tienen aire de garduñas
en un pobo.

Quitan de los pulmones
la respiración
y del pecho el latido.

O de la sien el eco de la sangre.

Tienen cuarenta pechos
en apenas dos.

En su cintura hay tábanos.
Cigarras o avisperos
en la rendija
que les pinta el calzón.

Son baratas si les pides risa
y costosas si un beso.

Despiden un aroma picante

Adoran a los micos
y me han visto orinar
con calentura.

Miran en mi entrepierna
y se manchan de rojo sus mejillas.

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