¿QUIÉN SOY YO…?/

Enrique González Rojo (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Por mucho que lo intentes, no consiento
deduzcas que yo soy un estrambote,
una escueta laguna en el cogote,
una pulga que vuela ya sin viento.

De una mosca, pelota en el rebote,
de algún loco de atar, el aspaviento,
musaraña sin alma y sentimiento
que espera que le llamen por el mote.

Y aún algo más, la huella digital,
un número que acaba en una letra,
atormentado el alma de un poeta
que mal anduvo y que acabó fatal.

Soy ese anillo que baila en anular,
dedo que en la nariz saca una mota,
la puta en la baraja, una sota,
la rana que no para de adjurar.

Yo soy una persona ¡qué me dices!
que avanza por la vida sin saberlo,
quizás una moneda de estraperlo,
o un tipo que se toca las narices.
©donaciano bueno

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Comentario del autor sobre el poema: Todo siempre en tono de humor, como hay que tomarse la vida, aunque a veces los acontecimientos no nos lo pongan fácil.

POETA SUGERIDO: Enrique González Rojo

Enrique González Rojo

VIDA Y OBRA DEL ESPACIO

A Guillermo Tovar de Teresa

No es verdad que el espacio
sirva como lugar en que se citan
oquedades, rendijas, intersticios
celebrando el congreso de la nada.
No es el telón de fondo
donde hay algo que salta y representa
ademanes de ser, gestos de cuerpo.
No es tampoco un vacío donde aflore,
con el solo habitante de la asfixia,
el único rincón en que la historia
no puede respirar.
Hay espacios que nacen, que gatean
con sus tres dimensiones. Espacios que se yerguen,
sumándole agujeros a su hueco,
hasta la edad madura del abismo
–donde está siempre el vértigo asomado–
o hasta esbozar un ámbito que abarque
desde tu boca abierta hasta los cráteres
que se abren en la luna.
Hay espacios amantes, cuyo coito
–logrado al presentar el pasaporte
que goza de la visa de la entrega–
extraditan sus límites y acaban
con el crónico mal del que adolecen
las naciones, enfermas de frontera.
Hay espacios ya graves: el derrumbe
que amenaza la mina lo demuestra.
Hay espacios que nacen, viven, crecen:
se reciben de tiempo. Son espacios ancianos,
a un paso ya muy niño de la muerte.
Modelado de historia y de materia,
el espacio requiere de su biógrafo
que arroje las leyendas y lo trate
como hermano de todos en el tiempo,
nativo del gerundio y compatriota
de todo lo que se halla,
si olvidamos la efímera existencia,
a una cuna tan sólo del sepulcro.

LOS OLVIDOS

¿Es un descanso el olvido?
¿Es olvido caminar?
Es caminar empezar
a olvidarse del olvido?
Emilio Prados
La evocación no respeta los sepulcros,
desoye la liturgia de lo efímero,
halla a flor de beso antiquísimas bocas,
clava con alfileres el chirrido
de las palabras huidizas,
da con el descubrimiento arqueológico de una caricia
polvorienta de tiempo,
hunde su interrogación
en una de las capas profundas de la psique,
embalsama suspiros,
recuerda.
La mente se desanda,
camina a contrapelo del gerundio,
reconstruye la carne desde el molde
de las huellas,
busca el olor a vida
en la carroña de la remembranza,
le tuerce el brazo a Cronos
para tender la mano a los cadáveres,
recuerda.
Limpia los ventanales de su nuca,
carga su fardo con jirones y jirones de lo ido
para quedar intacta,
sin perder siquiera
el juguete asombroso, terrible y delicado,
de la niñez,
desentume vivencias,
riega las partes verdes
de lo perdido,
recuerda.
Recuerda, recorre para atrás
la biografía, sus episodios,
los cumpleaños, con su atalaya
para atisbar la muerte, la eterna
obcecación de los aquíes
tatuados con ahoras,
el tren que, indiferente,
con sus esbozos de cerebro al viento,
su aullido como herida en los espacios
y sus ruedas desbocadas,
va en lo suyo:
lanzándose al porvenir a toda máquina,
saboreando la meta,
corriendo tras el viento,
ganándole la partida a la llegada,
siendo sordo a las voces congelantes
de los frenos,
de las instrucciones,
de los arrepentimientos del maquinista,
y olfateando en sus proximidades
la estación terminal donde mis ímpetus
se hallarán descarrilados.
Recuerda, y al momento,
volviéndose, viviéndose
fe de erratas del destino,
rememora un firmamento de pájaros inmóviles,
con alas mentirosas;
un tiempo con futuros arrumbados
en los sótanos del presente;
rememora,
y ve cómo el espejo,
con su espía de azogue,
recupera, pujando, las imágenes
que le fueron escamoteadas por la amnesia;
pasa lista a un tropel de rostros,
adioses fracasados,
gritos,promesas
que no dieron con el modo,
el instante
o el vientre embarazado
para pasar a ser.
Mas ahora, al correr de los días,
cuando he dilapidado
casi todo mi patrimonio sensorial,
cuando derramo llanto
con todo y pupilas,
y está a punto de caérseme
el mundo que retengo entre las manos temblorosas;
ahora, cuando doy en mesarme
mechones y mechones de tiempo
y me siento invadido por el allende
y las avanzadas de su ejército
–las hoquedades de la desmemoria–,
pregunto: Dios mío, ¿cuál era el nombre de aquella
[hembra
que me dejó debajo de la almohada
sus senos, sus caderas
y la carne amasada en lo sublime
de sus muslos?
No lo sé. Lo he olvidado.
Oh masacre de sílabas.
Peste que busca su lugar en mis palabras
para diezmar sus letras.
Mis olvidos,
mi almanaque de ruinas,
dejan a la materia gris
continuamente en blanco, desnutrida,
famélica de nombres,
frases, manos,
ocultos bajo el polvo de mi rastro.
Los olvidos arrojan tarascadas
a la carne interior de mi conciencia,
a mi jardín de nostalgias clandestinas,
al vetusto directorio de entusiasmos
donde se apolillan
mis ilusiones envejecidas
y mis dedos, que se ahogaban de tacto,
están a punto de desmoronarse.
Olvidos, ay, que me roban discretamente,
o a mano armada,
la sonrisa de una promesa,
el pelo huracanado de una aventura,
el decir del filósofo
–que durante días y más días
puso a correr aullidos de metafísica
por mis arterias–,
la palabra seductora con que supe
forzar la cerradura de una carne,
la juventud que en mangas de camisa
levantó un imposible
para que al fin un sueño se encontrara
al alcance de la mano.
Padeciendo poco a poco un holocausto
de experiencias, se diría
que hoy por hoy, como oficio, me dedico
a olvidarme de todo,
a desdecir vivencias,
a dar mi brazo a torcer,
a asaltarme a mí mismo en los lugares
más oscuros del alma.
Se diría.
¿Nada me queda ya?
Con lo poco, lo poquísimo que guardo,
con éstas que podríamos llamar
las pertenencias últimas,
o mi fortuna en el aquende,
he formado un museo
para uso personal
donde me paso horas y más horas
reconociendo olvidos (desempolvados
para ser recuerdos)
o contemplando los cuadros y las estatuas
que entablan con los ojos el lenguaje
del pasado.
¿Nada me queda ya?
¿En el despeñadero de cuál de mis latidos
voy a perderlo todo?
¿Cuándo vendrá la nada
con sus manos amantísimas
a cerrarme los ojos?
El momento culminante,
intransferible,
el hoyo de desagüe hacia el que corre
la colección entera de mis ímpetus,
irrumpirá, puntualidad en mano,
con gestos de destino,
cuando tenga ya el alma agujereada
por los desánimos incontables
de la memoria;
cuando el tiempo,
encogido al presente
(huérfano de premisas,
desheredado de conclusiones)
transforme sus fronteras en murallas,
sin un solo intersticio donde pueda
ejercitar sus vicios el espía;
cuando este ahora opaco,
ciego,
mudo,
se vuelva pordiosero
de todos sus tesoros extraviados,
cuando ya no me acuerde del olvido,
cuando, amnésico, olvide tercamente
de acordarme,
de salir a la ventana a ver pasar el viento
que sopla sin cesar desde el pasado,
o tan sólo repare en que ya todo,
todo,
todo
irremediablemente se me olvida
y pasa a la ultratumba del vacío,
cuando llegue, por último, la hora
de que sea de mí de quien me vea
obligado a olvidarme.

PRECISIÓN

Para Maricela y Mario

El poeta ante la ventana
¿no estará más bien frente a un espejo,
un espejo que, como una abuela, derrocha todo el día
en bordar imágenes y entretejerlas
con espectros invisibles que circulan
por la sala?
Un poeta frente al espejo
puede tratar de sumergirse, de la mano de Alicia , en la
superficie acuosa y atrayente.
Puede meter los pies, las piernas y la audacia
en su propio delirio. Puede lanzarse a la busca, con su
[redada de ojos,
de inéditas dimensiones y nuevos puntos cardinales.
Puede comprar un minifundio
en el País de las Maravillas,
dedicarse a la inspección de la relojería
de los milagros y lanzar hacia el cosmos
la cometa oscilante de su numen.
Mas zambullirse en el espejo
-y salpicar de esbozos de fantasmas
y luciérnagas a los lectores-,
es dejar lo terreno
hablando solo,
en una lejanía que le pisa los talones
a la ausencia definitiva.
Lo que contempla el poeta,
lo que está entre sus hambrientas pupilas
y las diferentes posturas del viento,
es una ventana, no más que una ventana.
No es un muro
y su ejército de párpados blindados.
O una venda de manos en los ojos.
Es no más una ventana.
¿No escuchan lo que están sus cristales
murmurando? ¿No advierten cómo está la
[transparencia,
con su voz sin igual, recitando, de modo indescriptible,
el poema de lo cierto, lo exterior atestado de poesía?
¿No ven ahí el lugar
donde el pastor-de-miradas del ojo del poeta
las saca a pastar el ser
en los campos infinitos del afuera?

ELEFANTE

Para Arturo Córdova Just

El elefante es, entre todos los animales de la jungla,
la criatura más digna, parsimoniosa y noble;
un primor de orejas grandes
y un proyecto de cola fina y circunspecta
a medio hacer.
Cuando el calor lo pastorea hacia la inquietud
desbocada del arroyo
-donde el agua construye sus jabones
efímeros de espuma-
arrastra toda su pesada majestad
a refrescar la epidermis arbórea de su cuerpo
y a satisfacer tanto la sed que le quema las entrañas
como la -no menos grande- de limpieza
que nunca lo abandona:
su trompa deja por un segundo
de medir el tiempo
y se encarga de diseñar los duchazos indispensables
a una piel que demanda ser lustrada
y brillar, con su arrugada pulcritud,
en los claros de la selva rodeados de miradas.
Mas si de repente lo invade el deseo
y siente que su sangre
se incendia en la caldera de la brama,
sufre un insólito cambio de talante,
le pone pies alados a su olfato,
sus ojillos, nerviosos, se sienten prisioneros
de sus órbitas,
busca desesperadamente a una elefanta
y se encarama, todo urgencias, a sus ansias
soltando el aleluya del jadeo.
Si nos fijamos bien (y no fingimos
que “aquí no pasa nada” al advertir
el punto escandaloso
que se instala, flameante, en plena jungla),
vemos que el paquidermo desvergüenza
una porción del cuerpo endurecida,
como vara de tronco que, en moviéndose,
desordena el universo.
¿Dónde quedó su porte majestuoso?
¿Dónde su dignidad
de palacio sagrado en movimiento?
El elefante se arroja sin escrúpulos
y rasgando los velos de la estética
castidad cotidiana,
al mundo de lo extraño, lo asombroso,
en las inmediaciones, sí,
de lo ridículo.
Ay el sexo, el sexo,
siempre trae consigo el viejo escándalo,
los dulces, persistentes, excitantes
desfiguros de la naturaleza.

La Torre de Babel

Albañil con delirio de grandezas.
Constructor incansable de la torre
de no acabar. Impulso que reúne
su mezcla de alma y cuerpo en cada adobe.
Aeronave lentísima que escala
por terribles centímetros al cielo,
y en que hemos ido alzando, sediciosos,
la primera escalera hacia lo eterno.
De repente un relámpago y sus quejas
de timbal malherido, nos aturde
rugiéndonos que somos en pecado
que si el orgullo y la ambición discurren
con el turbión de sangre de las venas,
acabarán por ser tan sólo un coágulo
de glóbulos blasfemos, un olvido
del dedo omnipresente del decálogo.
Pero estoy, junto a todos, mano a la obra
más que para ascender, para que lo Alto
pueda por fin bajar hacia nosotros
trayendo el más allá bajo del brazo.
Qué temor, al dejar anclado el suelo,
cuando el mal de montaña o de infinito
nos ahoga el propósito y nos vuelve
en una procesión de peregrinos
con los pies amarrados y los ojos
viviendo una zozobra de galaxias,
subiendo, no subiendo, con el cuerpo
jugando a ser grillete de las almas.
Los vocablos encuentran en su carne
los poros del aullido. Y hay personas
que exigen un micrófono y se quedan
en medio de un desierto hablando a solas.
Alguien pensó de pronto: lo que faltan
son traductores: hombres empeñados
en arrancar la máscara a las frases
(que ladran diferencias) de lo extraño.
Pero los traductores, sorprendidos,
ven la inutilidad de sus esfuerzos
cuando, pasión en ristre, nos dan sólo
diferentes versiones del silencio.
Mi hermano, ya no entiendo lo que dices.
Tu lengua amasa sílabas y gritos
de chasquidos ignotos y sus letras
se escurren sin cesar de los oídos.
En tu voz y en tus labios ya no advierto
cuando estás frente a mí, sino tu espalda,
la inquietud de tus pies, las estridencias
volcadas a morder tu pentagrama.
Ay, hermano, no escucho lo que gritas.
Tu alma me es expropiada por la bulla.
Me encuentro de rodillas, suplicando
que a la voz de mis tímpanos acuda
un vocablo no más, pero un vocablo
familiar, cotidiano, tuyo, mío,
para restablecer la especie humana,
la hermandad de la oreja y el sonido.
Amada mía, deja a mi cuidado
tus palabras. Acércate. No escucho
qué murmuras. No capto sino estática,
el ruido de los astros en su mundo
inasible, lejano, en otro idioma,
y desterrado siempre hacia el afuera.
Háblame con los ojos si no puedes
tener apalabrada con tu lengua
(cuando se halla mi oído arrodillado)
tus mensajes, tu código, nuestra habla
confidencial, con sus misivas de aire
y sus letras que vuelan en bandada.
Mujer ¿qué se ha interpuesto entre nosotros?
¿Un alambre de púas o gruñidos
que mastican su cólera y prohiben
la entrada a tus recintos?
y tampoco comprendo qué musita
este poeta que anda aquí en mi pecho
versificando estrépitos o ruidos
e impostando vocablos extranjeros.
No sé lo que mascullo, y aunque instalo
en todo lo que soy mi oído interno,
advierto sordomudas mis entrañas
y hablo con bocanadas de silencio.
Poco a poco también se vuelve extraño
el lenguaje de Dios, roto, perdido
en un acento ignoto que le brinda
a su predicación el infinito.
Cuando suelta su voz, yo no le entiendo
una sola palabra al absoluto.
Aunque tengo una antena para hacerme
de pedazos de cielo, no disfruto
de los versos que dicen que Dios forja
en sus momentos de alegría plena.
No doy con el canal de lo perfecto.
Mi oído sólo advierte la cadencia
de voces que se rompen, chocan, ruedan
hasta formar un nudo de alaridos
incoherentes, que bajan de la torre
para untarse de polvo en los caminos
El sordomudo altísimo del cielo
envuelve en mortecina luz su indicio
Ya el radar de la torre no registra
ningún aletear de lo divino.
Tiembla de pronto. Todo se conmueve.
¡Qué colapso! ¡Qué torpe ingeniería!
Caen piedras y esfuerzos.
Y prosigue
la confusión en medio de las ruinas.

Mujer desnuda

Nevó toda la noche
sobre el jardín de tu cuerpo;
mas todavía hay rosas
y botones abiertos.

Las dóciles hebras sutiles
de la última rama del árbol
caen como lluvias de oro
sobre la firme blancura de los tallos.

Violetas,
que se ocultan
en la hierba de tus pestañas;
apasionadas y profundas.

Hay dos rosas dormidas
con turbador ensueño
en las magnolias impasibles
de tus senos.

Y más oro
en los muslos,
porque pinta el sol la seda
de los musgos.

Y tus pies y tus manos,
menudas y largas raíces,
ahondan la tierra
temblorosa de amor de los jardines.

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