¡RISAS…!

Mi Poeta sugerido: »Ángela Álvarez

 

La risa de Mona Lisa lleva el alma en su mirada
¡que esa no es risa es sonrisa! que es mirada enamorada
que me hipnotiza y hechiza.

Risas locas, casquivanas, públicamente procaces,
tan concisas, tan humanas, despertáis iras paganas
como las aves rapaces.

Risas francas y joviales, tímidamente amistosas
no seáis insustanciales, lindas sonrisas marciales,
sonrisas seréis gozosas.

Las hay muy zarrapastrosas y también de compromiso
y también las hay tediosas, risas la mar de ruidosas
que llegáis sin previo aviso.

¡oh, risas inoportunas a veces de amor, fogosas!
risas faltas de fortuna sois risas de baja cuna
frecuentemente alevosas.

Risas de algodón mimosas, dulces, suaves, complacientes,
de perfumes olorosas o de mentes inocentes
y de encanto glamorosas.

Risas, risas y más risas, risas sois de sacristía
fariseas, mentirosas, reprimidas y dolosas
que estáis en la mente mía.

Risas locas, carcajadas, son para desternillarse,
jolgorios y risotadas para morirse de risa,
para de risa mearse.

A todas horas sonrisas, tarde, noche a la mañana,
eróticas y festivas, lividinosas, lascivas,
levantáis el arma humana.

Riámonos ya de nosotros y burlémonos del mundo
ja,ja,je,je y ji,ji,ji, pues la vida es un segundo,
mientras estemos aquí.

Puesto que dios nos dio este don tú aprovecha esta ocasión
para reír aquí hoy conmigo. Y aunque no encuentras motivo
¡celebra que aun estas vivo! que esa es una bendición.
©donaciano bueno

¡Reir…! que la risa son dos días, de nosotros, de nuestra sombra, de la sombra de nuestra sombra, de la sombra de la sombra de nuestra propia sombra, de lo de allá, de lo de acá, de los convencidos y de los desvencidos, de los matasanos, predicadores y augureros, de las hierbas, buenas y malas que te encuentras a lo largo del camino para al final plácidamente sonreír a la jodida muerte Y reír, reír, reír…

POETA SUGERIDO: Ángela Álvarez Sáez

Ángela Álvarez

Los arcos y las flechas

Cuando la huella del animal
comienza a disiparse y en la tierra
una costra amenaza cualquier
forma de redención, pienso
en aquellos veranos ingrávidos,
en la casa de adobe
luciendo sobre la sangre ácida.
Luego la herida vuelve a hacerse carne
y con la carne vuelven los arcos
y las flechas y los cazadores
apostados en un rincón de la memoria.

Alepo

Pienso en Alepo.
Veo los edificios horadados de metralla.
Veo una ciudad sin familias sentadas a la mesa.
Imagino que un puñado de hormigas
habita su cuerpo. Un niño aparece en las noticias
limpiándose la sangre de la cara
con un gesto que brota natural e indolente.
Otro ha sido engullido por el mar y devuelto
como un objeto inanimado. Esos niños
tienen un nombre. Y unos ojos en los que cabe
todo el horror de la guerra.
Levanto la vista de las imágenes
que llegan impunes a este lado del cristal
y veo a mi hija a salvo, jugando
con tacitas y huesos de aceituna.

Los arcos y las flechas

Cuando la huella del animal
comienza a disiparse y en la tierra
una costra amenaza cualquier
forma de redención, pienso
en aquellos veranos ingrávidos,
en la casa de adobe
luciendo sobre la sangre ácida.
Luego la herida vuelve a hacerse carne
y con la carne vuelven los arcos
y las flechas y los cazadores
apostados en un rincón de la memoria.

El parto

A partir de aquí
romperemos los lazos visibles.
Mi cuerpo sobre la camilla
atraviesa un sendero blanco
de pestañas. Tu cuerpo con la vida
pendiendo del resultado
de un test de Apgar
no puede sentir el tacto
de mi piel, ni el recorrido de la noche
apaciguando la sed de sangre
que nos mutila el corazón.
Con un hilo de cordura,
apagada por la anestesia,
te llamo y el ruego
se torna en la oración
más serena, clara.
Luego cojo entre mis manos
el útero y lo exhibo, impúdica,
desafiando los límites de la entrega.

La siembra

Y aquí yazgo, madre,
sobresaliendo de la tierra la prominente barriga.
Mis brazos, manos, piernas, ojos,
se han integrado tanto en la arcilla
que ya no siento que esté viva.
Todo rodea el vientre.
Doy vueltas, madre, doy vueltas alrededor
de tu vientre. Su piel es porosa
y su olor desunce los significados.
Se acercan unos niños.
Oigo sus palabras inocentes
al encontrar la misteriosa redondez
que da sentido a sus huellas. Ya llegan, madre,
los padres de esos niños que desencadenarán
violencia, raptos y más tarde la guerra.

El cielo intacto

El instante es este racimo de uvas
que desgajo y ordeno
sobre las baldosas del comedor.
Luego, el día establece celdas
en un calendario
que más tarde olvidaremos.
Tengo entre mis manos
un enjambre
que no ha sanado sus úlceras.
Y de mis ojos brota el sarmiento
de alguna muerte insustancial.
Esta noche
dormiremos en la cofradía de pescadores
aguardando nuestra porción
de cielo intacto.

Mi nacimiento o Nacimiento

La tierra no me sirve de soporte.
No me basta con el cuerpo que da vida.
Las pezuñas del mamífero se agarran
al lugar ilimitado, al cuerpo de la tragedia.
La tierra no me sirve como círculo.
Hilo las raíces que me atan únicamente a mi condena.
Sueño con un ánfora que no me obligue
a derramarme ciegamente, con un embrión
que me otorgue el don del nacimiento.
Más allá del elemento creador,
el mar es mi verdugo
y mi carne un signo en el que clavar puñales.
Algunas noches, doblegada por el miedo,
dejo a los salvajes devorar los restos del naufragio.
Luego, abandono a la criatura
sola,
enroscada en la jauría,
y erijo un altar en el que mi cuerpo se sostiene como muerte.
(De La columna rota)

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