SENECTUD/

Rodolfo Caicedo (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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¿Acaso en tu ventana también está lloviendo
mientras yo sigo viviendo en esta oscuridad?
no encuentro la verdad y aunque sigo insistiendo
cada hora más lejana se oculta sin piedad.

Subido en mi atalaya y en este atardecer,
en escarpados montes de mi inquietud subido,
no sé lo que he vivido, si volverá a llover,
y si ha de acaecer seguiré en mi camino.

Y volveré a mirarme sumido en esa pena
con los brazos tendidos hacia un anochecer
mientras pueda crecer, obviando esta condena
y en la quietud serena por fin ya fenecer.
©donaciano bueno

Es esa etapa a la que nadie quiere llegar pero que todos desean llegar. Contradicciones? Clic para tuitear

Esa llamada tercera edad no tiene por qué ser triste, es más , puede ser la más feliz de la vida, libre ya de responsabilidades económicas y sociales. Uno puede hacer lo que más le apetezca, como yo, escribir.

POETA SUGERIDO: Rodolfo Caicedo

Rodolfo Caicedo

La lira en derrota,

Nos sentamos los dos en el huerto,
mientras los pajarillos su concierto,
jugando en el rosal nos regalaban.
Nos sentamos allí, de tal manera
que con su olor divino me embriagaban
los rizos de su negra cabellera.

Y empezamos a hablar aquel idioma
en que cada palabra es un aroma,
aquel lenguaje de sabor de cielo
que con la dulce soledad emplea
perdido en la montaña el arroyuelo.
Hablábamos los dos ¡bonita idea!
De la tierna Poesía,
y llena de candor la prenda mía
(que es como las palomas inocente)
me dijo de repente:
–Quiero unos versos y te doy el tema.
–Cuál es?
–Un beso: ahí tienes un poema. . . .
Me puse a improvisar (siempre sumiso,
como que ciega la fortuna quiso
hacerme su vasallo) –No prosigas,
interrumpió mi amada,
en vano te fatigas,
esos versos no sirven para nada. . . .
Y yo le repliqué, no sin enojos:
–Ya que te desagrada mi poesía
deja que junte con tus labios rojos
un momento mis labios, vida mía,
y si en esto consientes, yo aseguro
que entonces lograría
completa la victoria en tal apuro.

Me contestó que no; pero empapada
en viva luz, me dijo su mirada
rápidamente todo lo contrario,
y yo, atrevido, me acerqué al santuario,
y con un ansia loca,
en repentina palidez cubierto,
le di tal beso en su abrasada boca
que estoy dudando si se ardió el huerto!
Ella, temblando, se cubrió encendida
el rostro con las manos, ofendida,
pero siempre sonriéndome amorosa,
y yo, de mi ventura en el exceso,
repetía a media voz: un beso, un beso. . . .
Y ¡no hallaban mis labios otra cosa!

Del libro: Ensayos Poéticos.
Publicado en: Rodolfo Caicedo y su obra poética, de
Nydia Alicia Angeniard.

Poesía

La marcha misteriosa de los siglos
las sílfides, las ninfas, los vestiglos,
el profundo silencio de la tarde,
una alma triste, un corazón cobarde;
los luceros magníficos de Amalia,
que parecen del cielo de la Italia,
(Tradúzcase: los ojos) Esas perlas
que llenan de deseo sólo con verlas.
(Léase: muelas y dientes) Los corales
de tu boca; (comprendan, animales
que se trata de labios.) Las estrellas
que por ser tan graciosas y tan bellas,
el numen que a los bardos arrebata
ya las pinta de azul, ya de escarlata. . . .
— Suspenda, por piedad, su algarabía
que ya me tiene quebrantado y loco!
— No sea usted animal: eso es poesía. . . .
— Pero yo no la entiendo. . . .
— Yo tampoco. . . .!

Los dos Gallos,

Invencible y Terror eran dos gallos
que juntos se criaron bajo el ala
de una madre común. En los serrallos
circunvecinos infundían pavura. . . .
¡Tal era su bravura!
No con más rapidez certera bala
corta la vida, que los corvos picos
y afilados y fuertes espolones
de aquellos dos hermanos. Cierto día
sus amos, que eran ricos
y amaban con delirio los doblones,
concertaron reñirlos. . Lucha impía!.
Se cruzaron apuestas. !Dos hermanos
iban por obediencia a sus tiranos
a divertirles con la sangre suya!
Entre la alegre bulla
de mil espectadores, los guerreros,
cambiando una mirada de tristeza,
traban la lucha, se acometen fieros,
se rompen la cabeza,
se desgarran las carnes. . . . Un torrente
de sangre inunda su plumaje bello,
se hacen tiras el cuello,
se despedazan con furor las crestas;
¡O matar o morir a todo trance!
Es necesario que en el duro lance
los señores no pierdan las apuestas!

Mientras ellos se ahogaban
con la sangre que entrambos derramaban,
los amos muy contentos,
confiando cada cual en su victoria,
se reían que era un gusto y palmoteaban.
dos espectros sangrientos
quedaban nada más. Igual la gloria
fue de los adalides. Ciego el uno
ya no acertaba a herir; el otro echado
sobre el polvo, do está desfallecido,
nada en su sangre, y de los dos ninguno
entona entusiasmado
el cántico triunfal –nadie ha vencido
dicen los amos, sin turbarse el habla. . . .
–Es tabla! –Sí, señor: sin duda, es tabla.

Al mirarlos salir, del brazo asidos,
ambos muy complacidos,
en plática muy tierna,
a tomar un cognac en la taberna,
yo, con gritos y gestos iracundos,
dije allí mismo: –Proceder villano!
¡Vuestra historia, infelices moribundos
es la historia del pueblo colombiano!

El Lobo, La Zorra y El Tejón,

Fábula

La Zorra y el Tejón se presentaron
ante un Lobo muy viejo
y su Juez le nombraron
para que dirimiese una querella
que entre los dos tenían. Con entrecejo
muy arrugado comenzó la Zorra:
–Pido que la justicia me socorra
señor Lobo! (exclamó), mi mala estrella
quiso que anoche, cuando yo salía
de un corral bien repleto,
tropezase con este mal sujeto
que es un bribón. (Tal vez somos parientes.
Interrumpió el Tejón allá entre dientes.)
la Zorra prosiguió:– yo conducía
una gallina gorda,
siente este pillo la codicia sorda,
y se empeña el muy bruto
en que partamos, sin razón alguna,
de mi trabajo el inocente fruto. . . .
–Palabrería zorruna!
(Dice airado el Tejón). no se la crea,
¡oh venerable y justiciero anciano!
Oiga usted la verdad: un buen hermano
tengo, que vive en la vecina aldea;
fui a visitarlo a su rincón secreto
y me dio esa gallina. Con mi carga
me encuentra esta bribona. Se me larga
y reclama la presa,
sin moral, sin decoro, sin respeto. . . .
¡La señora parece bien traviesa!
Castigad su malicia. . . .
¡Justicia, honrado viejo!
— Sí, justicia!

El lobo dijo con glacial acento:
–No entiendo vuestra necia algarabía;
vuestras razones cuento
y no veo, a fe mía,
quien tenga la razón en tal porfía. . . .
Oyendo estas palabras, presurosa
se acerca la raposa
al honorable Juez. Con gran respeto
una rodilla inclina
y le dice en secreto;
–Os daré la mitad de la gallina. . . .
Entonces grita el Juez, todo indignado:
–Salid, señor Tejón!, sois un malvado!
Os debiera mandar a una mazmorra!
Es vuestra la gallina, honrada Zorra. . . .

Así se hace justicia! No te asombres.
Lector a quien estimo. Ya no hay bobos,
¿Enseñarían los lobos a los hombres,
o instruyeron los hombres a los lobos?

Soneto,

No necesito el sol. Habrá fulgores
más bellos para mi si tú me quieres,
pues con tus ojos virginales eres
el astro que hermosea mis dolores.

Donde no te hayas tú, no existen flores;
donde tú no te encuentras, no hay mujeres,
yo sin ti no concibo los placeres,
yo sin ti no comprendo los amores.

Tus labios miro, y delirante y loco
lo intenso de mi sed me desespera.
Y cuando a solas tu recuerdo evoco

hasta la eternidad hallo ligera.
Porque la misma eternidad es poco
para besarte cuando yo quisiera.

“El Cronista”, Septiembre 17 de 1896.
Publicado en: Cien años de Poesía en Panamá
(1852-1952), de Rodrigo Miró.

El burro arquitecto,

A un Burro (¡qué locura!)
se le antojó aprender arquitectura. . .
Sale de su colegio, y ni una choza
construye el miserable, pero goza
censurando agriamente y sin reparo
los trabajos ajenos. Cierto día
oyó decir que, con talento raro,
un hábil arquitecto construía
un palacio magnífico. En camino
se pone contentísimo el pollino,
llevando de volúmenes repleta
una grande maleta,
para hacer un examen de la obra
que alaban tantos labios,
pues él se juzga sabio entre los sabios
y para hundirla su talento sobra.

Terminó la jornada, y lo primero
que ocurrió al majadero
fue comprar unos lentes
muy ricos y lucientes,
pues la ciencia se guarda en los anteojos;
preparados los ojos
con aquel expediente que yo alabo,
quiso esconder el rabo
y compró unos calzones nuevecitos,
en lo cual ciertamente nuestro Burro
no hizo más que imitar, según discurro,
por hinchazón muy vana,
a ciertos remilgados jovencitos
que son los borriquitos
de la familia humana.

Acercóse al palacio
(el cual era tan bello que ni Apeles
le pintaría despacio).
Los celos más crueles
del crítico infeliz se apoderaron,
perplejo y confundido le dejaron;
cuánta rabia sentía. . . !
Pero, guardó silencio en ese día
para no descubrir su negro chasco. . .
Lleno de enojo, con el fuerte casco
hizo temblar la tierra
como un corcel en la sangrienta guerra,
y después, con un gran desembarazo,
señaló cierto plazo
para dar su opinión. . . Tras doce meses
al fin soberbio pronunció su fallo
ante el concurso de variadas reses
que esperaban el juicio del caballo,
(quise decir, del Burro)
y he aquí lo que dijo el muy cazurro:
—¡Hay una teja rota en el techado
y en un piso un ladrillo mal pintado!
Pues, señores, hay más de un criticastro
sin arte ni talento,
que, muriendo de envidia, sigue el rastro
del ilustre pollino de mi cuento.

Del libro: Ensayos Poéticos.
Publicado en: Itinerario de la Poesía en Panamá, de Rodrigo Miró.

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