SI PUDIERA…

»El Poeta sugerido: Luis Miguel Rabanal

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Tú no sabes, mi amor, si tú supieras
las ansias de volar que ahora yo tengo,
las nulas esperanzas que mantengo
de agarrarme a la vida. Si pudieras
comprender la amargura que atenaza
obviando de una vez ya la coraza
y escapar sin destino. Y comprendieras
que no encuentro en mi vida otra salida,
que esto es un sin vivir, ya en mi no es vida,
todo lo veo oscuro, con barreras.
Que ya no espero nada, no he sabido
mi existencia adornarla de un ropaje
sucumbiendo, a mi pesar, en el paraje
y hoy con rabia maldigo haber nacido.
Que quisiera supieras que la espera
en lo hondo de mi alma se atraganta.
Si pudiera ahogaría mi garganta,
si pudiera…, pudiera…, si pudiera….
©donaciano bueno

Aquí dejo constancia de esa profunda tristeza, decaimiento anímico, baja autoestima, pérdida de interés por todo y disminución de las funciones psíquicas que casi todos hemos sentido alguna vez a lo largo de nuestra azarosa vida.

POETA SUGERIDO: Luis Miguel Rabanal

Luis Miguel Rabanal

A VECES LO HAS ANSIADO EXAGERADAMENTE

A veces lo has ansiado exageradamente
y te conformas con volver a imaginar
el sitio donde estabas, la edad verdadera
de cuanto perdiste.
Amabas un cuerpo atisbando desde Las Fuéquinas
la tarde.
En la distancia ella te informa de que las nevadas
no cubren aún,
no hay torva como cuando eras pequeño,
casi cincuenta años de amor
y cincuenta años de olvido.
A veces has ansiado la muerte.
Doblas tus dedos para que nada malo les suceda
fuera de la inmensa soledad.
Abusa de ti la memoria, no ceja en su obstinación
de negarte el mínimo consuelo
que producen las cosas terminadas:
juguetes con óxido, un beso infrecuente,
muchachas entristecidas por tu causa.
Si quieres mirarlos,
van paseando el camino del Ariego sin hablar,
él cuenta que un mastín
lleva muerto varios días frente a la Utrera
y ni da olor de tanto frío como hace.
Crees saberlo.
Escenas recogidas en álbum impertinente,
los hermanos de nuevo se han tenido que ir,
quien te amó declina ahora su aprecio
desde la indiferencia extremada, pobre de ti.
También le escuecen hoy al amanecer los ojos
al añorar pecados, bah.

CRECEN CON APREMIO IGUAL QUE EL TORMENTO

Crecen con apremio igual que el tormento,
añejas estampas que olvidaron
en el baúl los buenos desterrados.
Iglesias provistas de chupiteles, no has vuelto a beber
desde aquella,
te declaras cobarde porque es pequeña la dicha.
Crecen con apremio, una imagen y una imagen
que tratan de vosotros y de los que se han acercado
a mutilar con su impasibilidad el vagabundo recuerdo,
instante de necia servidumbre que golpea las sienes
de alguien hasta hacerlo sangrar.
A Valdaldón, casi seguro, regresan los lobos.
Apenas creerás en lo que entonces creías,
mujeres enlutadas que lavaban en presas,
niños como tú ocultos
en la Arenera Grande para nunca ser encontrados.
A veces te contagias de la peor sumisión.
Seguramente que estás perdido, los cazadores
pregonan las señas de quien falta,
el rostro ensangrentado.
Miraban sus armas y no eran de madera tampoco.
Te pareces tanto a él que me produce pesar,
guerreros que han podido ser crueles
y cortan gargantas.
Sospecho que es el afilador.
No intuyes en tu mano temblorosa su pulso:
extraviarse en los Orrios más tarde
para con serenidad fallecer.

YO TUVE MI CUERPO ENCADENADO UNA VEZ

Yo tuve mi cuerpo encadenado una vez
a la probabilidad de ser angosto,
escasamente enumerable y oportuno, fui de súbito
alguien que responde a las preguntas más brutales
con el recuerdo de los días dulces, esos que acontecen
lo mismo que un fulgor nos quemará en la boca.
Pensaba en las palabras asombradas
que el atardecer hacía huir con su chaqueta beige
y bajo los árboles crecía un musgo amarillento y triste,
una forma más de la pereza,
el cisne muerto de ojos devastados.
Yo siempre creí en mi propia desolación
y habitaba un mundo descompuesto, mostrándome
su sangre o su miseria y construyendo con mis manos
todavía páginas sin rencor repletas de ternura,
pero lo que fue entonces veredicto horroroso
de las noches casi bárbaras
hoy ya ha sido disuelto en el vodka taciturno
de ciertas muchachas amigas de su placer si pasa.
A menudo me digo que enfermar es hermoso.
Quiero ahora encontrar la senda que borró la bruma
de todos los lugares que amaba, el amor
hecho de pie detrás de las casonas como un susto
y al aproximarse a mí su rostro el humo lo desplazaba
a la soledad,
al desmayo de saberse ya empedernido y roto.
Mis brazos también buscaban la saciedad
para vencer las ansias de vivir al margen de la vida,
y crecí dentro de ese engaño.
del poemario “Cancer de invierno”

LA NIÑEZ QUE IGNORAS

Di que las eras de Riello
cubrían tu niñez de colores
posibles, de pelotas de goma
con que triunfar una tarde
de sol.
Di que perdiste en su seno
los años execrables, los años
que no cesan jamás de narrar
su exacta lejanía,
que ganaste amargura.
Di que sí, que el tiempo
reconoció tu otro cuerpo
prestado a los héroes de papel
y de nieve, que ahora
resulta que no eres tú
de ningún modo quien fuiste.
Di también que ha pasado
casi ya todo.
de Diez poemas para leer (y amar) detrás de los saúcos.

A VECES, TAMBIÉN, HAY CAMINANTES QUE LLORAN ESTRELLAS

Si una noche cualquiera te encuentras con un niño
que no sonríe ofrécele caballos
y te dirá que no porque está triste, ofrécele tu pelo
para que en él deposite sus tesoros y te dirá que no porque
nunca ha sido navegante, ofrécele tus ojos para en ellos confundirse
a cambio de su boca y te dirá que no porque sólo tiene
dos monedas, ofrécele si no redondeles de tu humo
o banderas de algún país inexistente y te dirá que no porque se cansa
de bucear en los kilómetros,
ofrécele por último llevarlo hasta la casa a cambio de su nombre
por lo menos

y te dirá que no porque es joven todavía,
te dirá que nunca duermen las estrellas y que todavía estaba triste.
de “Labios de la locura”

CAMINO DE CEIDE

De la mano de la infancia, vistiendo los frutales con mi intemperie y llovizna.
Dentro de las casas ya habita el invierno, su túnica
es triste como el murmullo que pasa a mi lado,
paseando la tardecina pleno de nostalgia y de nubes.
En este camino, una vez, besé los labios radiantes
de una niña llamada ternura.
Apenas recuerdo el color de sus ojos, las ramas
de su lengua. Tan sólo sé que fue hace tiempo
de este atardecer de soledad y de frío.
Dentro de las casas se vacía la leña, y alguien,
acaso sea un hombre muy roto, remueve en sus manos
la furia del espejo y olvida las horas.
Camino de Ceide que conduce a la noche.
de “La memoria buscando sus disfraces”

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