SI UNO QUEDA, YA SE VENDE

Roxana Elvridge-Thomas (poeta sugerido)

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Sigue el líquido fluyendo
por el cauce de un vil río,
y la brisa al mar bravío
va a sus olas resistiendo.
Yo a mi casa construyendo
en un medio que es baldío
donde siento que hace frío,
al ayer lento barriendo.

Y esas yerbas dios me ha dado
ya están fofas o marchitas,
pues las lindas y chiquitas
cuando ven me dan de lado.
Solo queda mustio un cardo
entre algunas chirivitas
que otras fueron de rositas
entre un cielo gris bastardo.

Y hoy las luces no son luces
que al paisaje ya no alumbran,
así finjan que deslumbran
van cual potros dando coces.
Y tampoco hoy los arroces
a sus antros ya me encumbran
y a ser justo, si vislumbran,
yo percibo ruido y voces.

Que la vida aquí no atiende
a mis ruegos y preguntas,
pues no hay bueyes y no hay yuntas,
que hoy de un hilo todo pende.
Ya el vivir perdió su duende
entre tantos sinsabores,
e inclusive los amores,
si es que queda uno, se vende.
©donaciano bueno

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Roxana Elvridge-Thomas

VERANO

Se esparcen mieles densas por su cuerpo.
Derrama adormecidas infusiones,
espesa la sangre lentamente para luego aletargar a los mortales.
Pasta en los sudores que alienta,
bebe de la sed que explora pieles,
deambula por cordura enardecida.
Es sabio y cruel.
Goza el descaro, la impaciencia, el terror.
Ceba ira
seducciones
luego engulle a los caídos en sus garras.
Es ánfora de aceite donde escalda a los endebles,
Lengua que pasea su sequedad entre los pliegues,
golpe de vapor insospechado,
clamor que graba el aire de candelas al marcharse.
Al cabo de los ciclos volverá.

VOZ

En la roja mordida del viento,
en la arista que punza las yemas,
en la sangre vertida,
en la entraña aromada de incienso,
en el dulce tósigo hirviente,
en el pétalo, en la savia, en la cruel amapola.
En el ritmo que prende furioso,
en el lánguido hablar del oboe,
en el gozo, en el llanto, en el fuete certero,
en el bosque incendiado
llega, palpitante, hambrienta,
la voz que se cuela en el cuerpo,
que inunda memoria y sentidos,
que escuece caminos, que duele.
Que es un enjambre de peces lejanos,
que es parte del aire y la piel y los ojos.
La lengua espera su acero,
el oído pena por ella, muere apartado
de esa voz lejana y dulce,
en tuétano metida.
(Para Fernando Gómez Pintel)

VOZ II

La noche se fundió en la caracola de tu aliento
y la luna
-tu luna cubana-
tejió con hebras luminosas
tu voz.
Caverna donde el mar golpea
ocaso de fuego y sangre
piedras trascendiendo los arroyos
tu voz.
Oscuro lomo del mar
bestia que se curva en tu decir
roble inundado por la brisa
hueso palpando la entretela
tu voz.
Vasija que remonta terciopelos y oquedades
tatuaje calcinando el viento
fuete transido de sombras
profunda campana enlutecida
que encumbra en figura la palabra.
Tu voz.
(Para Carmen Montejo)

ARDE VELO EN LAS ENTRAÑAS

Arde el espacio que no llena la caricia.
Noé Carrillo

Irrumpe en la epidermis
el tósigo que todo lo calcina:
La ausencia de una mano
que anime estos parajes
jardín oscurecido por tu ausencia.
La casa es una herida
mana enjambres de bestias arraigadas
en los muros que arden de vacíos.
El cuerpo que la habita
es enlutecida llama que, absorta,
ve borrarse en la arena de sus palmas
los senderos que llevan al encuentro.
Solo, sí, desquiciado
respirando virutas de abandono
en este espacio que incinera el cuerpo
cuando ciñe con su manto amargado.
Mis dedos se desgajan
cuando avanzan en tiniebla a tu alcance
y sólo tocan humo
paredes encaladas por la sangre
vertida por los ojos desechados.
Las piras de esta cárcel me circundan
sucumbo en ella sin rozar tu torso.
Tu atroz indiferencia me ha abatido.
Fuego. Ira. Soledad.
Se confunden en mi pupila abierta.

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