TIEMPOS FELICES

»Mi Poeta sugerido: Olalla Castro Hernández

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Eran tiempos de abril. Los ruiseñores
rondaban mis oídos con su canto,
mostraban los capullos lindas flores
lanzando fresco al viento sus olores
pintando en el jardín, tupido, un manto.

Tiempos de amor, a secas, sin matices
con nieve al sol gozando en las colinas
donde dios era Dios. Y otras actrices
ornaban el paisaje de barnices
para luego guardarse en las vitrinas.

Tiempo en el que se usaban agasajos
¡oh, aquella ingenuidad, tanta ignorancia!
Sólo en charcas había renacuajos
las campanas tañían sus badajos
y hacían más amable nuestra estancia.

Las aguas con figuras saltarinas
trazaban sus meandros sinuosos
al ritmo acompasado de las minas
que en la mente agolpaban sibilinas
haciéndonos vibrar y ser dichosos.

Eran tiempos sin rotos ni costuras
ni rastro de insultantes meretrices,
ausentes de maldad, conciencias puras,
plagadas de penurias, siempre a oscuras.
Simples tiempos en que éramos felices.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Olalla Castro Hernández

Olalla Castro Hernández

UNA HILERA DE OJOS

Pero a veces se entiende que decir yo
es tratar de nombrar una hilera de ojos,
un collar hecho de huesos y de piedras.
Levantar la piel.
Rastrear las pisadas de las otras.
A partir de sus huellas,
descifrar este baile.
Dirimir cuántas voces
se han pegado a tu voz
(si acaso hubo una voz primera o sola).

Abrir la vaina.

Separar con los dedos las semillas.

ESTA CEGUERA BLANCA

Si no hay un tú
que haga prender mis ojos,
que propague en mi cuerpo el incendio
que asola la mentira del «mí misma»
(que no es más que rincón, esquina, celda
donde las manos no pueden extenderse).

Si no hay un tú que me haga de baliza,
que señale dónde acabo yo
y empieza la arcilla de los otros.

Si no hay un tú:
esta ceguera blanca para siempre.

ESTOS DEDOS QUE BAILAN

Nosotras,
en el patio de atrás
de una casa muy grande,
oreando el rencor con los brazos en alto
y el dolor de los siglos en los hombros.
Nosotras,
estirando este rencor tan blanco,
dejando
que todo el sol del mundo lo atraviese.
Nosotras,
vigilando el fuego de otros,
cocinando los huesos de otros
para hacer esta sopa
que a otros servirá de alimento.

¿Y qué tenemos nuestro
más allá de estos dedos
que bailan alrededor
del cuello de las bestias,
de estos dedos que matan
con un movimiento rápido, preciso,
y cocinan lo muerto
para dar de comer a una estirpe maldita?

Nosotras
y el rencor que se tiende
en los patios traseros de las casas.
Nosotras:
¿para cuándo otras manos,
otra historia, otra estirpe?

ELLOS VENDRÁN

Ellos vendrán de noche
y con manos de sombra
saquearán nuestra ciudad recién fundada.
Quemarán nuestras casas,
matarán a los hombres,
violarán a las mujeres
mientras silban.
Robarán nuestras bestias
y asaltarán las despensas
mejor abastecidas.
Comerán y beberán hasta hartarse.
Reirán hasta dolerles las mandíbulas.

Antes de que despunte el alba
se irán como vinieron:
levantando una nube de polvo
y volviéndose pequeños,
cada vez más pequeños
(hasta parecer inocentes
del grito, del semen, de la llama).

Para que no los olvidemos,
nos dejarán el destello del fuego
y un puñado de hijos bastardos
a los que rehuir y querer
a partes iguales,
desde el hueco terrible de la culpa.

I

Era tan grande aquella sed de blanco.
Ansiábamos el hielo y sus destellos,
el deslumbre punzante de la escarcha.
Bajo su resplandor, fundar el mundo.
Soñábamos con ir siempre más lejos,
con ser los primeros en pisar esa nieve.
Una luz oblicua alargó nuestras sombras
y extraviamos la escala.
Nos creímos gigantes.
Corrimos hacia el brillo
de la única forma en que sabemos
correr hacia las cosas:
con una red pequeña entre las manos
y un arpón escondido en la garganta.
Agarramos el hielo con nuestras manos tibias.
Lo agarramos
hasta que todo lo que brillaba se deshizo.

II

Desde que salimos de Greenhithe
siento este iceberg pegado a las palabras.
De lo que pienso se desprende la nieve
que rueda cuerpo abajo y golpea mis pies
antes de amontonarse al filo de la cama.
Tengo miedo.
Pensamientos dentados
nadan a mi alrededor trazando círculos
cuando llega la noche.
Puedo ver asomarse sus aletas.
Hay algo cuarteado
en la mirada triunfal del capitán Franklin,
algo en el optimismo de la tripulación
que hace aguas.
Los buques en los que avanzamos
dibujan sombras gigantes en la escarcha.
En esta tierra
donde nadie pronuncia la palabra progreso
nuestros barcos son un par
de criaturas monstruosas
que navegan muy juntas:
dos ballenas
con estómagos repletos de personas
que a su paso abren rendijas en el hielo.
Somos solo estos monstruos
que parten en dos un mundo que tirita
y lo dejan atrás, como si nada.

III

Me mantienen viva unos paños de tela:
los mismos bajo los que aprieto mis pechos
para guardar el secreto
de sus formas convexas.
Mi nombre no es John sino Virginia.
Si alguien llegase a pronunciarlo
mi cuerpo jironado acabaría bailando
sobre un trozo de hielo,
después de pasar de mano en mano.
Con el cabello muy corto,
engolo la voz cuando digo “A la orden”
y, llegado el momento del licor y los naipes,
me retiro a un rincón
y remuevo en silencio mi cautela.
He buscado en los ojos de los otros
pedazos de mi miedo, en vano.
Estoy sola aquí.
De noche, oigo el hielo romperse
mientras los marineros fuman
y me untan con su risa pegajosa.
Oigo el hielo romperse y me pregunto
cuánto tardará este mundo agrietado
en urdir contra nosotros su venganza.

IV

Llevamos con nosotros el sello
de nuestra civilización tan avanzada:
20 jarras de cristal y 2 vajillas;
300 pañuelos (de seda, cómo no)
y 5 relojes de bolsillo;
24 toneladas de carne,
2 de tabaco, 35 de harina;
20000 litros de sopa,
8000 de licor y 1200 libros.
Leo a Dickens
mientras los hombres beben
y sueltan sus bravatas.
Dos borrachos pelean en cubierta.
Oigo los puños golpeando la carne
y los vítores entusiastas de quienes miran.
Sé que alguien los separará
justo antes de que puedan matarse
y cada cual volverá a su camarote.
Quedará la sangre sobre el suelo,
la maraña de hilos rojos
que rodaron del labio a la madera.
Esta mancha es lo que somos:
la delicada porcelana
que vinimos a mostrar a los salvajes.

V

Hace días, nuestros barcos
quedaron atrapados en el hielo.
Decidimos abandonarlos
y dirigirnos hacia el sur,
buscando una salida
a este laberinto que deslumbra.
Ahora devoramos con avidez
las latas de conserva
y seguimos andando.
El viento nos sacude.
Recibimos disparos de escarcha en pleno rostro
y hablamos con la lengua entumecida.
Anoche enterramos en la nieve
los primeros cadáveres.
Pude ver la verdad
en los ojos redondos de los muertos,
como en la bola de cristal de un adivino:
aquello que nos mantiene vivos
nos está envenenando.
Lo mismo que nos mata nos sirve de alimento.
Ese es el castigo
que esta tierra eligió para nosotros

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