LA VIDA PASA

»Mi Poeta aquí sugerido: Rosario Valcárcel

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Pasan los días, pasan las horas,
pasan los sueños, la vida pasa,
y los deseos de las señoras,
pasan las prisas y las demoras
y hasta del cuerpo se va la grasa.

Los tiempos miras como se han ido
quizás no fuiste muy diligente,
pues hasta el ansia se ha pervertido
y hoy en un viejo te ha convertido
que hasta el semblante no es sonriente.

Caen las hojas desde los chopos
y amor, ya mustio, también se muere,
de nieve cuelgan los blancos copos
y han fenecido ya los piropos
para un escarnio que al alma hiere.

En mi terraza la lluvia fina
marca el repique de una campana,
cada tañido lleva sordina
y en su insistencia ya se adivina
que hay quien resiste mas nunca gana.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Rosario Valcárcell

 

Rosario Valcárcel

Cuando hacemos el amor de madrugada

el frío se consume y la habitación en llamas
jadea como el bramido de un volcán
que emana recuerdos amarillentos,
esculpe corazones.
Aleja la muerte.
Cuando nos abrazamos en la penumbra
tu aliento se pliega con el mío, el sabor
de alisios libertinos agita el placer,
se derriten las penas y los rencores.
Se olvida todo.
Cuando me estrechas y te estrechas,
los espíritus diabólicos se disfrazan,
escucho mi zambullida, las corrientes
dormitadas. Vuelve la calma.
Se olvida todo.

Mostré el último secreto

a tu mirada inquieta.
Los poros de mi gruta se abren
como una fuente de miel
pegajosa y letal.
Hálito suave, destilan las ingles.
Fascinada viajas a mi sexo,
a mi reino profundo.
El adiós, ya se sabe, es trago amargo.
Querías ser halcón de certero pico,
excavar hasta el fondo,
rasgar mis sueños.
Todo esto pasará, dijiste,
por eso retornas allí,
al origen, al mar desgreñado,
a la profunda matriz
donde se unen las corrientes.
Mis senos con tus senos,
mis labios con tus labios,
la catarata se precipitó
como si fueras mía.
El edredón nos libró del frío,
y, como si un destino acechara al otro,
al mismo tiempo nos amamos.
Nadie me había besado como tú.
No seas celosa ?te dije,
pues tal vez siga volando
de aquí a la aurora.
El sol nos transformó
en cariátides.
En la misma columna,
un solo cuerpo,
los mismos sentimientos.

Mis piernas palpitan

prisioneras, pugnan por abrirse.
Quiero alzarme sobre el mar que hierve,
emerger en tu humo de fuego,
explorar los abismos de tu lecho.
Quiero la vibración de tu aliento,
fundirme en tu fragua,
moldearme en tu oleaje.
Mis piernas palpitan,
palpitan en otro cuerpo sin sosiego,
enajenan mi razón, gritan de escalofríos.
Ansiosa quiero vivir con el huracán,
romper con las manías de Satanás.
(De Las máscaras de Afrodita, Ediciones Idea)

Me gustaría morir en una isla del Egeo.

Me gustaría morir en una isla del Egeo
abrazando al sol.
Ulises Gaviota sobre el radiante mar,
diluida por el desdén caeré como un saco.

Me gustaría morir en una isla del Egeo,
un atardecer anaranjado de septiembre.
donde el paisaje baña los ideales.

Antes saldré del Pireo,
con mis velas como alas, tensaré las jarcias
aspiraré la fragancia de los perfiles malvas:
el ritual del mar
yendo y viniendo.
Me gustaría morir en una isla del Egeo,
entre sus risas y sus silencios.
La memoria es una página vacía, la nostalgia
de haberlo perdido todo.
una playa sin olas,
acrópolis sin dioses.

Cuando llegue el último suspiro
en lo alto de la colina
miraré hacía el poniente, huiré,
y oculta escucharé la profusión de
deidades y demonios.

El sol como bengalas me guiará,
ninfas y vestales indicarán
mi sendero.
Volveré al paraíso.

Cuando llegue la hora
me desvaneceré tranquila
para encontrar mi espíritu.
Conoceré filósofos antiguos en otro lugar
ancianos del tagoror,

los sabios y perversos de Tyterogakat
y las otras islas.

Las ánimas danzan

Quiero olvidar, arrojar el camisón nupcial
al calendario de los sótanos. Y soñar,
soñar que estoy sujeta a la infancia
de alma inmortal.
Pero me despierta el temblor del silencio,
el crujido de unos pasos en el zaguán,
la canción de cuna de una araña.
Retumban las letanías del mar.
Las alas de una mariposa dormida
tembletean como si soñaran con volar.
Quieta, no toso ni respiro,
un frío helado me invade.
Mi corazón late con desorden.
Me santiguo.
A mi alrededor las ánimas danzan,
flotan los ojos de los muertos,
las voces de las campanitas,
el espejismo de un gato negro.
Las cosas malas.
Quiero olvidar, resurgir de los entierros
que atraviesan la casa.
Olvidar los pájaros mudos
y la convulsión de los tambores.
Quiero emerger del son de la flauta
que corrompe los sueños,
del amasijo de la reconciliación:
aborto fugaz.

Sapore de sale, sapore di mare

Rebroté del cuarto oscuro
donde gritaba Barba azul,
del amor muerto que me vigilaba,
dispuesta a buscar los placeres entre los charcos del mar.
Rebroté como los guerreros de Homero
a vencer o a morir.
A veces el amor es insufrible hacha
que nos corta el alma.
El viaje me arrastró al mestizaje de algas húmedas,
a la aromática cadencia del cri-cri de los grillos,
al gozo y la lascivia de margaritas
con sal y limón.
No puedo contener mi risita nerviosa
e igual que una niña que acaba de surgir
al mundo, ardo en deseos de algo nuevo.
Brindo por el rubor de la tierra,
las vestiduras de gaviota.
Muevo las piernas, las caderas, las nalgas.
Río a carcajadas.
Protegida por la exultante luna
alzo la copa y pido un deseo.
Uno los sueños a la vida.
Hago locuras.
Al ritmo de maracas y palos tarareo:
Sapore di sale, sapore di mare.
La única canción que puede hacerme
creer una mentira.

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