UNA MOTA

Poeta sugerido: José Luis Quesada

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Dentro de poco se dirá que fuiste,
-el pasado es un algo que se acaba-,
que evita naufragar y no resiste.
Se sabe a ciencia cierta que no huiste
pues viste como el agua ya achicaba.

Y es que todo se esfuma, nada queda,
que el tiempo va arrasando los vestigios
cual hojas arrastrando en la alameda.
Que de aquel deambular por la vereda
sólo quedan los fuegos de artificios.

¿Pues qué le importa al mar falte una gota?
Si ella ha de seguir presente y viva.
Ni se echará de menos si está rota
y aún menos si se seca o es que se agota
o va nadando incierta a la deriva.

Que fuiste nada más, sólo una mota,
del árbol genealógico la foto
que dentro de unos años será ignota.
Una historia, otra más, aun más idiota
la de un tipo que apenas fue un escroto.
donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: José Luis Quesada

José Luis Quesada

El cuarto

Me gusta este cuarto porque nada contiene
diferente de mí.
Podría ser mejor, pero así lo hice;
durante años lo forjé como un rostro
para mirarme en él.
Amor, no perfección, encontraréis aquí.
Las cosas que lo habitan
poseen la confianza de la naturaleza.
No son muchas o pocas, existen solamente.
Austeridad y paz me ganaron también,
quizás para que no me distraiga
del resplandor de mis sentidos:
los sentidos en selva de objetos
se fruncen y se nublan.
El uso es la humanidad de las cosas.
Por el uso se vuelven una segunda piel.
Lo que se colecciona por vanidad
o se junta en exceso
vida no tiene, yace muerto,
como perla en el puño del avaro.
La mañana del cuarto debe ser clara,
con los objetos necesarios,
a modo de que no se interpongan
entre el sol y nosotros.

La Cofia de Circe

Era tan bella
que no te hubieras atrevido a amarla
Apollinaire

Una muchacha me trajo al mundo
precedida por un vuelo dulzón de abejas
que permitían hacer el amor a la sombra.
Nunca estuve tan lejos de la sed.
La sabiduría del amor reside en esto:
plantar un buen paisaje en la ventana.
Hecha para la dulzura de una cuadro,
la edénica pareja se besaba,
más que amar se besaba.
La serpiente llegó con su dialéctica
y resultó que había contradicción de clase
y que éramos distintos como sabían todos:
libros leídos con los mismos ojos,
poemas escritos con las mismas manos
habían consumado nuestras máscaras.
Fue así como marché por la calle del fondo
con un frío
que más que nunca la necesita.
Y ahora vienen las acusaciones
de los que no conocen la delicia
de ese árbol de pereza.
“Necio”, dirán, “se enamoró
de una mujer a veces deslumbrante
que lucía mejor en un salón de té
repetido hasta el vértigo
que en el apartamento de un poeta
donde a todo olor se mezcla la duda
y el agua es rancia”.
Y dirán todavía: “Vanidoso.
Haces escándalo porque no tienes
a todas las muchachas de tu parte,
o mejor dicho aquellas
que ha dotado la burguesía de una espaciosa esgrima.
Ahora lloras con la herida abierta,
cuando debías desbrozar tus filos”.
Tenéis razón, camaradas. Ya no permitiré
que otra de ésas abuse. Pero dejad que me reserve
algo para mí, una pequeña justificación lírica:
Tenía unas nalgas tan bellas
que no te hubieras atrevido a odiarlas.

El Fuego

La poesía, león azulado,
sale a cazar estrellas.

El cielo duerme, cubierto de cadenas,
cierra los ojos para morir.

Las estrellas no aluzan el lindero,
por donde el leñador regresaba al hogar.

El lago ya no ofrece el alimento de los astros,
la chispeante leche del firmamento.

¿Dónde está aquel antiguo deslumbramiento?
¿No hay fuego ya en el pecho de los hombres?

Homenaje a Paul Eluard

Paul Eluard cómo te recuerdo
dejado de la mano de tu mujer
en un México aterrador para ti
las tormentas los tormentos Paul Eluard
y tú avanzando con la espalda arqueada
en la forma infinita
que tienen los poetas cuando están tristes
bonjour tristesse decía bonjour tristesse
porque todas las mañanas la tristeza estaba junto al lavabo

París se adivinaba tras los vidrios oscuros
como las gafas de la policía
pero había que levantarse y afrontar el espejo
la torpeza del pie ante lo inmediato
los cobardes y las ratas huían despavoridos
para salvarse para salvarse
ah las heridas Paul Eluard
las grandes heridas que dan los besos recordados
y el insomnio el demonio
la traición ensañándose en lo mejor de nuestra fe
y el asco y el amor que se sienten por el amor
y el sufrimiento que nos hace compasivos y ardientes
el poeta conserva la esperanza
cuando otros la abandonan o trafican con ella
es irreal mi soledad decías
pero el milagro es cierto Paul Eluard.

La memoria posible

Esto acaba de un golpe:
te llevarán a un cuarto húmedo
sin retrete
te obligarán a dormir sobre tus excrementos
entonces oirás mi voz
oirás que te llamo
se harán presentes todos tus recuerdos
pero no escuches los lamentos
de los endebles asesinados
que aún ahora no tienen lugar fijo
y extrae del espanto de esos días
toda la cólera posible:
no olvides que desafiaste a la policía
porque no quieres ser guardián del orden público
de eso se trata y ya estuviste preso
en esta y en otras prisiones del país
y en las cuarterías donde se pudrió tu niñez
tu vida ha sido una prisión sin límites
has caminado muchas noches
y no llegaste nunca de una pared a otra
sabes lo que vendrá
la fórmula es sencilla:
te matarán esta misma noche
o te pondrán en libertad tiempo después
conociendo las cosas
hablemos de la broma mortal
que les gastarás al salir
lo otro no necesita comentario.

Preguntas a causa de la poesía

Siento pesar por los que no aman la poesía.
De verdad, ¿no la necesitan?
Si se sientan y ven la noche
y una estrella robusta,
¿no quisieran grita cosas prohibidas,
penadas por la ley como un estupro?
Y si entran ganas de gritar a todos
Si echan de menos algo aquí se queda,
de verdad, ¿no querrían
un lápiz y papel para hacer garabatos?
Yo no sé adónde van los que no la conocen.
Cómo comen su pan cuando está duro,
cómo limpian sus manos y su frente.
En este tiempo duro, este tiempo de guerra,
¿no quieren esta flor, esta hermosa culata de fusil?

Buenos días a todos

La sala es grande, oscura. Mi hermano y yo estamos
Sentados en unas sillitas repintadas de oro.
Los mayores salen a la calle aún bajo relámpagos;
pueden meter el pie en los charcos, aunque lo eviten
con cuidado. Nosotros no: los tigres acechan a los
pequeños para desmenuzar sus huesos de colores; el
viento puede hacer girar el cuerpo de un niño y
arrojarlo sobre los pinchos de una verja de acero.
Quietos, como se hace a nuestra edad, imaginamos a
La lluvia perrear por las callejuelas. Pero aquí hay una
voz apenas distinta de los rumores matinales : es
mamé que navega.
La oscuridad está llena de insectos y hierbas
Susurrantes. Pero ella –que no repara en los objetos
más visibles- avanza con dificultad, como si bajo su
hombro cediera al fin el brazo transcurrido.

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