VER PASAR LA VIDA

»El Poeta sugerido: Pavel Oyarzún Díaz

 

Mi vida va pasando casi sin darme cuenta,
entre sueños, suspiros, entre risas y llantos,
desde aquel veintidós de junio del cuarenta
en el que vine al mundo de los hijos el cuarto.

Fui por naturaleza un animal curioso
que en tramo de su vida pisó más de mil charcos,
como aquel personaje famoso del Toboso
he ganado, he perdido, pero siempre he jugado.

He sido creativo y emprendedor, valiente,
ansioso de iniciarse en nuevas aventuras.
Otros dirán, seguro, que fui algo inconsciente,
ocurre cuando el triunfo se truca en desventura.

Desde hace ya algún tiempo la ilusión voy perdiendo.
No sueño ya con nada, no miro ya al futuro.
Tareas no me pongo con que seguir viviendo,
me seco y mis ideas tropiezan con un muro.

Añoro aquellos tiempos en que sin equipaje
volaba por un mundo sembrao de fantasías.
Lo mismo que aquel sueño que inicia un largo viaje
y acaba dormitando entre suaves melodías.

Soy como el pajarillo que va tejiendo nidos
en su árbol preferido en busca de cobijos.
Me arropo con la manta de mis seres queridos.
mis nietos, mi familia, mi mujer y mis hijos.
©donaciano bueno

*22 de junio de 1940, fecha en que el autor vino al mundo. El cuarto de los hermanos todos ellos varones.

POETA SUGERIDO: Pavel Oyarzún Díaz

Pavel Oyarzún Díaz

Regreso al bar

En memoria de Rolando Cárdenas

Regresar al bar como a un vientre,
y a la primera tibieza que nos recibió
y que alguna vez, seguramente, nos pareció eterna.

Regresar al bar porque todos los caminos
conducen a él,
y porque entre esas cuatro paredes
hay más redención y misericordia
que en trescientas iglesias juntas.

Estar entre sus habitantes otra vez,
sentados a la mesa de siempre,
bebiendo el vino lentísimo
que nos deparó el tiempo.

Regresar por las palabras y la memoria
y por la propia sombra que allí dejamos
entibiándose,
tras el alto muro de la noche.

Regresar como de costumbre,
y a la misma hora.
Entrar al bar,
de corbata, bien peinados,
y después de muertos.

Todas iban a ser reinas

Y heredaron la ciudad de noche.
Las calles del centro.
La salida de los cines.
Los estacionamientos,
y los paraderos de micros.
Los jardines de la plaza.
La esquina de la catedral.

Todas las noches de la República
se abren para ellas.
Para que las transiten
riéndose como locas,
todavía sin senos…
Con el alma y la vagina profanadas.

Negación del sur

Días inquietantes le esperan a esta
poesía mía

Días del instinto abierto hacia el vacío
y las ferocidades.

Días de la estampida enceguecida,
y del desbande del pánico.

Días de cataclismos y desbarajustes totales
entre el humus y la bruma.

Ya no podré, yo, poeta del sur,
desplazar la serenidad de mi alma
bajo este cielo,
y andar diseminado
en esta lluvia sureña,
parpadeando lentamente,
y con un canto silvestre en la sangre
que capture a las hojas de los árboles
en pleno aire,
antes que toquen el suelo del otoño
que las arroja y las recibe
en la humedad ondulante de la hierba

No podrá esta poesía mía
andar con tranco de bestia mansa,
sureñamente mansa

Días inquietantes se asoman en la lontananza,
pero ahora sí que de verdad.

El Sur será negado tres veces
y cien veces más.

No más Sur para los ojos.
No más Sur para la lengua.
No más Sur para huesos y sangre juntos.
No más Sur en ninguna parte.

Esta poesía mía tendrá que
perder la inocencia
de los inocentes parajes
que serán borrados del mapa.

Tendrá que ocultar su clorofila
y su oxígeno.
Ocultar su alma zoológica
por donde se mueve y respira
la fauna
que caerá en la trampa,
o que será alcanzada
por la onda expansiva
del estruendo
revienta órganos,
revienta ojos,
revienta tímpanos,
revienta alas
de los árboles derribados para siempre.

Está escrito que esta poesía mía
será pieza de caza menor,
en el Sur que será negado
tres veces
y un millón de veces más.
Las celadas estarán tendidas a su paso,
por toda la zona
en la que se mueve.
A ras del suelo húmedo
estarán abiertas como fauces,
mimetizadas las quiebra versos:
esperando la caída
de la también bestia acechada,
del también ejemplar manso
hasta la médula de su canto,
para que se pose en ella
y se active el mecanismo
que le hará estallar las imágenes
y la sangre,
y se produzca el alarido espeluznante
en la garganta de la doliente

Está escrito que habrán
más y más detonaciones.
Más y más acero entrando
en la carne blanda.
Y más ruido de motores impactando
floresta adentro.
Y más fotografías aéreas y rincones
descubiertos a la tormenta eléctrica.
Y más descenso definitivo del metal
en punta,
corteza abajo.
Y más combustibles de toda incineración.
Y más dentelladas al aire y máquinas,
y más compuestos químicos,
y reacciones en cadena.
Y más fuego todopoderoso y todomortuorio.
Y más muerte de un solo golpe,
en éste, ya nunca jamás,
prometido paraíso.

Está escrito
que esta poesía sureña
ya no podrá
andar con tranco de bestia mansa,
sino que,
instinto homicida abierto
de par en par;
ojo abierto de par en par, la centinela;
oculta en el más lejano promontorio,
en medio de la hecatombe;
dispuesta a todo, la acorralada,
y ya nunca más, la tendida plácidamente
sobre la hierba,
sino más bien…,
poesía atenta,
poesía de la pupila dilatada,
poesía desesperada,
sigilosa,
carnicera.

Está escrito que esta poesía mía
dará golpes de plena sangre en los versos,
y así sea
su lírica latente,
y así sea
su pulso recóndito
soltado al viento de la llanura,
bajo este cielo del Sur
incrustado de agonías y desamparos,
que no dejarán de arder allá arriba.

Los niños del parque

Ellos no tienen buenas costumbres.
Ellos no tienen buenos instintos.
Ellos no aman a la patria,
ni respetan el himno nacional.
Ellos no creen realmente en la virgen María,
ni en su hijo Jesucristo.
Ellos no creen en la familia
ni en la propiedad privada.
Ellos mean en la calle,
y le sacan la madre a cualquiera.
Ellos están al margen de la ley.
Ellos tienen metido a Dios
en una bolsa de plástico.
Ellos tienen la cabeza llena
de destellos y extrañas figuras
que les dan risa.
Ellos no sienten vergüenza
Ellos sienten náuseas casi todo el tiempo.

La orilla

A mi madre, Inés Díaz Sotomayor

Arrojados de la infancia
—lugar de ninguna muerte verídica—
pierdo los ojos en el intento,
con la cabeza vuelta.
Volver la vista es un gesto de naufragio.
Nadie vuelve hasta allá realmente.
La orilla se va alejando a una velocidad asombrosa,
como así de veloz es el muro de bruma intensa
que se levanta desde el límite exacto a las alturas.

Nunca más se vuelve a poner un pie
en los parajes de la infancia,
esa es la pura y santa verdad.
No vamos desde la luz hacia la luz,
hay que aceptarlo.
Nadie sale de aquel sitio por su propia voluntad.
Nadie llega hasta la orilla y cruza el límite
como un cordero de Dios:
Todo exilio es a culatazos.
Todo exilio enfurece el aire.
Todo exilio es miedo y delirio al mismo tiempo.

Volver la vista es un gesto de naufragio.
Un gesto instintivo hacia la tierra firme
de la primera luz
y de la madre que se queda allá,
como un sol fijo en el cielo de allá,
porque ése es, a fin de cuentas,
el prodigio de la madre,
ésa su ciencia oculta,
ésa su ternura desesperada:
no irse con uno, sino quedarse en la orilla
llamándonos.

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