YAYO

Fernando Operé(Poeta sugerido)

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Recuerdo no sé si en mayo, si aconteciera en abril,
que éste que escribe fue yayo y se convirtió en lacayo
de una rosa en su jardín.
Y es por eso que yo hoy con mis lectores me explayo
y les cuento y no me callo gritando mil veces mil
que esa flor salió de un tallo.
Y aunque a mi me parta un rayo, me reprochen lo que diz,
ese día del mes de mayo, que quizás fuera de abril,
ser abuelo ¡hoy me desmayo! a mí me hizo muy feliz.

Mas no piense quien me lea que exagero para así
que su ternura obtuviera y únicamente un ardid,
una simple argucia fuera.
Que aquella cosa chiquita y mimosa, tan bonita,
vestida toda de añil, me hizo subir al parnaso
y soñar en primavera.
Y aunque nadie a mi me crea y que nadie me haga caso
ese día del mes de mayo que, o quizás fuera de abril,
feliz fui como un payaso y sigo así de aprendiz.

Soy abuelo, sí ¡qué pasa! y estoy como un regaliz
que fluye suave y abrasa hasta invadir a la nariz.
Y aunque me tomen a guasa o me miren de soslayo
y haya quien me grite ¡yayo!
y aun más, jarten de reír, ¡bendigo a ese calendario!
Yo me mofo del mal fario,
no piensen que estoy senil ni que soy un ordinario,
que ese día el mes de mayo que, o quizás fuera de abril,
de dormir al cielo raso pasé a mi cielo a dormir.
©donaciano bueno.

Yo no sabía lo que significaba la palabra yayo hasta que llegué a Valencia. En Castilla, al menos mientras yo fuí pequeño, sólo se utilizaba el término abuelo. Reconozco que por ser mas corto fonéticamente es mas asimilable el primero, aunque a mi no me guste.

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.
Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.
(Nicolás Guillén)

POETA SUGERIDO: Fernando Operé

Fernando Operé

HIJO DE LA CIUDAD

A Alicia L. O.

Para ordenar el recuerdo
en la ciudad de la infancia,
cuento los pasos,
sumo las manzanas
y multiplico las calles.

Mido a zancadas la ciudad
en busca de una avenida,
la gozosa rambla o el parque ocioso.

Contabilizo la hazaña del tacón,
mi pie andariego.

Me veo envejecer cruzando plazas
donde se quiebra la monotonía de los sótanos
y el silencio de las habitaciones.

Soy hijo de la ciudad.
Reclamo el bullicio, el árbol y la tienda,
los gorriones, la taberna y el colmado.
Si algo me acongoja es el neumático
y la secuencia de su larga noche,
agónica e inevitable brega
de la voracidad de las ruedas.

La ciudad la celebro, en su bullicioso vivir,
y en la espuma de mis versos.

Una palabra basta

Una palabra basta a veces
para apresar un río,
doblegar un peñasco,
fraguar un mediodía;
una palabra sin adornos,
seminal y pletórica,
vegetal palabra
con forma de semilla
y calor de lava;
una palabra que penetre
en las oscuridades,
los triángulos nocturnos,
las caracolas góticas,
y los pozos de la piel.
Una palabra con talle de espiga
y textura de llanto.
La veo cayendo
como una gota alada,
semen gozoso,
sobre la seda blanca
de aquel entendedor
que es sabio y calla,
que es arcilla, alberca,
tierra menstrual,
círculo íntimo,
el primer oidor sin escamas,
la residencia primordial, el útero antiguo.
(“De lo que no sabes no hables”)

LAS PUERTAS DE MADRID

Madrid tiene cien puertas,
de Toledo, de Alcalá,
la de Atocha y la taberna,
y todas están abiertas.

Tiene cien plazas también
con balcones y ventanas,
los visillos descorridos
y las persianas alzadas.

Un río sin peces tiene
que en los veranos se estanca.
Más que río es cicatriz
que corta en dos la esperanza.

Tiene cien palacios serios
y también vetustas casas,
memoria borrosa
de una historia lejana,
de la villa palaciega
de poetas y beatas.

Madrid es una ciudad
que a duras penas duerme,
pero sonríe aun con resaca,
y abre las puertas, estrecha
la mano, y muestra la cara.
Y así pasa todo y no pasa nada.

Porque Madrid se da
al mejor postor y por sus calles,
desiertas o habitadas,
el amor corre libre hasta
que los crepúsculos arañan
las avenidas trenzadas.

Madrid es y no es.
Alguien la llamó ramera,
otro, capullito de guirnaldas.
Yo la amo y la visito en primavera,
y como Penélope en el muelle,
ella paciente me aguarda
reclinada y solícita
en el paseo de la Castellana.

CIUDAD DE MÉXICO

A Cecilia Brown

Cuando los dioses pedían sangre,
¿sacrificaban también las mariposas?

Tenochtitlán populosa ¿qué habría
hecho con sus desposeídos hijos?
¿Qué de su hambre, el desespero,
la glotonería de los astros, los sueños de maíz,
el humo sacerdotal invadiendo los párpados
hasta envenenar las lágrimas
y emborrachar los pulmones?

Ciudad asmática
que despierta en mañanas de tóxico y legumbres
y se pasea en las tardes bañada de cobre.
¿Qué de sus muertos, su voz y sus guitarras?
¿qué de los corridos retando la injusticia
y dando voz de clarín a los hijos venideros?

Recorro en las noches las calles sin nombrarlas,
grabo en la retina la luz de ese farol,
una fosa en el pavimento,
el resplandor de la luna en un charco,
y el concierto es una Babel de voces
y enmarañados momentos.

Ciudad que huele a chiles, a pasión,
a sombra de aguacates
y resplandor de mango.
Busco su sabor original,
su ardor de tequila,
su ardiente mole y servil cilantro.
Persigo la semilla, el primer salmo,
la anónima calavera y la sedienta sandalia,
con el afán de entender, nombrar,
relatar sus heridas y dar sentido a esta metrópolis
que se sostiene como un milagro
en un océano de almas.

Mientras escribo siento, no en vano,
la emoción de penetrar un ajeno universo.

WASHINGTON, D.C.

Washington esquiva.
Ciudad insomne donde impávidas columnas
y edificios neoclásicos parecen emular
el decoro del purgatorio.

Ciudad sin colillas ni palomas mensajeras,
sin niños ni madres,
sin cloacas ni vertederos.
Ciudad en pálido murmullo
con viento de macho satisfecho
y rojo telón, atrás del río.

Ciudad de la blanca casa
y de la casa oscura,
de la mansión de hojaldres
y del acero que sacude los mundos,
redime cautivos
y ensombrece los féretros.

Ciudad también de los cívicos,
de los que viven de la tinta
y de las leyes, de la constitución
o del decreto, y del frío atardecer
de los púlpitos.

Oh ciudad del gran Mall
y los museos. Si no fuese
por tu confusa historia, te amaría
en una tarde de abril, cuando la lluvia
las flores emborrachan los cerezos.

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