TODOS SOMOS BUENOS/

Marcelino Menéndez Pelayo (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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A la hora de fingir que somos buenos,
todos nos apuntamos. Nos da pena.
Que no somos, juramos, sarracenos.
Y mientras que observamos la gangrena
y tanto compungimos y apiadamos,
la sangre se cercena,
y a nuestro bienestar no renunciamos.

Somos buenos. Decimos. Publicamos.
Algunos aun más que otros, desiguales.
Y echando culpa a dios nos asqueamos
por responsables ser de nuestros males.
Y jugamos a ver si alguien nos gana
en juegos que, florales,
a los pobres miramos con desgana.

¡Qué grande es el amor. Cómo queremos!
Mostrando el corazón hecho de pana,
vamos dando un ejemplo, pues sabemos
que en eso de donar, no da la gana.
Expectantes se extinga ya la brasa,
rezando a una peana,
poniéndose a mirar a ver qué pasa.

Todos llevamos dentro un buen espejo,
el alma de ese buen samaritano.
Aunque sea de algunos un reflejo,
todos queremos bien a nuestro hermano,
dispuestos a impartir un buen consejo,
mirar, tender la mano,
que lo de compartir, nos suena a añejo.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Marcelino Menéndez Pelayo

Marcelino Menéndez Pelayo

Soneto

¡Salve, titán de la cerúlea frente,
Sobre el materno piélago dormido;
De tu férrea garganta amo el rugido,
Amo la espuma de tu faz hirviente!

A tus arrullos despertó mi mente,
Mi primer llanto resonó en tu oído,
Eduqué con tu indómito alarido
Mi brava condición y ánimo ardiente.

Mas ni el fragor de tus tormentas calma
Esta pasión que vencedora rige
Mi fe, mi corazón y mi albedrío,

Ni darán tus sonrisas paz al alma,
Hasta que en ti sus claros ojos fije
La eterna luz del pensamiento mío.

En el abanico de la mujer de Pereda

Por el perfume de azahar difuso,
El naranjo escondido se revela;
El pebetero con olor profuso,
Denuncia los tesoros que en sí cela;
El alma donde Dios su huella impuso
A otra alma rige y en sus obras vela;
Si en sus obras hay luz, paz y hermosura,
Es porque emanan de otra luz más pura.

A Lidia

Almas afines hay; bésalas Jove,
Y las manda a la tierra con el sello
De divina hermandad. Si no se encuentran,
Largo gemido y sempiterno lloro
Es su vida mortal. De vanos sueños
Se enamoran tal vez; el aire abrazan,
Y entre el error y la esperanza viven.
Una forma, una línea o un sonido
Les trae el eco de su dulce hermana,
Sombra falaz que sujetar ansían,
Y que cual humo leve desparece
En la nocturna lobreguez. La idea
Del vago bien, la forma no encarnada,
Místico amor, reminiscencia acaso,
Vive inmortal en la memoria suya,
Y es tormento no más. Al rudo soplo
Muere extinta la llama creadora,
O a sí propia se abrasa. Desfallece
La inspiración; cual Tántalo sediento,
El alma anhela las eternas aguas,
Que huyen del seco labio burladoras,
O quiere, como Sísifo, en la cumbre
Parar la piedra que hasta el fondo rueda.
¡Vano anhelar! la trama de su vida
Nadie logra romper; nadie separa
Los negros hilos de las blancas hebras.

¡Y qué blancas tal vez, si encuentra el alma
Su inmortal, peregrina compañera,
Eco perdido de su voz, reflejo
De su hondo pensamiento enamorado,
Que en ella se depura y enaltece,
Y medra en esplendor y en hermosura,
Y comprende en altísima manera
La cifra de lo hermoso y lo perfecto!
Entonces, a la lucha de la vida
Firme desciende el vigoroso atleta,
Y ni el rumor de populares armas,
Ni la faz del tirano, ni las olas
Del velívolo mar, ni el duro ceño
De la rígida ciencia le intimidan.
Lo que antes era mármol, blanda cera
Bajo sus manos es, y le obedece
Cual dócil sierva la palabra; rinde
La materia a sus pies, domeña el mundo,
Y es rayo en la tribuna y en las lides,
O circunda su frente vencedora
El lauro de las hijas del Permeso.

Bañarse en la corriente de la vida,
La tela trabajar del pensamiento,
Cuando hay un alma que a la nuestra sigue
Y con nosotros el bordado trama,
Hilos de amor mezclando a la madeja;
Arrancar de sus labios tembladores
La frase a medio hacer, envuelta en risa;
Aprender en la lumbre de sus ojos
Lo que nunca en las áridas escuelas,
Altísima de amor filosofía;
Y en su gallardo cuerpo ver cifrados
La luz, el movimiento, la elegancia,
La quintaesencia del arcano ritmo,
Es gozar y es vivir.

¡Oh, cuántas veces
La triste maga de los montes míos,
La de cerúleos, penetrantes ojos,
Me trajo en el arrullo de la brisa,
O en el clamor de mi natal ribera,
Su peregrina voz! ¡Cuántas su forma
Vi dibujarse en el tendido cielo,
O surgir de las ondas inclementes
De nuestro mar, en moribunda tarde!
¿Era la antigua helénica sirena,
Del golfo siciliano desterrada,
Para amansar con dóricos cantares
Al britano argonauta? Yo sentía
Gigante anhelo por asir la Diosa,
Cual a Juno Ixión; mas, como Juno,
Siempre la Diosa en nube se tornaba.
Y un sueño la juzgué, mas no era sueño;
Que en otras playas, en región distante,
Su huella descubrí, y en la alta noche
La vi pasar ceñida de hermosura,
Bajo el sereno azul partenopeo,
O en las bátavas nieblas reclinada.
Ella encantó mis solitarias horas
De escolar vagabundo. Ora la encuentro,
Y no velada en misterioso enigma,
Mas plástica y radiante. Eres aquella
Que yo soñé, dulcísima señora,
Risa perpetua, omnipotente gracia;
Es de Diosa tu andar, mora en tus labios
La grata persuasión, rige tu mente
La Urania Venus con lazada suave
De inmortal secretísima armonía,
Que rica por tus miembros se difunde.
No fue tan grácil la veloz Camila,
Sobre intactas espigas revolando;
Y el lauro del ingenio te otorgara
La misma de Sinesio profesora,
Decoro y flor y luz de Alejandría.

No rondaré sin tregua tus umbrales,
Haciendo resonar en tus oídos
El ya enojoso, por cantado a tantas,
Himno de amor. En el misterio vive
Y del profano vulgo se recata
Este mi oculto deleitoso fuego.
Ayúdale a crecer; nunca los ojos
Que tan alto tesoro ávidos celan,
Sorprenderán mi amor en mi semblante,
Ni juntaré mi voz a la alabanza
Que de ti en torno sin cesar resuena;
Y me verás indiferente, mudo,
Reprimiendo la férvida palabra
Que de mis labios escaparse quiere.
Mas ¡cuántas cosas te diré al oído,
Si quieres escucharme sin enojos!
Escúchame, señora, que es mi alma,
Si tormentosa como el mar bravío
Que de mi cuna los peñascos bate,
Dura y tenaz y firme y resistente
Cual la honda raíz de mis montañas;
Y ni el recio huracán de tus desdenes
Podrá abatir el generoso tronco
De esta pasión que crece y se agiganta,
Firme como el Titán en su caída.
Puede el cierzo doblar el leve mirto,
Y de su pompa y su verdor privarle;
Mas al roble, monarca de las selvas,
Sólo el rayo del cielo le derriba,
Sólo en lid secular le doma el tiempo.

En el álbum de la Duquesa de Villahermosa

Con larga mano te otorgó, señora,
Virtud, gracia y nobleza el alto cielo;
Es tu casta hermosura rico velo,
Digno del alma regia que atesora.

Tú del místico fuego guardadora,
Del desvalido perenal consuelo,
Pasas haciendo bien por este suelo:
La santa caridad tu techo mora.

Prez y decoro de tu estirpe clara,
Luz de tu esposo, gloria de tus lares
Más que por tiembres cien, por ti soberbios.

El sabio Salomón te comparara
A la amante mujer de los Cantares,
A la fuerte mujer de los Proverbios.

Nueva primavera

Brote del labio lo que el pecho siente;
Rompa su cárcel el interno fuego
Que nutrí con amor por tantos días,
Y devorando hasta el postrer rastrojo
Del seco campo de mi amor perdido,
Inflame el pensamiento
Con nueva luz, de dichas precursora,
Y el mundo del espíritu convierta
En realidad radiante de hermosura.

¡Cuánto tiempo pasó, sin que lograsen
En el centro del alma resonancia
Los himnos del placer y de la vida!
Y en la región de sombras encantadas
Y de flotantes sueños y quimeras,
¡Cuánta niebla veló la alzada cumbre!
¡Qué brava tempestad tronchó las flores!
¡Cómo enturbiaba su caudal el río!

Hoy siento que la vida
Llama a mis puertas en alegre coro;
Hoy reverdece mi esperanza muerta,
Hoy se agolpa en tropel mi hirviente sangre
Por un filtro genial vigorizada;
Hoy tienen para mí caricias nuevas
Las fuentes y las auras y las flores;
Hoy despierta mi espíritu abatido,
Más fuerte tras el duelo y la derrota,
Como retoña secular encina,
Cobrando esfuerzo doble
Del hierro mismo que mutila el tronco.

Dejadme bendecir la mano amiga
Que limó mi asperísima cadena;
Si aire de libertad de nuevo inunda
Mis sedientos pulmones,
Si aún puedo levantar la hundida frente,
Si aún soy señor de mí, dádiva es suya;
Suyo el recio valor que ella me infunde
Con la miel de sus labios persuasivos,
Y con el blando, irresistible freno
De su elocuente y clara inteligencia;
Ella me rescató, por ella aliento;
Dejadme que la rinda
Como triunfal despojo mi albedrío.

Nunca amé de esta suerte; ¿y quién negara
Admiración y amor a su hermosura?
Belleza no de estatua
En su divinidad alta y serena,
Mármol que extingue en castas desnudeces
El más osado impulso del deseo,
Sino belleza irresistible, humana,
Que no impera tan sólo
En las líneas del torso peregrino.
Ni se detiene en la gentil cabeza,
Ni en los anillos de la forma muere;
Halago que traspira
De su voz, de sus ojos, de sus venas,
De las místicas rayas de su mano
Y aun del ambiente mismo en que se mueve.

¡Oh, cuántos años de mi vida diera
Por respirar tan encantado aroma,
Por vivir de esa luz y de ese fuego!
¡Quién confundiera nuestras vidas juntas
Como dos gotas de la misma fuente,
Como dos cuerdas de la misma lira!
¡En su cauce orgulloso
Cuál resonara el pensamiento mío,
Si a acrecentarle con amor bajaran
De su espíritu egregio los raudales!
¡Qué mundos se abrirían
Ante mis ojos en los ojos suyos!
De oro y azul estancias fabulosas,
Nunca soñadas de alarife moro,
Alcázares de gnomos y de silfos,
Escondidos talleres
Donde el martillo de los genios suena,
Trémulos lagos donde hierve el oro,
Y un sol que centuplica sus ardores
Sobre el mezquino sol de nuestra esfera,
E infunde en nueva tierra y nuevos cielos
Una oculta virtud germinativa,
De nueva creación producidora.

Y a la luz de ese sol yo acertaría
A perpetuar tu nombre en mis cantares,
Cual hembra castellana
Nunca ensalzada fue, como aún respiran
Las doctas hijas de la antigua musa,
Como en Tibulo, Némesis y Delia,
Como en Horacio, la gentil Glicera…
¡Ven a alumbrar mis vigilantes horas,
A ser la sal de mi desierta mesa!
Te contaré mil fábulas sagradas
De amores de los hombres y los Dioses,
Cuanto tejió la griega fantasía
En la serena juventud del mundo,
Hasta que al suave y poderoso halago
De tanta juventud y tanta vida,
Sientas hervir tu sangre generosa
Caldeada por la llama del deseo.

Soneto-dedicatoria

A ti, de ingenio y luz raudal hirviente,
De las helenas Gracias compañera,
De mis cantos daré la flor primera:
Gane hermosura al adornar tu frente.

No de otro modo en bosque floreciente
Rudo y sin desbastar el leño espera,
O el mármol encerrado en la cantera,
El sabio impulso de escultor valiente.

Llega el artista, y la materia rinde;
Levántase a forma vencedora
Del mármol que el cincel taja y escinde.

Corra, en la piedra, de la vida el río;
Tú serás el cincel, noble Señora,
Que labre el mármol del ingenio mío.

Himno a Dionysos

¡Salve, alegre, genial Primavera,
Que esperanzas derramas doquiera
Y coronas los prados en flor!

Ved cuál bulle y fermenta la vida,
Y al deleite natura convida
Con su oculta, tiránica voz.

Ya resuena la mística orgía,
Que otro tiempo las cumbres hería
Del heleno, feraz Citerón.

La Bacante su peplo desciñe
Que dos veces en púrpura tiñe
La fenicia opulenta Sidón.

Tibia noche sus sombras extiende,
A la cumbre la virgen asciende,
Y ya el báquico tirso empuñó.

Cubre piel de pantera su espalda,
Y el ardor de sus venas rescalda
La resina que el pino sudó.

Aquel Dios que domaba a Penteo
Y a Licurgo, sacrílego reo,
En su pecho domina feroz.

¡Ay de aquél que perturbe la fiesta,
O penetre con planta inhonesta
El recinto sagrado del Dios!

Él entrega los miembros humanos
De la Ménade loca a las manos,
Cuando hierve el sagrado furor.

Escuchad esos trinos suaves;
Es el ave que cuenta a las aves
Los sagrados misterios de amor.

Y la fuente los dice a la fuente,
Y la linfa fugaz del torrente
Precipita su manso rumor.

Con su trémula luz las estrellas
Por el cielo persiguen las huellas
Del triunfante y fugaz Hyperión.

En su hoguera otros soles se inflaman,
Y a otros mundos su lumbre derraman
En abrazo insaciable de amor.

¡Eros, salve! En los cielos imperas,
Obligando a rodar las esferas
En eterno y armónico son.

Coronemos de rosas la frente,
Que mañana la aurora riente
Deshojadas verá y sin olor.

En las copas el vino de Samos,
Y el escolio inmortal repitamos
Que las fiestas de Jonia alegró.

A la memoria del malogrado poeta dramático Don Luis Eguílaz

Vuelve a mis manos, olvidada lira,
Ministra un tiempo de guerrero canto;
Hoy de dolor el corazón suspira
Y se agolpa a los párpados el llanto.

¿Qué es el hombre en la tierra? Polvo y cieno,
Un punto breve en la extensión inmensa,
Gota perdida en el profundo seno
Del mar azul, entre la niebla densa.

Las armas, los trofeos, los blasones,
La gloria y el poder y la hermosura,
Del monarca triunfante los pendones;
Todo cede a tu imperio, muerte dura.

Tronos, cetros, alcázares reales,
Soberbias torres hasta el cielo erguidas,
Cayeron en sus urnas sepulcrales,
Como caen las encinas sacudidas.

Milicia es nuestra vida en este suelo,
Sombra fugaz que pasa arrebatada;
Volved los ojos al sereno cielo;
La vida es sueño, vanidad y nada.

Más ligera que el vuelo de las aves,
Y más veloz que el Euro proceloso,
Sube la muerte a las ferradas naves,
Sigue al jinete en vuelo presuroso.

El varón justo y de mancilla exento,
Que de Dios al decreto se somete,
Parte, al sonar el último momento,
Cual sale el convidado de un banquete.

¿Quién ataja a la muerte en su camino
Cuando llega a sonar la hora postrera?
Si es más inexorable que el destino
¿Quién podrá detenerla en su carrera?

Sólo la gloria del artista dura
Que la palma triunfal ha merecido,
Siendo a despecho de la envidia oscura,
En fama claro y libre ya de olvido.

Que si de Ilión las torres abrasaba
En su furor el ofendido griego,
Monumento más alto levantaba
De Aquiles al cantor, de Esmirna al ciego.

Eternizó de Sófocles la gloria
Pintar a Edipo en su dolor infando;
Ciñó Eurípides lauro de victoria
El triste afán de Andrómaca llorando.

¡Salve llama del genio soberano,
Que iluminas la mente del poeta;
Que prestas voz y aliento sobrehumano
Al que llega a tocar la ansiada meta!

El mismo fuego iluminó la frente
Del varón cuya pérdida lloramos,
Por quien hoy llenos de entusiasmo ardiente
Flores sobre una tumba derramamos.

¡Venid, hijos del canto y la armonía,
Que amáis el arte y anheláis la gloria;
Venid a tributar en este día
Lágrimas y dolor a su memoria!

Si es el teatro de virtud modelo,
Venid a dar un nuevo testimonio,
Venid a honrar con lastimero duelo
Al autor de La cruz del matrimonio.

¿No veis cuál corre el abrasado lloro,
Cómo resuena el lúgubre lamento?
Responda vuestro cántico sonoro,
Cual arpa eolia herida por el viento.

Tomad la triste y fúnebre corona
Con que a su hermano coronó Catulo;
La cítara del vate de Sulmona
Cuando lloró la muerte de Tibulo;

Y bañados en llanto nuestros ojos
Sobre el sepulcro esparciremos flores,
Y en la losa que cubre sus despojos
Grabaremos sus ínclitos loores:

«Pintó mujer más fuerte y virtuosa
Que Andrómaca, que Antígona y Alceste;
Su sagrada ceniza aquí reposa;
Voló su alma a la mansión celeste.»

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