UN SEGADOR DE CONCIENCIAS

Mi Poeta sugerido: »Sandro Cohen

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Él fue ese segador empedernido
que armado con su hoz siempre en verano,
zoqueta bien sujeta con la mano
segando fue cabezas convencido
que así es como lo hiciera un buen cristiano.

Que haciendo ostentación de bonomía,
matando fue mentiras a destajo.
Allí donde encontrara un renacuajo
habría de luchar en la porfía
dejándole sin tripas para abajo.

Que fue un predicador, alabardero,
diciendo hacer del mundo un paraíso,
el sitio donde todos sin permiso,
-no habiendo ni segundo mi primero-
pudieran disfrutar el mismo guiso.

Y digo fue, que un día del caballo,
el pobre se cayó. Tan mala suerte,
que dios no se apiadó y llegó la muerte.
De entonces a esta parte canta un gallo:
procures en la vida no caerte.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Sandro Cohen

Sandro Cohen

MORIR, A VECES

A veces me da gusto, así, morir:
boca arriba, flotando en una barca
de sábanas tan limpias que se escapan
del tiempo, como yo cuando me muero.
Las nubes se transforman. Son los libros
que me acompañan río abajo, páginas
abiertas que se leen en verso blanco,
casi igual que éstos, pero son mejores
aquellos días que escribimos en el cielo.
Morir, a veces me da gusto así:
sin darme cuenta, poco a poco, lento,
como anochece el alma, como muere
el día entre los últimos capítulos
de una novela que habitamos todos.
Así –sin aspavientos, con los ojos
hacia atrás y sintiendo todo el peso
de la tierra en mis huesos que también
son forma que sostiene, que son versos
blancos que ritmo y gracia dan al cuerpo–
me da gusto morir, a veces, mas
no siempre, sino a veces, sin pensarlo…

MÚSICA SOMOS NOSOTROS

A cuatro manos sobre el blanco y negro,
cuatro manos, el hombro contra el hombro.
A cuatro manos, dedos, veinte lumbres
en el blanco y su negro, piel, marfil.

Puede tocarse música por dentro,
tu música de adentro y por lo bajo.
Así suena tu música, a respiro
y tormenta, remanso y catarata.

Una vez y de nuevo, flotas sobre
el teclado con dedos, brazos, lengua,
el pecho contra espalda, espalda contra
el tiempo, fuga con dos contra tres
sobre la partitura entre tus piernas
en la cadenza, ritardando, notas
negras son sobre blancas, esta fusa
hasta el fandango, hasta el fin, hasta el fondo.

Canta contra mis ojos. toca, loca.
no te detengas, llena mis oídos
de tu viento, saliva con sudor
y semen, lágrimas y sangre adentro.

Mueve tus dedos, piano y piano, suave
pianísimo y más fuerte, ¡sí!, más lento.

¿Notas las notas? ¿mis corcheas, fusas
revueltas? todo es piel entre las sábanas
escrito en blanco y negro a cuatro manos,
dos lenguas con sus dedos, su saliva
en mi hombro y en tu pecho, sus tresillos
desbocados, su encabalgada furia
de frases al oído, dedos… canta
con tus dedos adentro, que los muevas
piano, suave, tan fuerte como puedas
hasta que vibren todos nuestros músculos,
hasta que se relajen, por vencidos.

Toca tu blanco y negro a cuatro manos.

Entre tus dedos y el marfil, silencio.
Entre papeles y armonía, el aire.
Estamos suspendidos todavía,
por siempre:
música
somos
nosotros.

SI ME VAS A ESPERAR…

Si me vas a esperar,
abre tus piernas un poquito,
lo suficiente apenas
para olvidar que sigo aquí.

Extravía tus manos;
no las busques:
solas recordarán el sitio
donde las he dejado
la última vez.

Aparta, pues, tus labios con la lengua
y piensa en todo aquello que no hicimos.

Guárdalo, todo, en tu pezón izquierdo,
ese que brilla en las mañanas
—rosado, casi nuevo—,
el que en este recuerdo cabe
y se endurece
cuando nadie le hace caso.

Si me quieres tocar,
recuéstate en el sueño
y piensa en la canción que no aprendimos
porque fuimos nosotros la canción,
la que cantamos toda aquella noche.

Y si vas a esperar,
no me lo digas:
recíbeme como si nada,
como si fuera el viento
o una pluma que en un columpio de aire
desciende entre tus muslos
mientras lees algún libro que pensabas prestarme
cuando tú
lo dejaras de leer.

ENTREGA

El silencio y la ausencia de palabras
tuyas adquieren, claros, forma y peso.
El deseo renace en el vacío.
Ahí, donde no estás, se hace fuerte
como la perla que resiste al tiempo,
el botón que se abre solo a quien
acariciarlo sabe entre los pliegues
de más profunda piel, donde esos finos
labios solaz encuentran con los míos,
con su imagen. Tan suave se desliza
mi lengua ciega por tu carne dura,
que en el beso más líquido se funden
encima de esa perla rosa y rauda
que se hincha orgullosa y en su misma
viscosidad amante brilla y late.
Y al estallar, recibo en esta boca
tu agua, tu vida, y tu alegría asciende.

PARTE DE GUERRA

Era domingo, tarde, de mañana.
No te movías en la cama. El gato
exigía caricias, la atención
que todo niño para sí desea;
como yo, como siempre que te veo
desde la orilla, lejos de tu mundo
secreto tras el velo de tus ojos
dormidos, tras los párpados del sueño
que sueñas mientras veo tu espalda lúcida
y libre de la sábana que baja
y rodea tus pies, también dormidos.
Toqué tu piel, y el gato se esponjó
como lo haría un niño si le quitan
su juguete, su sueño, su caricia.

No la toques -decía el bicho-; es mía.
Nada tienes que hacer con ella. Vete.

Sentí tristeza por el gato mientras
me miraba con ojos suplicantes.
Lo levanté sin más; con una mano
lo llevé hacia la puerta, y al abrir
maulló de nuevo, firme en su derrota.

Cuando volví a la cama, te encontré
dormida aún; la sábana hasta el cuello;
indiferente, ni por enterada
te dabas. Con el sueño te envolvías
lejos de mí, más lejos que tu cuerpo
y del mundo que habitas para ti
y no sé para quién a estas alturas.

Afuera me esperaba el gato. Estaba
junto al sofá, la cola en alto, atento
al desenlace, al fin de la batalla.
Pero no quiso entonces acercarse.

Entré en el baño. Abrí la regadera.

Al volver, en tu espalda estaba el gato.
Ya no me dijo nada. Y muy despacio,
cerró los ojos…

OBRA NEGRA

Arena y grava por la calle, fierros
doblados contra sí, la cimbra fría.
Ciudad en construcción: la negra fiebre
de erigir los espacios al vacío,
huecos para que vivan estas sombras
que vigilan la obra en su proceso,
las vigas que se extienden, poco a poco,
para cubrir un cielo que se asfixia.

Aviento mis papeles, este lápiz
sobre la mesa sucia, atiborrada
de versos que no sirven, mal cortados,
vocales retorcidas, consonantes
que se tropiezan entre sí, cansadas.

A veces me dan ganas de tirar
a la basura tantas hojas sueltas.
Quiero un espacio en blanco para mí,
respirar más tranquilo, abandonar
lo que no sirve, que enmascara inútiles
esfuerzos de cubrir este vacío.

HASTA LA ORILLA

Los años caen hasta lo azul del fondo.

Me gusta el hecho de que no te cuelgues
de mi deseo deshilachado y simple.

Me ves como animal, lento y curioso,
el mono ciego que ejecuta duetos
de piano solo y cuello de botella,
cual debe ser en meses de calor.

Estos días muy poco hay por delante,
y todo se me cuelga por atrás,
flácida piel y un hueso al aire puro:
se secará muy pronto desde dentro.

Me da placer sentir tus ojos, ávidos
y lejanos, tan cerca de mi piélago.

El horizonte está a muchos kilómetros.

DE TODOS LOS TEMPLORES TERREMOTOS

Cuando se tienen quince años pesa
más el trino de pájaros que bombas
que devuelven los cuerpos guerrilleros
a la húmeda tierra y selvas vastas
del sudeste de Asia, de Vietnam.

Importan más colores ocres, verdes;
los olores tan frescos de aquel bosque
donde soñamos dar el primer beso
a la novia que aún no se enteraba
de nuestra corta vida adolescente.

Importan más los tiernos balbuceos
en verso, la poesía inglesa, el cine,
que gases lacrimógenos, o balas
incrustadas en cuerpos de estudiantes
mexicanos al grito de una guerra

en un lugar extraño que se llama
Tlatelolco, una plaza de culturas
iluminadas por la luz bengala
y el fuego de los rifles militares,
cuyos ecos percuten la inconsciencia.

Pero después de cincuenta años, tras
medio siglo de guerras y mentiras,
más cerca del final que del principio,
me detengo a observar la calle, el sol
que la baña en el canto de las aves.

He elegido mi tierra, y he llorado
en Tlatelolco el trueno más terrible
de este país que ahora es mío, poema
puro que sube de entre ruinas, gritos
de todos los temblores terremotos.

Y estoy feliz, entiendo la amargura.
He cantado el dolor de mis dos hijas.
Hemos sembrado y cosechado juntos
el goce de vivir y de perder
el tiempo, el mundo, el choque más hermoso.

LAS COSAS QUE ME RODEAN…

Las cosas que me rodean
—la taza de café, plumas
viejas, alguna inservible—
me dan la seguridad
de saber que aún estoy vivo.

Me gustan mis libros, aunque
sé que jamás los leeré
todos, tal vez unos cuantos.

Los pasaré a mis amigos
jóvenes que no conocen
la dicha de columbrar
los indicios de la meta
tras cuarenta y dos kilómetros,
varios hijos, dos esposas,
corazones incontables
que jamás quise romper.

Decir que soy imperfecto
es poco. Mucho me falta
por hacer, por dar, vivir,
aunque sean veinte minutos.

Esta taza de café
me permite estar en paz
con la idea, por demás
sencilla, de que la vida
es algo que por derecho
—sin excepción— pertenece
a cada ser que respira;
de que las cosas sagradas
nos rodean en todas partes.

Se rompen y se reparan,
tal como nosotros mismos,
por conservar el placer
tan simple, el enorme gusto
de inducir una sonrisa,
el brillo intenso en los ojos
de quienes han comprendido,
por fin, que el dolor no es todo,
que la mejor medicina
es saber que estamos todos
—y que siempre hemos estado—
cual carne de nuestro ser
desde el principio del viaje.

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