DESPEDIDA DE EL ECUADOR

Poeta sugerido: Paula Nogales

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Fue bonito mientras fue,
ahora toca despedirse,
no creáis que me voy triste,
prometo que volveré.

Me llevo un poco de ají
entre tantas emociones,
gracias por las atenciones
que habéis dispensado en mi.

Por mostrarnos con orgullo
los tesoros del país,
y hacernos sentir aquí
como en el propio terruño.

Gracias y mil gracias mil
por mostrar vuestros ancestros
y los ascendientes nuestros
que anduvieron por aquí.

Por ser atentos y amables,
hacer linda nuestra estancia
repetimos incansables
a todos mil veces GRACIAS.
©donaciano bueno

(7 de abril de 2013) Con motivo de una visita a Ecuador)

POETA SUGERIDO: Paula Nogales

Paula Nogales

Odisea

Ni carne, ni pescado, ni deseo:
sin raíces ni futuro, en el espacio
de un limbo acogedor en que me veo

sin quererlo buceando todavía,
en una espera inútil que no llega
a cuajar la silueta de mis días,

trazando la misma elipse en torno
a un ónfalos que gime lastimero
ajeno al universo y al bochorno,

navegante sin cartas ni astrolabio,
fingidora de diarios marineros
mareando perdices con resabio,

nunca fueron mis ansias maternales,
ni miré el bien y el mal según dictaban
la costumbre y las leyes terrenales;

nunca vi mi figura en el espejo
conforme a una herencia que acatara
la pauta antigua de mi yo reflejo:

mi cuerpo como nave futurible,
mi corazón, severo comandante
de un amor no propio e incorruptible

que amamanta un pequeño tripulante,
hasta que tú llegaste, impredecible
capitana de mi destino errante.

Membra Disiecta

Los poetas mienten. Destrozan al amante.
Aquél juega con el pequeño lóbulo de su oreja,
éste persigue un dedito y lo entierra
en la arena húmeda de la playa.

Los poetas arden en soberbia idílica,
sus frentes desordenadas ante el cuerpo del amado:
para eternizar ese pliegue horizontal del vientre
cuando la sombra cae de espaldas,
es preciso que no exista más su cabeza,
cercenar sus bellos muslos,
esconder lejos los brazos.

Los poetas, carroñeros insaciables del amante,
desprecian la última gota que implora el hueco de una mano.
Mañana habrá festín. Un ojo izquierdo
brillará con luz rara sobre la dulce carne.

¿Qué más podemos pedir, amor,
si no es esta complicidad culpable
que nos lleva a forzar el tiempo en palabras oscuras
que vestimos como niños en día de fiesta?
Sólo queda el usufructo de nuestros cuerpos,
blancas ovejas desvalidas que regalamos
con la rara alegría de quien ahoga una conciencia.

GUERRA DE LOS SEXOS

Ellos no entienden: de siempre lo oí decir,
como un axioma irrefutable, como un dogma de fe,
igual que aprendimos que la tierra es redonda
o que existen los números periódicos.

Ellos no entienden, y no querían
jugar con nosotras: hasta el más pequeño
nos miraba desafiante, para luego marchar corriendo
tras las lejanas siluetas de sus camaradas.

Había que organizarse, ofrecer resistencia,
desterrar en público las lágrimas y los mocos,
crear redes secretas de información y logística,
apuntar más bajo, aullar la victoria.

Ellos no entienden. Yo tampoco entiendo nada.
No lo entendí nunca,
ni cuando sus cuerpos eran misterios anatómicos
de delirantes bestiarios
en la infancia incrédula,
ni cuando sus voces se quebraban en provocaciones
de interés puramente antropológico.

Nunca milité en bando alguno. Me confieso apátrida.
Algo así como una quinta columna sin base:
asentía a todo, fingía los acuerdos,
como un topo ciego que se escurre
entre el dudoso glamour de la adolescencia.

Supongo que jamás se produjo el alto el fuego.
Aunque en algún momento debió de perderse
la dulce alegría de las hostilidades,
y aparecieron los rictus en las comisuras
de los combatientes,
veteranos en sus cuarteles de invierno;
los pactos vergonzantes,
la secreta claudicación de aquellos gloriosos batallones,
de aquellas ingenuas conjuras
que el tiempo cubrió de moho.

No más guerrillas fraternas. Soy francotiradora.
Parapetada en una azotea de soledad.
Ese hombre que pasa de largo
lleva en su frente la marca divina.
Lo sé bien: yo misma lo ungí hace un instante
con la metralla líquida del deseo.
(“Manzanas son de Tántalo”, 1997)

A la sombra de Dafne no crecen sino ortigas.

Sobre el azul sin tacha del acantilado,
del borde mismo de la sima
de la espuma,
donde su pie de nieve no osó la pirueta
definitiva.

La sombra de Dafne acuna abrojos,
teje siempre entre sus ramas la misma ajena melodía.

No amasa pan.
No arregla sus cabellos
para el amante porfiado.
No regala ya más el fruto
de su vientre intacto.

Bajo el azul sin tacha del cielo eterno,
mirad la sombra estéril de Dafne,
como un fantasma tendido sobre la mala yerba.

CIUDAD DE LOS HOMBRES / SIN CITY

Toda herencia se rompe en tu pretil,
frontera ardua de la memoria:
la secuencia perfecta que llevó
al extinto saurio a abandonar las aguas
y a surcar los cielos color sangre;
la cadena que formaron los millones
de semillas derramadas por la Tierra
-mucho antes de cualquier atisbo
siquiera de palabra-,
eslabones sin orfebre
de la supervivencia.

La ponzoña horada los fariones
agujeros de gusano que conducen
a ninguna parte.

Toda riqueza se estrella en tu brocal,
pozo insaciable de los deseos inmundos.
Las infancias durante siglos atesoradas.
Las sobremesas compartidas en familias.
Los mechones rebeldes escapados del lazo.

Lenta se deshilacha la memoria.
Criatura de Darwin abatida, su silueta se pierde,
boceto sin destino.

Ruedan ladera abajo, desmembrados, los atributos
que un día constituyeron lo humano;
se ocultan en el lodazal, la basura los cubre
y renace el silencio.

(Quedan coyotes,
serpientes,
alacranes.)

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