LAS BODEGAS DE ARANDA

»El Poeta sugerido: Elsa Veiga

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Las bodegas,
donde siempre se anda a ciegas.
Es ese un lugar bendito
que hendido está bajo tierra,
-a el que bajas despacito
y que a oscuras nunca cierra-
de escalón por escalón,
sin pegar un trompicón
mientras vas pidiendo guerra.

En el que la noche duerme,
escondiendo su tristeza,
donde oculta sus pesares
que le sugieren lagares
y en el que el silencio reza.
Este profundo garito
en el que por soplar vino
¡ese alimento divino!
hay quien pierde la cabeza.

Típicos de estos lugares
¡los cantares!
¡bálsamos que desperezan!
¡Y ese jarro!
¡tan sencillo!
ese objeto rimbombante
hecho de un humilde barro
que al hombre vuelve parlante
y al que todos sacan brillo.

¡Los cubillos!
redonditos y tan pillos
que aunque hijos son de cubas
su cuerpos llenos de uvas
siempre dispuestos, bailando,
mientras van ronroneando
¡que fresco, mejor, qué frío!
¡me produces desvarío!
¡y ese porrón!
¡de cristal,
de pitorro empitonado
¡tan pícaro, tan salado!
que viene bailando al son
de los que allí están tocando.
¡Catacumbas
del dios Baco!
que guardais tantos secretos
¡sordomudas como tumbas!
donde las penas yo aplaco,
tu eres mi lugar de asueto.

¡oh cercera!
¡esa nariz de primera!
único respiradero
de ti olvidarme no quiero.
al subir las escaleras
que ésta si que es una cruz,
-¡cuidado que me mareo!
no sé si estoy bien, no veo-
no encuentro ninguna luz,
y no percibo al trasluz
ni pa dentro, ni pa fuera.
©donaciano bueno

En Aranda de Duero las hay hermosas,
Las cubas de veinte años, también las mozas
(dicho popular)

Bodegas subterráneas de Aranda de Duero constituyen una red de 7 km. de túneles, o galerías, excavados entre los siglos XII y XVIII, que se encuentran en el casco histórico. Actualmente existen unas 135 bodegas,1 hallándose ubicadas en un rectángulo de 800×380 metros. Son auténticas catacumbas del vino.

POETA SUGERIDO: Elsa Veiga

Elsa Veiga

Y veo lo que queda

Yo, cuando decepciono,
me retiro.
Agacho la cabeza,
la meto bajo tierra.

Tú, cuando decepcionas,
te haces grande.
Gigante del orgullo,
me persigues.
Yo hundo la cabeza.
Lentamente.

Los ojos,
como hogueras encendidas,
cómo si no,
si no, no son hogueras,
comienzan a mirar
lo que nos falta
y lloran lamentando
lo que queda.

Yo, cuando soy consciente
del otoño,
dejo caer las hojas
que me sobran.
Retiro la coraza
con premura
y en carne viva
dejo que me veas.

Recuerdos enfrascados

A las tardes ociosas
se unió la pesadumbre
de tener que pensarlas.

No valía con sentirlas
—sentirte era otra cosa—.
Había que contenerlas
en frascos de memoria.

Guardé con certidumbre
los momentos pasmados,
las arañas reptando,
mi ojo en las paredes.

Escondí tras la puerta
los momentos felices
que no fueron ociosos.
Viví tras las persianas
los que me devolviste.

Guardé en frascos y en cofres
los instantes perdidos.
Cubrían las telarañas
los más afortunados.

Me pillas recogiendo
los restos de una tarde
entre cristales rotos
de un frasco que rompimos.

Acumulado el polvo
entre el corcho y el vidrio
destapo uno bien alto
que observa lo que hacemos.

El olor de momentos
felices y perdidos,
aunque quiera apresarlo,
se escapa por el cuello
e impregna todo el cuarto.

Las arañas esquivas
que anidan en lo alto
van cayendo, invadidas
por el olor a viejo
por fin recuperado.

Mañana y cicatrices

Es miedo lo que tengo
y cicatrices.
Anuncian su comienzo al principio del muslo
y ascienden imparables hasta ahogarse
en el cuello.
Las miran los que esperan encontrar mi conciencia.
La doctora las trata con mimo y sin sorpresa.
Sospecha el miedo azul que trasluce en el fondo
de cada cuadradito de la piel que me forma.

Conforman mi conciencia cantidades de miedos
que intentan escaparse por la boca y los ojos,
por los huecos que saben que no quieren abrirse.

Las mañanas despiertan con los ojos cerrados.
Queriendo ser mañanas siguen siendo mis noches.
La boca entumecida del vómito pasado
no expresa un miedo eterno,
no habla conmigo apenas.
Cobra vida, a mí ajena,
cobra muerte en lo triste
que resulta ser mía.

De mí se sonreía
la otra noche, temblando,
mientras yo la forzaba a expulsar
lo que había.
A través de la risa
sostenía la mía.

Mi boca independiente
y mis ojos ausentes
no creen en las mañanas
porque habitan personas
llenas de cicatrices.

El cruce de caminos

El cruce de caminos
que une tu historia
con mi historia
acabará en una encrucijada
en la que no habrá vuelta.

De vueltas de la vida vengo,
y sin embargo
miro
y no sostengo
los restos que me quedan
de cordura.

Me agarro a las paredes
que duras y solemnes me protegen.
Como si fuera importante
lo que existo,
que importa más al resto
que a mí misma.

La protección de cunas y algodones
la cambié, sin querer, por el vacío.
En casa se sembró la mala hierba.
A diario la recojo y crece obscena
para marcar mi vida para siempre
para juntar mi pena con tu pena.

Levanto la persiana y entran soles.
La felicidad se doblega
a la voluntad de ambos.

Tus soles mañaneros
se precipitan en noviembre
hacia la escarcha
que en ventanas con borde
se sustenta.

La nieve no aparece
hasta diciembre
y anuncia su llegada
con queja y alarido
grito helado
querido, conocido para todos,
final de mi día transformado.

De la unión de dos cuerpos
creí que salían almas enceradas.
Y compruebo que no.
Que encrucijadas hay muchas
y la mía es más tuya
y la aspereza.
No hay ceras que abrillanten imposibles
ni historias que prolonguen mi aventura.

Ligera como araña

Las arañitas locas que bailan en mi piso
esperan mi llegada con las patas abiertas,
me abrazan a lo araña
y estudian mis reacciones.

Las observo subirse y bajarse por sus obras.
Orgullosas reptaban y bajaban tan tristes
que les puse un sofá pequeñito, una tele,
una Play y unos libros.
La idea era que olvidaran sus hilos por un rato.
Quizá nunca lo hicieron.

Intenté acomodarlas a un espacio pequeño.
Entre las dos paredes
creé mundos de arañas
por supuesto invisibles.
Les gustaban.

A partir de aquel día
quisieron recibirme
con halagos y fiestas,
con noches sin ser tristes.
Construyeron castillos
con hilos que volaban,
alados, contagiosos de risa
y de ese ritmo
que quiero y que no olvido.

Me balanceo ahora
de hilos hecha mi hamaca.

Permanezco escondida,
feliz con mis arañas.

Nueva York desde Bryant Park

Me siento a contemplarte
en Bryant Park
pocos días antes de irme
de ti
quién sabe si para siempre.

Bajo el quiosco de helados, a la entrada,
una tarde de calor y humedad
de fin de agosto,
de resto de verano,
de Labor Day con vida.

Times Square a mi izquierda.
Las Américas miran en mi norte.
Detrás, el Empire,
majestuoso,
se refleja en el cristal
de un rascacielos.

“Si deja de llover prometo…”
me digo con pocas esperanzas.
Y no sé qué prometo,
qué podría,
qué daría
consuelo a esta tarde.
Qué de nuevo.

Permanecer aquí
daría esperanza
a las últimas horas de este día.

Una tarde,
de verano cargada
todavía,
me miré en el espejo
de una orilla
de edificios inmensos
que invitan a quedarse.
Enormidad plagada de alegría.

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