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EL PAN CANDEAL (mi poema)

Poeta sugerido: ''Paloma Palao''

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas FANTÁSTICOS

 

El arte de segar con la zoqueta.
La hoz con su destreza. Segadores.
El sol sobre la espalda. Los sudores.
La brisa y su galbana siempre aprieta.

Obsesos de la mies. Madrugadores.
El vino de la bota en el almuerzo.
Alguna lagartija, algún escuerzo.
La paja en las gavillas. Soñadores.

Las eras y los trillos, precursores
de máquinas segar. Cosechadoras.
Humildes las arcanas beldadoras
los sueños ventilando a labradores.

Moliéndose la piedra en el molino,
las mieses penarán hechas pedazos,
la harina del salvado en los cedazos,
comida servirá para el cochino.

Y así acaba esta historia. Su final
pondrán la harina, el agua con la masa,
en tanto que amasar la vida pasa
y nace, horno de leña, el pan candeal.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Paloma Palao

Paloma Palao

Cansa la voz, que se deshace en pan…

Cansa la voz, que se deshace en pan,
lengua de costumbre. Cansa
la concordancia
de fugacidades, que extienden
la mano sobre el peso
del tiempo, momento de lentitud
en la paciencia. Cansa
la ambigüedad
del beso -intercambio de necesidades-,
raíz de la luz en la inocencia, descubrimiento
de las exequias
de una a paz tolerable. Cansa
la inquietud de la mano, que arrastra
soledad en el tiempo: poseo
lo que se me entrega en la nostalgia
-tiempo sobre la razón que araña-. Esta es
mi senda
para alcanzar
la garganta de nieve del amor. Cuerpo el mío
disociado de la razón, canto imposible
de una unión pasajera.
De “Resurrección de la memoria” 1978

El ángel de la música

A Antonio Colinas

No responde
la añoranza a la música, sí, al esfuerzo
de una armonía
celeste y casi hallada. Tañe el laúd
y canta: esfuerzo sumo y aún anhela, contempla.
Hay un dolor, aunque su cabello
orle una franja, de fingidas piedras. Su cuello
es recio, cual de varón. Sus ojos
perdida
la hermosura tienen. Traspasa suave
la túnica sus alas. Hay un dolor del aire
detenido. Las cuatro cuerdas del laúd tan tensas
donde las manos
no reposan. El paraíso
está perdido en el esfuerzo: no es un ángel
quien tanto dolor siente.
Hojas de naranjo acompañan
tras del azar perdido su memoria.
De “Resurrección de la memoria” 1978

En…

En
la larga desolación, de que la luna
se tienda sobre mi corazón, aunque yo no lo quiera,
de que el pez
se agarre a mi voz, sin que yo pueda
mover una sola de mis intenciones, atada
para siempre
a una mesa, a la mesa
de un cuarto vacío; en esta larga desolación
me permito
alguna locura, de cuando en vez,
luna quieta,
que se agarra a mi ventana, que quiere
abrir mi corazón, mi puerta, la llaga
la llaga de luz que se ambiciona; la agobiante
asfixia
de entreabrir
esa puerta y ver a alguien, alguien
que no soy yo -pero que finge serlo-
atada a una mesa, en un cuarto vacío,
mientras me ponen una inyección para sobrevivir,
mientras la luna se pasea
por el fondo verde de mi corazón
y
mientras alguien, alguien que no soy yo, entreabre
esa puerta que da
a
una habitación,
a
un cuarto oscuro, oscuridad
que se niega a comprender, mientras
la luna
corre
por entre la oscuridad de aquel cuarto
vacío,
de aquel cuarto, entreabierto, con estantes
llenos de luz -llagas abiertas- que se consuman
en un sacrificio -que no ha sido pedido-,
en ese cuarto, donde alguien,
-que no es aquella que no soy yo-,
finge dolerse, de una llaga
que no da luz, ni se ambiciona.
De “Resurrección de la memoria” 1978

Esa puerta de mármol, esa losa…

Esa puerta de mármol, esa losa
que cae sobre mi alma
si ando, donde me voy dejando
nudillos, nudos, manos…
He de tirarla abajo.
Esa madera joven, en la que me he
clavado, con ranuras
estrechas, con bisagras gigantes,
que envuelta de recuerdos
me sale siempre al paso…
He de tirarla abajo.
Esa puerta que llama cuando sigo
adelante, esa puerta que avanza
cuando yo me he parado. Esa puerta
que escucha cuando yo estoy
llamando…
Esa puerta -que es mía-
he de tirarla abajo.
De “El gato junto al agua” 1981

Aprendo un camino para tu pestaña

Aprendo un camino para tu pestaña: luz
abierta que no se desboca.
Acudo
a la razón: todo niega
la posibilidad de ser de nuevo
carne en la conjunción de tu memoria.
Barro el dolor, porque busco en mi ventana
la nota
que produzca silencio prometido: escribo
sobre un amor, que no llega;
pero no me despeino
en la nostalgia, porque
la fuente me deja su ruido,
promesa de una necesidad
que se intuye. Contra el dolor
yo tengo mi palabra: firme promesa
de resistir.

Esa puerta de mármol, esa losa

Esa puerta de mármol, esa losa
que cae sobre mi alma
si ando, donde me voy dejando
nudillos, nudos, manos…
He de tirarla abajo.
Esa madera joven, en la que me he
clavado, con ranuras
estrechas, con bisagras gigantes,
que envuelta de recuerdos
me sale siempre al paso…
He de tirarla abajo.
Esa puerta que llama cuando sigo
adelante, esa puerta que avanza
cuando yo me he parado. Esa puerta
que escucha cuando yo estoy
llamando…
Esa puerta -que es mía-
he de tirarla abajo.

Vivir en tu voz

Vivir en tu voz,
doblarme
bajo tu párpado, sería necesario
para compensar
el beso
de nieve, la luciérnaga
de esta resurrección imposible. Pero nada
han hueco como el agua,
donde el pozo
no es medida, sino acumulación
culpable del vacío, inexistencia
proclamada,
fondo desposeído por su transparencia,
recompensa de mirar
hacia la oscuridad
y hacia dentro.

Inmóvil permaneces Annelein, con un algo…

Inmóvil permaneces Annelein, con un algo
de sirena encendida, cuando creíamos
haber desvelado tu secreto. Nadie
tiene tu rostro -Annelein-. Nadie
percibe qué paisaje te mira de frente.
Ya no hay desolación en torno a tus ruinas,
ni invencible pudor en torno a tu desgracia.
Tu resignación explica
el número de tus desventuras y una tristeza
impar nos devuelve tu rostro. Nadie sabe
Annelein que has muerto, a pesar
de todas las ceremonias.
(De Contemplación del destierro, 1982)

Magnolio

Soledad de caoba
que la piedra comparte, sigilosa memoria
que hacia el tiempo
confluye y brota prisionera
de la luna y el sueño
y lentamente aspira
la verdad y su belleza.
Manzana de la luz,
suavemente ignorante,
el cáliz terso
de su piel construye,
aroma y fuerza
que el deseo clama.
(De Hortus conclusus 1986)

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