LA HERENCIA

»El Poeta sugerido: Juan José Rodinás

 

Aquí se acaba esta historia de dolo y antipatía
que empezó una noche impía en un ignoto arrabal
donde las flores del mal vengaban su felonía
sobre la piedra baldía del fango de un cenagal.

La historia que empezó mal alcanzó su cenit cruento
cuando el tipo ceniciento asomó pistola en mano
y viendo que era su hermano lanzó dos tiros al viento
cual Caín, resentimiento, odio y con rencor pagano.

La escena en aquel lugar tan funesta y tenebrosa
culminó cuando una losa se interpuso al bien y el mal
poniendo el punto final a esta inquina dolorosa
por una herencia dolosa que llevó a un fin tan brutal.
©donaciano bueno

La sombra de Caín es alargada y constantemente se repite. La envidia, cuando se transforma en enfermedad crónica, es la peor de las malades. Injusticias: los padres se afanan en dejar unos bienes a sus descendientes y éstos les devuelven el favor con disputas a la hora de repartirselos.

POETA SUGERIDO: Juan José Rodinás

Juan José Rodinás

EXTRAÑA FORMA DE COMPONER MÚSICA INAUDIBLE

(¿Quién se llamó en vida con la letra J?)

Aquí todo retrocede al punto donde todo retrocede
todavía más. Los relojes giran al revés. Los autos
van por la izquierda. La vida va por la derecha.

Yo estoy en la derecha de la vida. La vida no existe.
La vida son semáforos que son árboles. La vida
son semáforos que giran como manecillas del reloj.

Al revés, las agujas del Big Ben se mueven
en dirección opuesta a todo lo existente.

Los taxis no solo retroceden, avanzan, retroceden
a direcciones opuestas del espacio y del tiempo,
del tiempo y del espacio, dislocados.

Inglaterra es un eje averiado del tiempo y el espacio.
Quito, un café y un pan al filo de la mesa.

Un cóndor planea sobre el palacio de Buckingham.
Y un petirrojo se posa en el hombro derecho del vecino
que vende pan y cacerolas.

O una flor de chuquiragua en el bosque de Leeds
se llamada corazón máquina: savia de realidad real.

O es tu rostro en la nieve de 2017
(en tus lentes y ojos achinados,
-juguetes de la China en ojos de los ciervos-)

que sólo ahora entiendo que era tuyo y quizás
en un pasado que yo llamo futuro,
que llamaré hoy es lejos –muy lejos- para siempre.

TRAS LA FUTURA MUERTE DE CHARLES SIMIC

(¿Por qué la oscuridad no puede ser graciosa?)

Susurra la ventana del teatro como un revólver accionado
bajo el terror de una respiración. Susurran los goznes
de las sillas reclinables en los mejores teatros de comedia.
¿Cuál es el nombre del actor? ¿Charles qué? Durante décadas,
su show mezcló chistes abstractos sobre su familia
con la constante crítica de vivir en un mundo
que ofrece un sinfín de posibilidades
y en el que nadie es feliz
y que nadie comprende.

Ayer el comediante retó a su público con dos o tres preguntas:

“Si ustedes abandonan la sala, ¿mis manos se volverán plantas
y, luego, animales pequeños que hablarán por su cuenta?
¿serán energía, cero absoluto, inclinación del rostro
ante una fuente de calor ligera? ¿seré yo la oscuridad?”

El comediante piensa: “estoy en una habitación donde pocos me aplauden.
Pasé veinte segundos en la inmortalidad
con su olor a perfumes baratos y a estatuas oxidadas”.

Eso es el tiempo: la luna como un buzo ahogado
dentro de una cubeta llena de abejas de cristal y aceite de motores.

O un hombre despertando de un coma de mil años
en un hospital desconocido.

Y luego el comediante se pregunta si su vida no fue solo un error de lenguaje
o simplemente una enfermedad violenta y silenciosa.

Quizás su venganza será que todos moriremos.
Y que cualquier alegría en los ojos tiene fecha de vencimiento.

ANTIBALADA SOBRE VARIOS COLIBRÍES
EN UN HOSTAL DE MINDO

(¿Por qué cada instante es un posible apocalipsis?)

Hoy me digo: “en lo lento, ser lento; en lo frágil, ser más frágil”.

Hoy, miércoles de agosto, me opongo a cualquier rapidez.

Pero quizás yo puedo inventar algo, una pieza de teatro
donde hablen las piedras. Entonces, pienso
que me gustaría escribir en un idioma claro
pero solo replico el ruido de un camión frente a un rascacielos.

¿Qué suena? Una cucharita y un jarro. Tomo té de cedrón
y soy una escalera que conduce hacia pocos lugares.
Sin embargo, en el parque, hay un árbol que explica.

¿Quién dentro de mí puede quejarse de este gesto secreto?

En esta hostería junto al río, mi casa son las cosas del cuerpo:
soñando la llovizna, respiro el aire puro, ensayo resistencia.

Mi casa es un alfabeto descarriado que concede a las cosas su jaula más oscura.
Sobre un paisaje vagamente selvático, miro un big-bang de colibríes.

En su vuelo hacia atrás, velocidad de antiguos mensajeros,
regresa mi pasado: la resurrección de un juguete vencido por todos los futuros.

En este presente de cielos medicinales, toda la energía es de las flores.

Allí, las aves son una galería de pequeños relámpagos.

Entonces, imagino los corredores de mi muerte.
Entonces, soy compañero de amapolas caídas.

Pienso en las cosas que podrían destruirme, que son todas las cosas;
y en los seres que podrían dañarme, que son todos los seres.

Entonces, raspo una fotografía con el cráneo de un fósforo
y vuelvo a ver un colibrí pequeño, extrañado,
como si yo me estuviera derrumbando,
como si al fin obtuviera, mi lentitud, su respeto,
como si la muerte
cambiara de premisa: “ante lo rápido, ser lento;
ante lo lento, ser una piedra que habla en un teatro construido
con cajas de zapatos”.

Teorema de la bolsa de compras

La vida es esa lotería donde todos pierden.

Un hipódromo en tu cerebro-
y le apuestas siempre al caballo incorrecto.

La vida llama por teléfono y le contestas en un país remoto.

No respiras sino en esta línea invisible que va de un eucalipto a otro.

Y no entiendo qué significa eso.

Los niños comen sin hablar, ni sentir.

Hay una casa dentro de la casa.

Hay una casa dentro de la mente.

Un corazón dentro de la nevera está sangrando.
Y eso debería decirnos algo de los hombres que lloran
mientras hacen ejercicio.

Una figura transparente cuyos recuerdos son latas como sueños
que, ni siquiera como broma cósmica, estaban por cumplirse.

Esto deberías tatuártelo:
“un niño que se corta los dedos por fabricar cometas
aprende igual a volarlas sin los dedos”.

La mente cuida al que cuida la mente:
arrulla al loco que se encierra.

Soy un niño feliz solo mientras el hombre adulto que seré
me cubra los ojos con una venda roja.

¿Te recuerda esto a una película italiana?

Entonces quizás eres de mi época,
y veías cine italiano pasado por el ojo de Hollywood,
imaginando que las vendas tenían amaneceres dorado
(o gafas de realidad virtual).

Entonces quizás eres de mi época.
O quizás no: ya me veo a la distancia.

Hay trenes. Hay teléfonos, trenes.

Una tijera sirve para cortarse el pelo pero también podría
servir para que la persona correcta
decapite una flor en el camino a casa.
Una flor amarilla, pero negra y quizás un juguete imposible.

La casa retrocede.
Yo soy una persona que solo puede comunicarse con los demás
alejándose de ellos.

Hay colmenas de luz en el camino que lleva del camino
al camino. Y no hay casa, pero hay colmenas de luz y un jardín
donde ves bolsas de basura y un magnolio que parece
el rostro de un niño que cae por la pendiente y sangra.

¿No será que estoy muerto y que esto es un monólogo
desde una urna cineraria sueño?

Quizás en algún lado me espera mi silencio, se propaga,
se presenta en flores, girasol, amarillísimas.

He sido este cuerpo que, lejos de defenderse,
me ataca. Enfermedad de tantas personalidades
donde las células se comen todo proyecto y destino.
Y canta un tango sideral, mi sueño,
un tango infinitesimal en ángulos de luz chorreada
que lentamente caen en una botella transparente.

Pertenezco a varios universos, pero claramente no a éste.
Señorita realidad, le pido incluirme en su historia de límites
donde hay personas que me atacan a la hora precisa,
donde los árboles me atacan o me sobreprotegen
como a ese perro negro que cuenta las estrellas.

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Todo es desastroso.
Todo es degradante.

Incluso esa flor que crece en la vereda
podría denigrarte si te das la oportunidad.
Te humillaría con elegante precisión (y con justicia).

Te diría:
idiota ciclotímico, nerd ignorante, sicópata sin fuerza.

Tú te acercarías a golpearla
y ella, jodida magnolia, te rompería una mano.

(En el fondo, eres un tipo demasiado cordial para decir “no,
venga más tarde”).

Una pareja de jóvenes que viera semejante estupidez diría
“qué bella es la interacción de los seres deformes, ¿no, amor mío?”

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