LOS VEINTE AÑOS

»El Poeta sugerido: Lorena Huitrón Vázquez

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Cuando todos te dicen que estás bien
y tú sientes que el cuerpo te abandona,
cuando quieren ponerte una corona
y te palpas y no encuentras la sien.

Cuando todos te miran de soslayo
y percibes que agachan la cabeza
y sus gestos delatan la nobleza
del que cree sentirse ante un lacayo.

Cuando pasan de ti, no te hacen caso,
ni consultan, ni escuchan ni comprenden,
te observan y remiran y se vuelven
y te sientes vacío como un vaso.

Cuando intentas hacerte ya el gracioso
a sabiendas que tú no tienes gracia,
y descubres la mueca, esa falacia
del torero que arrastra por el coso.

Si en la vida se pudiera uno parar
y un momento decir, aquí me planto,
sin tener que sufrir el desencanto
de ese punto que en la vida ha de llegar

cogería los veinte años sin dudar
donde todo el entorno era alegría
y en un halo de inconsciencia envolvería
y ya nunca pararía de soñar.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Lorena Huitrón Vázquez

Lorena Huitrón Vázquez

LENGUA GEOGRÁFICA

Las lesiones benignas
aparecen espontáneas.
La parte interior de la lengua dice:
sin importar a dónde
va, se retuerce y viaja mi boca,
no lastimo a nadie,
pero entre los dientes
arden los deseos del otro.

LITTLE MARY

A los tres años llevaron a María al templo de Jerusalén. Otras niñas alumbraban su camino, para mirar siempre hacia adelante y no distraerse. Esa niña promesa diminuta, novia pequeña, ofrendita a los viejos socarrones. Muñequita de aparador, calladita y obediente.
Entre hombres que huelen a especias guardadas en una alacena de cedro, la llevaron ante Baraquías, no es nombre de cantina, era un sacerdote avinagrado patriarcal que quién sabe quién le dijo que con las manos sucias se puede agarrar una bolita de algodón. La abrazó y la bendijo. Luego la muñequita se escurrió hacia el piso porque el sacerdote olía muy feo. Recordó una tonada y se puso a bailar en la tercera grada del altar. Se movió aquí y allá, los pies se deslizaban en los peldaños, danzarina. ofrendita móvil y viviente, mamá Ana y papá Joaquín lloraban de orgullo y emoción, tan pura y linda, tan bonita se ve la chiquitina, las niñas de la consorte querían bailar también pero sonreían y cada una se agarraba las manos para contener la nostalgia. Conmovidos, la consideraron digna y aplaudieron como focas.

RETICULUM

Cuánto vino escarlata bebí en una vasija
en cuyo fondo podía verse, como en el ojo, una mota.
Baššar ibn Burd

***
Es tan vasto el modo para calificar al invidente en árabe como sus poetas ciegos. Al-Safadi los compiló. En sus poemas, describen con suma precisión las percepciones lumínicas.
El color está en la mente, se sabe. Mi ojo escribe sus cuentos: érase que se enfadó tanto con un halo lavanda que terminó embelesado de sí mismo cuando le ofrecieron Riboflavina. El arcoíris giraba sobre él. Tras el dolor del legrado de la córnea se sintió artista visual.

(5)

Antes de surcar el epitelio, en lugar de poner cuidado y ser valiente, se pasa enseguida a la fotosensibilidad. El hombre no puede con la luz, recuérdese: es imposible rebasarla. En su lugar, hay que conformarse con llegar a un tope. La anestesia te regala un prisma y flotan (el ojo es una pecera) los colores de las ondas electromagnéticas perceptibles. Lo que mirará un pájaro cuando entra en barrena.

TAIWÁN, MEKONG

Los beta son como los peces del paraíso.
Dos no caben en el mismo acuario.
Vienen de Mekong y Taiwán.
Uno traza los afectos en diversas partes,
casi todas ellas lejanas a nuestro lugar de nacimiento.
Tan lejanas para ser capaces de abandonarlas
cuando molestan, cuando alguien nos traiciona,
o de reunirlas porque necesitamos sombras bruscas
para sacudir la suciedad que otros nos arrojan dentro.

De Erigir una fortaleza

Nadie nos devuelve al mar
ni a las olas que juegan.
Rehúyen nuestra sombra,
lanzan sus puños de sal y agua,
golpean nuestro perfil.
Nos llaman náufragos.

Para la arena, de nada
son nuestros pasos que la surcan;
ni las torres de los niños que la moldean
a mitad de su planicie.

Dónde queda entonces el gusto de los cuerpos,
la presencia que al sol se entrega.
Al silencio no le basta vaciarse en los caracoles.

SAURÓCTONOS

Los he visto afuera de las casas de Tlacotalpan,
inmóviles entre las ruinas;
se ofrecen como el cuerpo de la amante:
al habitarlo, hay respiros de palmera.

(Ahí reside el temor de los hombres,
en el deseo de apresar esa detención de viento sudoroso)

La desnudez del cocodrilo es insoportable:
Articula el deseo en exhalaciones inaudibles.

(El amor es un lagarto: se desliza por un impulso
desmesurado, muerde sin contratiempo; el consuelo
de la presa es recostar su herida en el río)

Chorrea el tiempo en las sienes:
la gente rehúye su quietud;
la mira desea esa quietud,
luego el disparo, la recompensa:
esa mitad será mía.

Para Lucrecio todo se compone de átomos y espacio vacío.
Me figuro el granizo acunado en las palmas de la mano
de mi madre, obsequiándolas como si fuesen perlas.
El atomista se equivocaba.
Nuestra materia es de acero que descarna en incesante tambor.
El corazón se ahúma fácilmente,
hincha a la piel de insomnio.
Necio murmura la talla de una altísima fe,
ciega por la necesidad de desdecirse y morir,
magra en mi hambre.

SAURÓCTONOS

El cocodrilo no enarca lo que lastima.
Su presencia es desbroce y mansedumbre del colmillo.

Confirman más capturas.
Los reptiles forcejean, cuerdas y palos conocen la unidad
cuyo empujón nos expulsa siempre de su historia
al remendarnos con rabia en la tierra.

Los reporteros recitan ya tienen a todos.
La mitad hubiese sido mía.

Del Una violencia sencilla

En la primaria nos pidieron hacer una muñeca de trapo
para aprender las partes del cuerpo.

Fue nuestro acercamiento a la cirugía.

Rellené a la mía de arroz,
la vestí a cuadros con su cabello de estambre café.
Mi madre le pintó unos labios pequeños,
trazó una v invertida de nariz respingadita,
ojos almendrados y pestañas largas.

Fui cirujana al coserla con hilo rojo,
mis puntadas fueron discontinuas,
la aguja era muy gruesa,
sin punta para no pincharme y llorar.

La presenté al día siguiente,
hablé poco, volví al pupitre,
la recosté mientras el resto de mis compañeras
presentaba a sus pacientes.

En el siglo XIX a una mujer le hicieron una mastectomía sin anestesia, se mostró hiératica durante la cirugía y al terminar pidió disculpas, se vistió, lloró. De esto nada sabíamos, mucho menos que esa mujer se llamaba Alie.

Es esa edad en la que la vida está llena de sueños, los mismos a los que hoy quisiera agarrarme pero no encuentro.

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