MEDALLA DE PLATA

Poeta sugerido: Jorge de Arco

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Tú, que fuiste hecha a golpe de metralla,
que sudas como nadie en los fogones,
que sabes despertar las emociones
y si lloran les dices come y calla.

Objeto de diseño blanca o rosa,
luenga barba en la testa con mil capas
y ese cuello tan verde con que atrapas,
redonda, respingona y picantosa.

Ingrediente esencial eres, cebolla,
cuando hago una tortilla de patata,
medalla yo te otorgo aquí de plata
y la cuelgo en tu cuello con su argolla.
©donaciano bueno

La medalla de oro queda reservada para los huevos sin los cuales no habría tortilla y, por supuesto, para la patata.

POETA SUGERIDO: Jorge de Arco

Jorge de Arco

EL TIEMPO EN TUS PUPILAS

Para Almendra

Me preguntas por esta vana entrega
que transparenta el alma y la desviste.
El día huele a ti y a lejanía
porque el sol nos traiciona
cuando sepulta el tiempo
en tus pupilas
y te me escapas, calle
abajo,
camino de otra claridad sonora.
Me preguntas por este amor a medias
tan embridado y a contracorriente,
por esta incertidumbre del podría
ser, del tibio pudiera tan futuro.
Mientras, la luz derrama entre tus párpados
un rumor de deseos y violetas
y yo, envuelto en tu más limpio destello,
me asomo a los perfiles de esta ausencia constante
y me pregunto,
cuando sueltas la tarde de mi mano,
cómo sería ver
el mar desde la playa de tus ojos.

LA CASA QUE HABITASTE

A veces la memoria es una casa
por habitar, un ámbito
oscuro, al que se accede
a través de un postigo que carece de llave,
pero que se resiste
a ser abierto.
Empujas
inútilmente. Un llanto
te llega desde el fondo
de las habitaciones desoladas,
y no hay nadie allá dentro, nadie vivo.
Nadie vive en sus largos corredores,
en sus salas de muebles polvorientos,
y sin embrago, queda
el eco lastimado
de unas pisadas que no cesan nunca
de resonar en los sombríos huecos
del corazón.

LA PIEL DEL PARAÍSO

La dicha es el recuerdo de lo que no se tuvo,
de las palabras idas
en tardes de azoteas solitarias, sumido en la constancia
que vuelve una proeza la vida y su conjuro.
Ahora, cuando entretienes
los días de la nada bajo la certidumbre
de lo que fue deseo, memoria más feliz,
mar tan azul y en calma,
vas borrándole al tiempo las manchas del dolor,
las huellas de la lluvia
ligera entre los ojos.
El resplandor del mal ya no cabe en los párpados,
ni ese tránsito lábil
de las horas que aguardan el vértigo primero
del inmenso crepúsculo.
Sumido en el reflejo
que devuelven las luces tibias del corazón,
rota un día la voz que mordiera el pecado,
la voz de la venganza
queda el olvido mismo, los lugares soñados,
la piel del paraíso.

LENGUAJE DE LA CULPA

Me queda la apariencia de esta lluvia
primera, su cobijo, la tibieza
solitaria de un cuerpo doblegado
bajo el alto talud de los recuerdos.
Vuelvo de la traición, de aquella culpa
que lamiera mi espalda, del afán
fugaz de regresar hasta el lenguaje
imposible del tiempo y de su trampa.
-Tantos días del lado de las sombras,
la sigilosa espera entre los labios-.

Me queda un territorio de palabras,
una hilera de sílabas secretas,
una voz desvestida, delirante,
para saciar la sed y las preguntas,
para saber qué piel o qué perdón
nos va poniendo a salvo del silencio.

LIBÉLULA DE ASOMBROS

Cuanto sostuve es cuanto ahora me envenena:
tu latido, tu voz, tu delgada garganta,
libélula de asombros, ángel que ya no canta,
ola de aquel estío que se tragó la arena.

Mira cómo aún me duele tu aliento a hierbabuena,
el mar de los desvelos, la espuma que levanta
el viento de la ausencia, nuestra tristeza, tanta
que no podré ya nunca, romper esa cadena.

Eslabón de mi ayer, lumbre de mi castigo,
sangre, sombra, semilla fue tu cuerpo de trigo:
ceniza sin futuro que arrasa cuanto toca.

En esta orilla quise retenerte, y no pude.
Mira cómo tu olvido me araña y me sacude.
Maldita sea la vida que me robó tu boca.

LA LLUVIA ESTÁ DICIENDO PARA SIEMPRE

La voz limpia del campo
resuena en el umbral de la garganta.
Es la hora del trigo y los arcángeles.
Es la hora del alma y del relámpago.
Resuena mi reloj
y en el espejo súbito
del alba
comienzan a vibrar
las siete campanadas del invierno.

-Heredero del aire,
del beso y del ahogo
que dicta la soberbia del amor,
hago inventario
del frío y de los soles del ayer-.

Detrás de los maizales,
la lluvia está diciendo para siempre.
Ahora, escucho de nuevo,
la fe de su canción,
los ecos que golpean
al son de la memoria.
(Inédito)

VIGILIA

Al tiempo que percibo
la sigilosa aurora,
porfío
por tornarme volcán,
suspirador de lava y de leyenda,
-mi último sentido-.
Una certeza virgen,
un no sé qué de asombro me descubro
latiendo quedamente en mi costado,
tiñendo mi vigilia.
Aun me presiento
en el vientre desnudo de otro dios,
aferrado a la luz
y a mi ceguera.
Y me estremezco,
y me arracimo
en una historia
de amor inusitado.
Y me bautizo,
y me despojo
de cenizas pretéritas.
Y bebo el agua nueva.
Y me bendigo.
(Inédito)

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