MI LINDA VENTANA

»El Poeta sugerido: Santiago Sylvester

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Aunque dicen durmiendo no se vive,
a ratos es mejor estar dormido
que sentirte en el alma dolorido
de rabia y de rencor. Quien sobrevive
deseable es si no fuera resentido.

Que a veces es mejor la lucidez
aparcada dejarla en una esquina
que alentar y dar vueltas a la inquina,
que el repique es más propio de almirez
que es quien suele arruinar su propia ruina.

Y puestos a mirar, las amapolas,
vestidas todas ellas de amarillo
que salen al paisaje a sacar brillo
haciendo bambolear a sus corolas
como un dulce que fuera de membrillo.

Es por eso que yo cada mañana
cuando de un brinco voy, me desperezo,
a ese día le adorno de un atrezzo
que aparece cuando abro mi ventana
y llena de ilusión, con la que empiezo.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Santiago Sylvester

Santiago Sylvester

La rótula

De una rótula conozco, sobre todo, la palabra rótula.
No sé qué sabe la rótula de mí, tal vez que hablo solo y
duermo de a pedazos,
pero ocurre que nos necesitamos, nos debemos favores, y
eso cuenta al hacer el inventario.

Ella es un énfasis entre vocales graves,
yo un peso arbitrario, propenso a caminar sin rumbo.
Ella viene del latín, de boca en boca,
yo vengo de Salta, de tropiezo en tropiezo.
Ella se incrusta como un acorde haciendo fuerza,
yo digo mi opinión: enfermedad sagrada que agradezco a
Heráclito.

Y aquí estamos los dos, sin saber el uno
casi nada del otro, pero ambos
capeando el temporal cuando lo premonitorio
habla de una dura década
que ya habrá comenzado,
y el dato de ese cálculo soy yo:
pieza llena de mañas
que ha llegado hasta aquí
gracias a la complicidad de lo que ignora.

Mujer en la esquina

De lo que se trata es del intercambio: ella tiene hambre,
yo no tengo conocimiento; y si cada uno espera que
caiga su ración del cielo, ya podemos despedirnos
sin aliviar la carga.
Siempre ha habido estos pactos: ella, con un naipe
distinto en cada caso, yo eligiendo la carta para ver si acierto;
ella, yegua de Parménides llevándome camino arriba, yo
olfateando el rastro con precipitación;
y así, necesitados ambos de lo que el otro tiene y no
guarda para sí, buscamos lo excitable de la especie para alcanzar el peso, la saliva del otro, la célebre unión de las mitades.

Ella siempre con historias exitosas (todas tristes), y yo
atestiguando lo que he dicho:
que si espera en la calle
se debe al intercambio,
si entra en el bar y llama por teléfono,
si disloca hasta morir la mandíbula del alma
y se ríe cuando corresponde llorar
se debe al intercambio: esas partes separadas
en busca de lo mismo.

Y es todo lo que sé.

Pero ella sabe más:
sin salir de la esquina
conoce el mar por el tripulante a deshora,
el mercado por el olor de una manos,
la vaca por el carnicero;
y si no quiere ni oír
hablar del corazón, acostumbrada
como está a la charla,
es porque sabe que ahí cruje la madera.
El corazón es puro esteticismo.

de “CAFÉ BRETAÑA”

EL tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.
Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;
peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,
a la mirada del hombre,
a las palabras que se dicen, al sentido:
peaje aún sin saberlo,
como existen caminos aunque no vamos a ninguna
parte.

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la
intención de eternidad que aturde a todo lo transitorio:
solos y a la vez acompañados,
en estado de mudanza;
condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

El tiempo cobrando peaje es infalible;
y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:
no soy el tiempo, pero soy el que mira.

UN golpe en una mesa,

y el hombre mira alrededor, sin éxito ni culpa, sólo con
el asombro del que, repleto de whisky, no encuentra qué decir.

La palabra, una autopsia: un corte transversal en el
cerebro;
y de este menoscabo del lenguaje se alimenta un época que cesa, no por agotamiento, sino por crispación:
el psicoanálisis concluye en epilepsia,
la semiótica esconde su abuso en la trastienda,
la fanfarria de la ciencia no logra descifrar sus
propósitos;
¿y qué haremos con la actividad de la palabra?

Un hombre ha golpeado la mesa, torpe la lengua y la
Mirada idiota,
y ha marcado el arranque de una nueva era:
él es su profeta,
una trompada en una mesa su huella digital.

NO tiene brillo ese hombre,

ni siquiera cuando toca el violín:
descascarado, pulcro, con la edad ya insegura: una pared caleada que muestra a su pesar las noticias del tiempo.

Ni brillo ni resolución: sólo un resultado.
Se acerca a cada mesa y deja allí flotando la mano con
que pide: la misma mano que sostiene el arco y
suelta ante nosotros fragmentos de Paganini,
aproximaciones y retazos.
Mano experta que, al aunar dos gestos, conoce la
distancia entre ilusión y derrumbe: mano que actúa
como si no supiera que esa distancia es ella.

ESTE sitio, como todos, es una excepción: mezcla de

estilos, huída de la naturaleza al sucedáneo, y saber
que esto (una excepción sumada a otras) es todo lo que podemos esperar.

La cerveza de ese hombre junta bilis;
una falsa rubia detiene demasiado su mirada;
ese codo en la mesa supone una teoría: soledad por puro
método, y un campo de realización que ha fracasado hace años.
Alguien cerca tose, cuenta monedas o juega con las
llaves;
alguien descubre un axioma imprevisto: con las mismas
personas se habla siempre de las mismas cosas;
alguien mira hacia fuera.

He aquí una amplia escena: elija usted el nombre, péguele
el rótulo, envíe el pie a donde quiera; y por favor no agite el frasco, deje en paz el contenido.

DESPUÉS, ya veremos: por ahora

lo que conocemos del futuro es el presente.

Ese hombre afirma que nunca se irá de la ciudad;
su amigo, lo contrario: su tendencia a la huída.
Una joven, desdeñosa, se niega a perdonar.
Un hombre saca del bolsillo una entrada para el teatro.
Una muchacha, deslizada hacia la desgracia, sorbe un
café con la mirada en otra parte,
y en la mesa vecina un estudiante anticipa su porvenir.

Es fácil conocer el futuro: con sólo oír a esta gente, ya
sabemos su trama,
que no es sino una cita colectiva:
cuándo, dónde, con quién,
ese es todo el problema.

de “CALLES”

DE todas las teorías, la que más me intriga es la de la
reencarnación: no
por lo improbable de haber sido hugonote
o coliflor en una huerta etrusca,
sino por la sugerencia implícita de que
cada uno de nosotros merece haber sido otra cosa.

Hablo de merecimientos: la insistente sucesión que viene
desde lejos: el que es, el que
pudo haber sido
o para averiguarlo con ejemplos: el que quiere el bien y
hace el mal, el que tala un bosque y
ronca bajo el agua,
el que degüella la gallina para la cena pascual,
el que se disgrega en la noche con las canciones de la
buena nueva: o
el que, como cualquiera de nosotros, ha heredado un
error.

Hasta que nos retiramos juntos hacia un rumbo inesperado,
y ahí queda la pregunta de si es útil buscarnos en la
ceniza funeraria donde, todos revueltos, estamos
inventando un porvenir.

de “EL RELOJ BIOLÓGICO”

(perseverancia del halcón)

TIENE nombre ilustre

y lo protege la serenidad: vuela sin inmutarse por el
espanto
de esos pequeños alborotadores que resguardan huevos y
pichones:
él
con alzada majestuosa
y ojo directo
busca comida.

Por estas quebradas
pasó la historia: él
vio todo: gente a manotazos, escapando o persiguiendo:
el murmullo de muertos que se escucha promediando
enero: una partida de gauchos al acecho, la
cabalgata heroica de pobre gente
obligada al heroísmo:
y vio también el merodeo, el desplazamiento: los restos
de una civilización que ha prescrito: piedras y cantos con alguna ceremonia:
él

vio todo desde su vuelo impertérrito: no juzga, no invoca,
no confía: tiene
hambre.

Vuela, aterra, y todas las tardes
organiza ese escándalo; desde aquí
lo veo: sabio, sin prisas, esperando
que todos nos volvamos comida: historia, huesos, animales,
persona.

de “LA PALABRA Y”

(posiblemente el unicornio)

Un unicornio mira desde tierra firme el Arca de Noé: lo
olvidaron al cerrar la compuerta.
Después vino la lluvia, y otra vez la lluvia. Peces,
pájaros y caimanes, más los zancudos que caminan sobre
el agua, tenían su habilidad
y no sufrieron sobresalto en la cuarentena más húmeda
que se recuerda;
el unicornio, sí.

Elefantes, caballos,
quirquinchos y corzuelas
estaban bajo techo en la chalana célebre
cuando se vino abajo el cielo inhóspito: cabras, gallinas
y tortugas (“ese
interesante animal que es a la vez
animal y domicilio”)
iban a salvo de cualquier diluvio;
el unicornio, no.

Por este olvido llegan de vez en cuando noticias de algo
que se perdió en un mapa antiguo, en algún
pergamino tapado varias veces por el polvo: señales
confusas que ya vienen de ninguna parte: restos flotantes
desde antes que el tiempo se volviera historia.

Y sólo queda el olvidado, el que no pudo ser,
el que dice cuando un artista atacado por el virus místico
lo rescata en un tapiz o en el cuadro de alguna sacristía:
“nací perdido y no quiero que me encuentren”; y mira
desde tierra firme.

Qué alegría vivir…

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
Pedro Salinas De: La voz a ti debida (1933)

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