PADRE DUERO

Poeta sugerido: Ricardo Güiraldes

 

¡Phsshshs…! Silencio en el ambiente.
Observen como salta y se desliza lentamente
ese chorrito de agua cantarina,
-un milagro de dios, agua divina-
en los Picos de Urbión, ¡oh Soria pura!
en medio de un grupo de rocas escarpadas
con aspecto monacal acurrucadas.
Cómo comienzas dibujando un garabato en el camino
que deberás continuar largo y cansino
-a veces tedio, a veces adivino-
hasta culminar con tu andadura
y morir en un país vecino
de nombre Portugal.

¡Eres un poderoso y misterioso río sin igual!,
todavía incipiente enjuto riachuelo,
que nace aquí en Duruelo,
bautizado con dos nombres Douro o Duero,
-tu eres el eje espiritual y la columna vertebral
de todo el territorio castellano-,
-Soria, Burgos, Valladolid, Zamora y Salamanca-
por tus 333 hijos arropado,
-afluentes con los que vas aumentando tu pujanza,
algunos: Riaza, Duratón, Eresma, Tormes, Agueda, Pisuerga, Arlanzón y Arlanza-.

Visitante a veces residente, otrora esquivo,
observador curioso a lo largo del camino:
la Laguna Negra, cargada de leyenda y su río Revinuesa,
Covaleda, -pinos, robles y hayas-, pone puertas al campo hasta Vinuesa.
Sereno, Duero, andas en busca de la Soria asceta
-ciudad fría y dormida, tierra de moros y cristianos-
la misma que cantaron los poetas,
Bécquer, Gerardo Diego y especialmente Machado,
ambas, Garraiz y Numancia, famosa por su asedio, cogidas de la mano.

Tu, Duero, que apenas has rozado la piel en Soria
lo abandonas y horadando llegas hasta Almazán,
la atractiva villa medieval, para volver a reconciliarte con la historia.
Calatañazor, el viejo castillo y su batalla
tan famosa, -trabaja, come y calla-.
y San Leonardo de Yague, de apacible serenidad y ancha belleza,
-oscuras laderas de pinos y sabinas y la hoz del río lobos en su naturaleza-,
-los buitres leonados, águilas reales y vencejos-
¡siempre al acecho, casi siempre cerca y siempre lejos!

Y anda que te anda…,
dando brincos, resulta que, por fin, te diriges a Berlanga,
aquesta villa inquieta, junto al río Escalote,
de la que el Mio Cid don Rodrigo fue el primer preboste.
De espaldas al río Burgo de Osma, ¡qué hermosa ciudad!
repleta de innumerables monumentos, de leyendas, dechada de bondad,
su indiscutida y célebre matanza
de la que se cuenta que hasta a su egregio obispo le alegraba la pitanza.

San Esteban de Gormáz recibe al río, Langa, La vid y Peñaranda,
-aquí la sierra muere y nace la meseta,
de la vieja Castilla, llana y esteta-,
y sobretodo Aranda
lugar en el que tú te conviertes en fisgón
vigilando a la gente, los dimes y dirétes, a través de su puente que parte en dos la población.
-sus profundas bodegas, sus lagares, el cordero lechal
y el pan candeal-.

Y así desangrándote continuas, inquieto río,
abrevando pardos campos, susurrando romanceros,
-sed de pastores y labriegos-
¡oh, Duero, aquí cómo te quiero!
miro como te deslizas hasta llegar a Roa,
del páramo en la llanura después de largas siestas
para arribar a Peñafiel, catedral del vino de Ribera y de las fiestas
en donde el río de leyendas se convierte en vino
y todo Peñafiél es una loa.

Quintanilla de Onésimo y su canal
para los agricultores de la zona de trascendencia sin igual,
Tudela de Duero, Valbuena y de Duero Laguna
van perdiéndose una a una
hasta divisarse Tordesillas, la ciudad en donde el nuevo mundo
se repartió, manteniendo tu la misma dirección hasta Castronuño
¡cuántas historias mantienen ocultas debajo de las piedras ese terruño!.

Y así, sin darte cuenta…
ya estás llegando a Toro, esa ciudad coqueta,
a su fértil vega -agua, horizonte y tierras entran en una sola mirada-,
antaño sede de cortes generales, altiva y a la vez discreta,
conjunto monumental histórico-artístico declarada.
A 30 kilómetros, Zamora
aguas abajo -de la que el rey Sancho II dijo no se conquistaba en una hora-
rozando sus muros pero sin osar saltar tu, Duero,
te incrustas en un congosto abrupto
comenzando a pergeñar un estentóreo exabrupto
y acabando con un profundo escupitajo
que el eco va repicando hasta llegar a la mar, dueña y señora.

Duero, ¡si aun hay alguien en Zamora que no sabe donde vives
únicamente tiene que preguntar por los Arribes!
el paisaje mas bello, agreste e impresionante de esta España*.
Rindiendo pleitesía a grandes hoces, barrancas y pelados barayones,
corres encorsetado con los frenos de las presas con incesante saña,
-mozo fornido, obrero sudoroso- el agua se desploma a chorro en tus cañones.

En Fermoselle, -alrededor, un sinfín de pueblos con ermitas,
vestigios celtíberos de antiguos pobladores y monjes eremitas-,
de las tierras hispanas, acabas tu aventura.
Te llevas de recuerdo la savia de Castilla impregnada de cultura,
tu sangre vigorosa se aprieta entre murallas tremendas delineando la frontera
¡por fin te haces adulto y estás a punto de llegar a tu final!
¡Duero, ya no eres Duero! Ahora, Douro, te reconviertes en un río fluvial.
Cuando tú me lo pidas, yo me acercaré allí donde tú quieras
Besos de despedida.
Pronto, entre las olas del atlántico vas a pasar a mejor vida,
Mis saludos a Porto y a la muy querida y admirada Portugal.
©donaciano bueno

Un breve recorrido por el río Duero, algunas de sus poblaciones y su historia
* según escribió Unamúno. Un breve recorrido por el río Duero, algunas de sus poblaciones y su historia.

POETA SUGERIDO: Ricardo Güiraldes

Ricardo Güiraldes

Tengo miedo de mirar mi dolor

Tengo miedo de mirar mi dolor.
No vaya a ser que me quede demasiado grande.
Prefiero calzar mi debe como una valentía de espuelas 
e hincando mi pereza, que quisiera morir
cobardemente, andar con frente firme ante la
pampa yerma del dolor de los otros.
Sólo así quiero merecer.

Viajar

Asimilar horizontes. ¿Qué importa si el mundo
es plano o redondo?
Imaginarse como disgregado en la atmósfera,
que lo abraza todo.
Crear visiones de lugares venideros y saber
que siempre serán lejanos,
inalcanzables como todo ideal.
Huir lo viejo.
Mirar el filo que corta una agua espumosa
y pesada.
Arrancarse de lo conocido.
Beber lo que viene.
Tener alma de proa.

Proa

Hace mar fuerte…fuerte…
Los egocultores decimos así a lo
que nos vence y no es el caso.
El mar arrea cordilleras renovadas,
que columpian al vapor
en cuya proa frenetizo de borrasca.
Busco una metáfora pluriforme
e inmensa; algo como fijar el alma
caótica,que se empenacha de pedrería.
¿Cómo decir?…Mar…mar…y mientras
insuflo el cráneo de espacio
para cantarle mi visión, el insolente
me escupió la cara.

Verano

Buenos Aires. Calle Santa Fe en el 900. Diciembre.
La casa abierta, respirando de noche,
todo apagado dentro.
Cielo, implacablemente estrellado, cuyo azul
de zafiro australiano se aleja,
por obra del aturdimiento luminoso que mandan
a los ojos los focos eléctricos.
De tiempo en tiempo, coches pasan, 
en rectilíneos destinos.
En la acera de enfrente, una madre aparea
la obesidad de su flácido descanso 
a las epidérmicas lasitudes de su hija,
que corre mano distraída sobre su muslo,
apenas suavizado por un batón rosa.
El reflejo de los focos se aplasta,
extendido contra el asfalto.
Caballito, caballito que llevas el fiacre vacío,
pareces un cuento,
infantil,
de madera.

Paseo

De Río a Copacabana.
Se dispara sobre impecable asfalto,
se agujerea una montaña y se redispara,
en herradura, costeando océano
y venteándose de marisco.
El mar alinea paralelas blancas con calmos siseos.
El cielo está siempre clavado al techo, 
por sus estrellas;
los morros fabrican horizontes de montaña rusa…
Y la luna calavereando.

Quietud (Güiraldes)

Tarde, tarde,
cae la tarde.
Larga, larga,
se aletarga,
en derrumbe silencioso,
como mirada en un pozo.
«La Porteña», 1914.

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