UN MINUTO FELIZ

Ludovico Silva (poeta sugerido)

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Soñé, ya sé que lo soñé, que humano,
el hombre que conoces,
el mismo que anda aquí pegando coces,
venía y me cogía de la mano
solo y sin altavoces.

El mundo, un paraíso de colores
a mí me sonreía,
cantándome una alegre melodía,
gozando de las flores los colores,
en una fantasía.

Y a Dios, que repartía bendiciones,
y a todos nos mimaba,
si alguno estaba enfermo le sanaba
a todos por igual sin distinciones
que amarnos no dudaba.

E incluso los actuales gobernantes
miraban por la gente,
cuidando sobre todo al indigente,
perdiendo ya su imagen de farsantes,
derecho y por de frente.

Ya sé que lo soñé, ¿y qué me importa?
si el tiempo fui feliz
lo mismo que si yo fuera un aprendiz,
que observa lo que ve y le reconforta
y siempre en buena liz.

Que un minuto feliz, su precio es oro.
No existe parangón.
Se olvidan ya la drogas y el porrón,
no existe sucedáneo a ese tesoro
así suene a ficción.
©donaciano bueno

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Ludovico Silva

Lanza tu poesía

Lanza tu poesía como un puñal enérgico hacia la
realidad; ya verás cómo la realidad te lo devuelve
con mayor fuerza.
No te embriagues para conocer la realidad; ella
está embriagada. Te toca a ti ser lúcido.
El amor puro a las palabras no se mantiene por siempre;
llega un momento en que se imponen las cosas.

Mis Beatrices

Dice un amigo mío, experto y sabio,
que todas las mujeres se llaman Beatriz:
¿Será verdad este ojo de crepúsculo?
Dice también mi amigo, antiguo y denso,
que el Dante se olvidaba
de las Beatrices del infierno.
Ésa es la que yo quiero,
la que va con mi infierno a sus espaldas.
Sacerdotal, inmensa,
entre sus manos toma el blanco cáliz
lo pone entre mis labios
y se disuelve todo en llamaradas.

No me hables de la muerte

La muerte me atraviesa parte a parte,
es la daga de oro que me hurga
buscando una respuesta.
Pero ¿cómo se puede responder a la muerte,
si uno está en ella misma, o más allá?
No me hables de la muerte, Ludovico,
tú no quieres morir,
déjala que se muera ella sola.
C’est la vie, mort de la mort!
Y sin embargo, tú, fantasma mío,
sabes que del morir se hace la vida,
que en el destierro hay patrias interiores,
que de la soledad se hace el destino,
que la muerte es el ángel de la vida
y que mi muerte aullante es la vivienda
donde reposarán los huesos míos.

La poesía

Yo supe en otro tiempo lo que es la poesía. Conocí
la máscara más profunda de todas.
Y la viví hasta su fondo absoluto de rostro debajo
del rostro.
Supe lo que ella es en todo su veneno, su hipócrita
manera de decir bien lo que está mal,
sus costumbres nefastas de hablar con elegancia cuando
se tienen los huesos del corazón podridos y
temblando,
y enjoyarse locamente a solas y en tinieblas, como
una puta borracha,
pero aún así es mala, tenebrosa costumbre. Así es ella,
según la he conocido.
Y para algo me ha servido la poesía: para disimularme.
Cuando era un inocente imbécil ilusionado, cuando creía
en los dioses y en mi destino
ella me servía para aparecer como un gigante atormentado
y luego cuando me llené de desgracias y terror verdaderos,
cuando sepulté el rostro en el fango
mi único recurso fue escribir de mí mismo que era
un ángel sin mancha y sin recuerdos.
Después, la poesía se despidió de mí. Luego de haberme
zarandeado un tiempo
el águila consideró en las alturas que era hora de
soltarme como gallina o trapo
y voló hacia otros continentes, como un gran dólar
por los cielos.

Un Dragón

Un dragón no es un
dragón hasta que un
poeta no lo decide.
Yo decido que hay un
dragón que no vomita
fuego, sino piedras.
Y que mira a un rostro de mujer.
Extrañamente, como si
quisiera cantar con ella
el coro de la luna.
Sus escamas de piedra
pesan sobre el mundo.
¡Oh dragón unicornio
de mis alucinaciones nocturnas!

El sexo de los ángeles

Mis ángeles son ángeles con sexo.
Yo, nada teológico, pero erecto y divino
veo una mujer ángel en mis sueños.
Tiene espíritu y carne
y tiembla cuando la toco,
vuela en torno mío
como una mariposa de cristal
y se detiene en lo alto de mi torre
de mármol.
Como invitándome a escalarla.
Mi angelesa me cuenta, por las noches,
después de la tormenta del amor,
cosas acerca de la soledad de dios.
Dios está helado
en su propia memoria,
recordando a Lucifer
el ángel de la luz que lo alumbraba
cuando estaba prisionero
del tedio de la eternidad.
Mi angelesa me sigue a todas partes.
Como una mujer fiel.
Yo amo su sexo puro y hermoso
como el tiempo.

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