VIVIR ES LO IMPORTANTE

Santiago Kovadloff (poeta sugerido)

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Vivir es lo importante,
vivir y ser feliz es lo que importa,
gozando de esta vida que es tan corta,
jugando a la alegría a cada instante,
buscando aquí el placer que reconforta.

Vivir así, es soñar,
echando la tristeza a la basura,
haciendo un monumento a la locura,
forzando a la razón a imaginar
que el mundo es lo más cerca a la ternura.

Lanzándote a volar
cual hace al navegar un marinero
sacando a pasear a su velero
sin miedo a que pudiera naufragar,
poniéndote a sus pies con tu sombrero.

Dejar lo intrascendente
haciendo caso omiso a las soflamas,
tratando no salirte por las ramas,
obviando el contagiar por la corriente,
prestando tu atención solo a lo que amas.
©donaciano bueno

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Santiago Kovadloff

Externo
Puedo ser a veces pura exterioridad.
De pie en oficinas donde tramito mis cosas
o atento a que me llamen,
con un número en la mano,
en bancos, casas de cambio,
en la cola
de los que adeudan la luz,
no leo, no pienso, no recuerdo,
ni siquiera miro a los que me rodean.

Aprendí a aguardar mi turno
sin buscar amparo en nada.
Nunca estuve en tantos sitios 
tan desnudo como ahora;
nunca tan entero en una fila
entregado sin más 
a la espera con que espero,
gestos, músculos, sudores solamente, 
libre al fin de mí, sin más allá,
externo, desasido,
absorto en esa mansa
inconsistencia del instante.

Poesía, cosecha del indigente

Mirándolos se diría
que todos se han resignado a un invierno sin fin.
Replegados en el ‘Café de las dos cruces’,
cautivos, poco menos que hechizados,
abren cada tanto pequeños surcos de luz en las ventanas
que la niebla opaca enseguida
y acceden sin aliento a la nieve que no cesa,
a calles solas, marchitas y encharcadas.
Ha llovido, nieva, nada pasa.
Espera, manos muertas, murmullos sin fe.
Una antigua quietud que gotea de un tiempo sin horas.

Aquí en Botafogo, en cambio,
el sol ciega un mar vencido por la dulce indolencia

del verano.
Desde aquí los imagino,
ante un mar que derrama mansedumbre
sobre los cuerpos desnudos y dormidos;
desde la arena encendida, veo a los hombres cautivos
que abren pequeños surcos de luz en las ventanas.

¿Qué quiero, qué no sé?
¿Qué buscan estas simetrías?
¿Qué esconden desplegándose?
¿Adivino, sueño, escucho?
Vivo atrapado en el lenguaje como un oso en una red.
Él dispara zarpazos, yo imágenes sin rumbo.
No encuentro lo que está donde lo busco.

 
ROPAS DEL MUERTO
Mis hijos están impresionados
porque una viuda amiga
me ha obsequiado ropa
de su difunto esposo.
 
A mis hijos les repugna 
verme con sus zapatos, 
vestir su abrigo, 
combinar mis corbatas 
con algunas de sus medias.
 
Yo sin embargo estoy a gusto.
Me parece natural
vestir las ropas del muerto.
Tengo 45 años: la ciudad donde vivo
¿no es acaso ofrenda de los muertos?
¿Y mi casa qué es
sino ofrenda de mis muertos?
 
Leo a hombres que, en su mayoría,
han muerto. Recurro a sus ideas
como a parte de mí mismo.
Y el cementerio, de a poco,
se va poblando de conocidos.
 
Santiago Kovadloff, El fondo de los días (1991)

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