1940

»El Poeta sugerido: Juan José Castro

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Este hito fue tildado de victoria,
fue un año en que las rosas florecieron,
obviando que antes otras se pudrieron
tachadas por hermanos como escoria,
pues fruto de rencores perecieron.

En que hubo ya por fin una amnistía,
los niños reencontraron con los cuentos,
se fueron diluyendo los lamentos
volviéndose a soñar, la carestía
trataba de encubrir resentimientos.

Surgía el clarear de un nuevo día
plagado de noticias de esperanza,
y en esto vine yo con mi tardanza,
llenando de tristeza y de alegría
según pusiera el fiel de la balanza*.

Ese año remarcado en esta historia
de nuevo los rosales florecían,
las gentes a sus penas se mordían
haciendo un lado aparte a la memoria
que habían de olvidar. Y sonreían.
©donaciano bueno

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*Mi padres, después de una niña fallecida en edad temprana y tres varones esperaban, esperaban otra hembra. Qué se le va a hacer. El hombre propone y Dios dispone.

POETA SUGERIDO: Juan José Castro

Juan José Castro Martín

Biografía sin autor

Aun con la ilusión de los caminos
abiertos a lo incierto,
lo que sucede tiene en ocasiones
el impulso, el destello,
u ofende en la distancia de aquello que se pierde.
Mas necesita un gran lugar la ausencia.
Quizá estuvo en oscuros bosques
tu voz que viene de muy lejos
repitiendo el sonido de los ríos
cuyos nombres resuenan en los pozos,
recomenzados como mar y vuelven
alzándose en su sueño.
Pero ahora la confusión te alcanza,
crece como un silencio tras las cosas;
sobrepasas los días emboscado
sobre ti mismo, sobre un libro o músicas.
La ciudad que retiene como un rehén tus horas
consigo arrastra y siempre con desgana,
discípulo del mar por un instante,
otras guardián de un esplendor fingido.
Hallaste al extinguirse el eco
del mundo su canción errante, ungido
para luchar contra la alondra pero
forastero en tu piel a veces.

Todo será en la muerte ausencia mientras
la noche que me copia me borra en los espejos.

Déjame que te hable
con un temblor pequeño
porque en lo diminuto el alba cruza.
A pesar de su impacto, de su fuerza,
¿qué queda de la luz si no su nombre?
También tiene perfiles el olvido;
la noche adversa se levanta
de sí y vuela voraz hacia sí misma
se abate frágil en tu cuerpo y deja
un rastro de humo consumado.
Déjame que pronuncie aquí los nombres
que la sombra vulneran y que salven
mínimamente lo que fuimos.
Déjame que lo diga con lo inerme.

Lear o La piel de la locura

Porque la enfermedad hace al hombre más corpóreo,
lo convierte enteramente en cuerpo
Thomas Mann

Estoy dormido.

Mudo de piel entre lo informe.
Sobre mí vienen a dormir los pájaros
que picotean entre las plumas de los ángeles
el desencanto y el alumbramiento.
Tengo once ecos sobre once corazones
aunque a veces se alarguen
y expandan las azules raíces del relámpago
para trazar mis venas.

Así he vivido,
inmerso en el murmullo de las formas.
El durmiente que fui va despertando.
Muchas veces escucho el alto idioma de los árboles
o el susurro sutil de los guijarros
hablándome en los cauces.
Soy un acantilado, el herrerillo
soportando la escarcha que desciende
desde rotas estrellas;
me detengo y escucho cómo cada sendero
posee su lamento.

Entonces trago
las lombrices cebadas con humus de cadáver,
para ingerir mi propio cuerpo segrego las palabras
y estoy plantando sílabas de amapolas segadas
o asediando el delirio.
Porque hemos sido fieros vagabundos
en la oquedad estéril de nuestra carne,
dimos los nombres y la muerte dimos.
El invierno es lo frágil siempre huyendo
devorado de instantes hacia aquella
noche que cae bajo el signo hueco del mundo.
He vuelto enfermo a ser entre lo oscuro que jamás termina.

Miedo

Nuestro sueño era un lobo entre dos ataques
René Char

Hay junto al miedo un niño.

Allí está siempre.

Vive así, paralelo, silencioso.
Mira desde el veneno de los nombres,
con las voces ajenas.
Mi fragante esqueleto a veces sale
a pasear entre sus sueños:
la habitación sin luces, el pasillo
y aquel sonido de los cuerpos rotos,
ruinas de la madrugada, fluir bajo las sábanas.
Pregúntale pues sabe
de esas oscuras obediencias
de las puertas a medianoche
y la ferocidad del lobo oculto como fábula.
Hará frío. Será el miedo. Pregúntale.
Un niño siempre.

ELEGÍA DEL NÉCKAR (TÜBINGEN)

Musste nicht der Mensch das Lebens fluchen?
F. Hölderlin

El Néckar fluye como música
más allá siempre de mi aliento, fluye
-cerrada muerte- más allá de mí,
de esta materia errante,
de esta oquedad del cuerpo que nada alberga salvo el frío
y a la que sólo me une la nostalgia.
Desde la torre observo el incesante
transcurrir de las ondas a lo incierto.
Al igual que la nieve acumulada en los tejados
o la lluvia otoñal que aúlla mientras busca su cauce,
los pájaros de rama en rama dibujan en mis ojos
el límite doliente que inicia en cada cosa
la propia anegación en el silencio.

Mi vida ha sido el lento deshojarse
de los tilos en las orillas, curso
que nunca ignora la invisible pugna
de mi alma con su fuerza,
el sereno viajar de su dolor al mío
cuando abandono a la corriente el tiempo.

Saliéndome a lo otro, a lo de afuera,
he recorrido todos los senderos
desde su margen hasta la locura,
la persigo detrás de cada instante,
de cada imagen reflejada en las aguas.
Más vulnerada, menos indigente
al cruel rapto de lo efímero, mi aliento ha sido como
la roca donde el río prolonga su sonido,
ese torpe y tenaz fugarse de las formas,
oyendo la salvaje hermosura de las palabras.

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