LAS GUERRAS Y LAS PERRAS

Alejandro Simón Partal (poeta sugerido)

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Curioso, vine aquí cuando una guerra,
dejaban de matar, ya se acababa,
yo entonces no sabía eso pasaba,
tampoco supe entonces que una perra,
con ella todo o casi se compraba.

Después llegué a entender de aquella historia,
-las guerras y las perras vienen juntas-,
lo mismo que los bueyes y las yuntas,
los actos de olvidar y la memoria,
la duda, la razón y las preguntas.

Las guerras dicen son un buen negocio,
y algunos dicen más, son un disfrute,
las que hay que lamentar, nadie discute,
matar, aditamento para el ocio,
matar, que eso matar te pega un chute.

Y hoy siguen con las mismas martingalas,
parece que el humano nunca aprende,
dirán si es bien o mal, todo depende
la fuerza con que agredan esas balas,
la sangre y el hedor que se desprende.
©donaciano bueno

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Perras era el nombre genérico que se daba a las monedas en la época de la postguerra. Tener muchas perras era símbolo de riqueza.

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Alejandro Simón Partal

(Premio de poesía Hermanos Argensola)

UN HOMBRE-PADRE Y SU AGONÍA

 I

Lo que tú no hagas,
se quedará sin hacer,
te digo.
Pero no sabes qué contestar
y cierras la persiana imponiendo noche
a lo que ya sólo es noche.

Ahora, lejos de lo humano,
todo lo humano te es ajeno.

Ya eres azar, conexión de un mal
con otro mal que crea meta
y que tu cuerpo cruza.

Te vas dejándome algo de herencia
(un piso mal iluminado que cuesta, dices,
una vida de trabajo). Me voy dejándote
por contar cosas que no conoces
y que casi cuestan una vida: algún retoque plástico,
y noches de glory holes que quizás entiendas mejor
allá en la gloria, en el tránsito hacia lo sagrado
donde se reconoce con más facilidad los muros
con sorpresa que separan plenitud
de arrepentimiento.

Cuando el miedo deja de guardar la viña,
la viña también florece.

II

¿Cómo se prepara uno
para lo que no se puede aceptar?

Hace ya mucho que desapareció
lo que nos une y ahora sólo queda
el aceite frío de nuestro amor
sin entendimiento.
Cuestan menos las palabras
cuando se le habla a una avenida atenta.

Por eso aquí, ahora, te hablo del hijo de Lola Flores:

un cantautor que no nos gustaba
pero que murió de amor, como mueren los
que vinieron a vivir de otra forma. Especulamos
con las últimas horas de un desconocido
con la seguridad que da el miedo
de saberse cercanos sin reconocerse de ninguna manera.
No nos gustaban esas canciones, pero al final
los intentos son el corpus de las grandes avenidas,
su madeja de pliegues.

¿Cómo

—decidme, tienda nueva de Apple
que ahora tengo en frente;
ofertas de enero; tú, perro asustado
por mis espasmos que ahora
amaga con morderme—,

prepararse para el final
de lo que sólo ha sido ausencia?

Siempre tarda más en desaparecer
lo que no sabemos si amar.

III

Y fíjate en esos críos
practicando primeros auxilios
a hombres hinchables:

cualquier cosa interrumpe su salvación.

Cómo juegan a la gravedad
sabiendo que no habrá oportunidad alguna
de morir:

no existe infortunio en lo que sólo es confirmación.

Ellos ya saben que tirados en el suelo,
intentando mantener a lo que no se manifiesta,
se viven los momentos más altos de la vida.

El aire y la sangre ya tendrán tiempo
de tomar partido:

será fácil predecir su inclinación.

IV

Un director de cine quiso acabar con cien años de agonía.

En la premier de Las Leandras, película protagonizada
por Rocío Dúrcal en 1969, el director
Eugenio Martín declaró:

«Yo siempre he hecho lo que me han encargado.
Nunca he tenido un mundo propio
que me interesase sacar fuera».

Todo un siglo de agonía en España difuminado
en un estreno de cine.

Todas las respuestas a los últimos años de casi todo
por un director que ya nadie recuerda.

La película tuvo un éxito muy moderado.

Rocío Dúrcal no murió de amor.

Ya nunca sabré si te gustaban sus canciones.

NOTAS AL MARGEN DE UNA CASA

Esto que hay hoy,
esto que hoy tenemos,
tendría que ser suficiente.

Esta higuera cercana que da sombra
sin que nadie le exija fruto alguno,
estas toallas nuevas que sí secan,
los retratos de familiares que ya no están
y que más que estupor
.                                   deducen paraísos.

Este techo, este suelo,
este puñado de tabiques
que cumplen su misión de estructura,
su sosiego de orden,
no tendrían que exigir mucho más.

¿Acaso no parten el jardín, los retratos o
las toallas nuevas de alguien que acepta
lo que hoy tiene?

Alguien que no cede espacio
al fracaso ni al no fracaso.

Así nuestro despertar
no será más un desplegarse,
sino un estar cercano
a lo que precisa cercanía.

El noble litigio entre el sueño
y la suficiencia que es pensarte aquí,
que es tocarte ahora:

vivir es a veces no poder demostrarlo.

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