YO NO QUIERO MAUSOLEOS/

Miguel Moreno (poeta sugerido)

yo no quiero mausoleos
* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Yo no quiero mausoleos
donde cuelgan los trofeos
y la gente va a llorar,
que entre las alas del viento
donde anida el pensamiento
allí quiero descansar.

Me podrían enterrar
al lado de un encinar,
o en la sombra de una acacia
o a la orilla del camino
o el lagar donde está el vino
que eso a mi me haría gracia.

Que yo nací entre pinares,
montes con grandes lunares
pero tuve que emigrar,
en otoño hacia otros lares
de naranjos y olivares
y hoy mi sueño ya es volar.

Volar sin saber a donde,
allí donde dios se esconde
en su insigne madriguera,
o donde se pudre el hombre
bajo una fecha y un nombre
y el que espera, desespera.

Da igual  cielo o sea el mar
que entre volar o nadar
no tengo mucha elección,
tengo miedo a navegar
y tampoco es el volar
santo de mi devoción.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Miguel Moreno Serrano

Miguel Moreno

La garza del alisar

Tendido sobre una roca,
orillas del Macará,
caída el ala del sombrero,
melancólica la faz,
macilento y pensativo
un bello joven está,
que, así le dice a un correo
de Cuenca, lleno de afán:
– Correo que vas y vuelves
por caminos del Azuay,
a donde triste y proscrito
ya no he de volver jamás;
di ¿qué viste de mi Cuenca
en el último arrabal,
en una casita blanca
que orillas del río está,
rodeada por un molino,
perdida entre un alisar?

Y le responde el correo,
lleno de amabilidad:
-Diez días ha que salí
de los valles del Azuay,
y vi del río a la margen
la casa de que me habláis,
rodeada por un molino,
perdida entre un alisar.

-Está bien, pero no viste
en ese sitio algo más … ?

-Te contaré, pobre joven
que vi una tarde al pasar,
una niña de ojos negros
y belleza angelical,
toda vestida de blanco,
paseando entre el alisar.

-¡Ay! no te vayas, correo,
por Dios suspende tu afán;
tú que dichoso visitas
las calles de mi ciudad,
aunque estés de prisa, dime
de esa joven algo más!

-Caballero, cual los vuestros,
cual los vuestros eran ¡ay!
los ojos encantadores
de esa niña del Azuay:
tras de unas negras pestañas,
como el sol que va a expirar
velado por densas nubes
que enlutan el cielo ya;
melancólicos, a veces,
miraban con grande afán
a todos los caminantes
que entraban a la ciudad.
¡Pobre niña, pobre niña!
Cubierta su hermosa faz
con las sombras de la muerte
y una palidez mortal,
otras veces contemplaba
las hojas del alisar
que, arrastradas río abajo,
no habían de volver jamás:
pobre niña, ni lo dudo,
estaba enferma y quizás
ese momento se hallaba
pensando en la eternidad!

-¡Ay! mi correo, correo
tan veloz en caminar;
tú que dichoso transitas
por donde mi amor está,
dime, por Dios si supiste
de esa joven algo más!

-Cuando una vez de mañana
paseábame en la ciudad,
vi esparcidos por el suelo
rosas, ciprés y azahar
que formaban un camino
que, yendo desde el umbral
de una iglesia, terminaba
en la casa de que habláis;
luego escuché en su recinto
el tañido funeral
de una campanilla, y luego
de la salmodia el compás,
y olor del incienso me trajo
el ambiente matinal…!

-Dime, por Dios, ¿no supiste
quién se iba a sacramentar?

-Una niña a quien llamaban
por su hermosa y triste faz,
y por que vestía de blanco,
¡la Garza del alisar!

-Oh basta, basta, ¡Dios mío!
¡es ella… suerte fatal…!
¿Y habrá muerto… ? -Era de noche
cuando dejé la ciudad,
olor a cera y a tumba
percibí en el alisar…

-¡Valor! no tiembles, termina
mi suplicio es sin igual!

-Infeliz, yo vi las puertas
de la casa… -¡Acaba ya!

-Con un cortinaje negro
y abiertas de par en par…!

-Bendito seas, Dios mío,
acato su voluntad…!
Ella muerta, yo entretanto
proscrito, enfermo jamás,
jamás veré ya esos ojos
que empezaban a alumbrar
mi camino… Nunca, nunca
sino allá en la eternidad…!

¡Si volvieras!

Viva, te amé tanto, ¡tanto!
Muerta, te amo mucho más;
mañana, resucitada…
¡cómo te pudiera amar!

Perdida

Qué he perdido? ¡Mi lengua se resiste
a pronunciar el adorado nombre!
Corazón, ¿qué perdiste?
-Lo que más dulce en la pasión existe,
Señor, lo más querido para el hombre:
¡Una alma! ¡Esa alma tuya que me diste!

La novia

Corazón enfermo
y alma amante y sola,
si cantar pudiera:
¡Ya tengo mi novia!…
¡Qué triste la vida,
qué lentas congojas
sin unos amores,
sin una paloma!
Cualquiera, a los veinte,
vive en la memoria
de una rubiecita
cándida y hermosa;
y recibe flores,
y devuelve trovas,
y ama, si es amado;
si no, canta y llora.

Y yo, sin ventura,
sin ser una roca,
sino un vatecillo
que sueña y adora,
vivo que me muero,
soñando en la gloria.
¿Dónde hallaré un alma,
cual la mía, sola,
y las dos se encuentren
como dos palomas?
¡Si en vez de ser hombre,
yo fuera paloma,
ya un nido tuviera,
ya tuviera esposa!
¡Late, pecho mío!
¡Oh alma soñadora,
ya estás en el cielo,
ya vino la novia!
¿Quién más linda que ella?
¿Quién como mi Dora?
Aún no abre el capullo
mi abrileña rosa.
Ni las auras sepan
¡silencio, alma loca,
que ya como a mía
la adoro a mis solas!

La niña y el escribanillo

-Escribanillo, di, ¿qué
escribes sobre las aguas?
-¡Ay, niña, estoy dando fe
del juramento que acaba
de hacerte el joven que aquí
te espera tarde y mañana!
-¿Es posible? Pero allí
yo no veo escrito nada.
-Así no verás, Leonor,
que él te cumpla su palabra;
pues las promesas de amor,
¡son cual firmas en el agua!

Reposo

¡Me asusto de mí mismo!
¡Yo quisiera esconderme en un abismo
más profundo que el mar!
¿La fosa, el polvo inerte?…
¡Mi muerte no es remedio de su muerte;
ansío más, aún más!

Mi mal imponderable
pide de amor un piélago insondable;
pero éste, ¿en dónde está?…
¡Me arrastro, casi muerto,
en tu costado, por mi dicha, abierto,
Jesús, a descansar!…

Cantares de Elena

Crié una paloma hermosa,
mi esperanza y mi ilusión,
mas, ella huyó veleidosa…
¡Ay, paloma…! ¡Ay, corazón…!

Palomita de mi huerto,
de ojos de dulce mirar,
¿conque es cierto, conque es cierto
que huiste del palomar…?

Yo formé del pecho mío
un nido, para ti, fiel,
y ahora lo dejas vacío:
¡palomita, eres muy cruel!

¡Quién me diera en mi tormento
arrancar del corazón
tu imagen o el sentimiento
de esta horrible decepción!

Aprende: esas dos palomas…
Van juntas en pos de ti,
y aunque traspasan las lomas,
juntas vuelven hacia mí…

Y me dicen: -¿Hasta cuándo
te ha prometido volver…?
Y les contesto llorando:
-¡Mañana, al amanecer…!

Y de mañana en mañana
va creciendo mi dolor,
y como él ¡suerte inhumana!
también se aumenta mi amor!

Vuelve, palomita ausente,
mi pecho es tu palomar;
como supe amar ardiente,
así sé yo perdonar…

¡Ay! ¿por qué dar al olvido,
que te ofrecí con amor,
para que tejas tu nido
rosas y malvas de olor…?

Como un inocente niño
cuanto tuve te ofrecí,
aun de mi madre el cariño
lo sustraje para ti…

Y creció en el pecho mío,
por instantes, mi pasión,
¡y ahora lloro mi desvío,
ay paloma, ay corazón…!

Vuelve, palomita ausente,
mi pecho es tu palomar;
como supe amar ardiente
así sé yo perdonar…

Vuelve, vuelve, te lo ruego
por nuestro soñado edén,
por mi amor ardiente y ciego,
y por el tuyo también.

Mas ya no tendrán su día
tanto amor, tanta ilusión;
¡adiós esperanza mía…!
¡Queda muerto el corazón…!

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