A VECES ME PREGUNTAN DE QUIÉN ERES/

Germán Pardo García (poeta sugerido)

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A veces me preguntan de quién eres,
si hubiera sido ayer, soy de mis padres,
aquellos que me ponen los deberes,
los mismos que disfrutan mis quereres
y sufren mis desmadres.

Mas si eso fuera ayer. Que hoy la respuesta
no guarda relación con la pregunta.
Se intenta conocer de ti la orquesta,
a quién tú has de sentar a mesa puesta,
los bueyes de tu yunta.

El lado en que te encuentras, lo que piensas,
si acaso eres del Betis o creyente,
a quién de sus errores les dispensas
qué compras, con qué llenas tus despensas,
si sigues la corriente.

Que un item hoy solo eres de una encuesta
que intenta conocer a quienes votas
sacando así tajada a tu respuesta,
si alguno hay que te mola o te molesta
o eres un tuercebotas.

Objeto de deseo al que ofrecerle,
sabiendo lo que quiere, le interesa,
poder ganarle allí para venderle,
obviando así el tener que convencerle,
cazando ya otra presa.
©donaciano bueno

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Antiguamente cuando te preguntaban tú de quién eres, se refería a cuales eran los nombres de tus padres, hoy solo lo hacen pensando en cómo sacarte los higadillos.

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Germán Pardo García

UTENSILIOS DE TRABAJO

Mirad mis utensilios de trabajo.
Son humildes: cualquier cosa del suelo.
Carbón para escribir, húmedo velo
de retamas y un poco de cascajo.

Con ellos cumplo mi labor de abajo.
Dura labor, pero mi afán de vuelo
se apoya en estas cúpulas de cielo
convertidas en piedras del atajo.

Volverlas a las nubes es mi culto.
Por ello siempre se me escucha oculto
sacando estrellas de la roca viva.

Cada golpe que doy alza algo inmenso,
dejándome el espíritu suspenso
sobra otra inmensidad definitiva.

FUERZA DEL MUNDO

Vuelvo del infinito con mi herida
de estrellas y mis ojos aterrados,
y busco la piedad de mis ganados,
mis colmenas, mi casa abastecida.

Me aguarda la humildad y una comida
de legumbres, los frutos sazonados
de la última estación, y los collados
tranquilos y la acequia arborecida.

Y al llevar a mi boca el alimento
que yo mismo sembré, los zumos fríos
la carne de la fuerza y el sustento,

caigo a los pies de los apoyos míos,
abrazando la sal del pavimento,
la fiel ceniza, los salubres ríos.

Un caballo en la sombra
Montañas, sólo montañas.
Soledad de cielo y campo.
Nunca otra noche en mi vida
como esa noche de espanto;
de asolación en los aires
y poderío satánico.
 
Por medir la oscuridad
griten la sombra, angustiado
y el grito, profundamente
quedó en la sombra temblando.
 
Potestades, Poderíos.
Rondas luces, viento aciago,
y de pronto la presencia
de un caballo.
 
Era negro como el ídolo
de la noche, y un penacho
de crines atormentadas
cubría su cuello bárbaro.
 
Potro de climas indómitos,
nadie lo hubiera humillado
con el rigor de unas riendas
o la amenaza de un látigo.
 
Iba sin rumbos en la noche
por los caminos dramáticos,
y cabalgaba la muerte
sobre el poder de sus flancos.
 
Sentí caer en mi espíritu
la maldición de los astros;
grité en la sombra, en la sombra
por ahuyentar el presagio,
y el grito, profundamente
quedó en la noche temblando.
 
A la distancia, alaridos;
fatalidad en los ámbitos,
y un temblor como de fuga
de un caballo.
 
Después, silencios fatídicos.
Soledad de cielo y campo.
Invocación a la noche
Separa de mi ser todo elemento
que la materia a su pesar inclina,
y envuélveme en tu acuática neblina
dejándome desnudo el pensamiento.
 
Indúceme al jardín donde el aliento
Se satura de estrellas y la harina  
que el molino ennoblece y aglutina,
convierte en desnudez su sedimento.
 
¡Pensar! Y que mis sienes escarpadas
cintilen como antenas capturadas
por la luz electrónica de un rito
 
donde la Eternidad piensa desnuda,
sin Dios, sin mente, sin piedad ni duda
ni el gran dolor del pensamiento escrito.
Un hombre vuelve al mar
Lanzo mi cuerpo a trascender sobre la playa,
cual si fuera un atún al que asedia el pelícano.
Fracasó mi fabular terrestre.
No pude traducir el silabario de las orugas
y le rondo mis vínculos al mar.
Esquivo el mundo, salival espejo
donde están los escándalos mirándose;
el amor y su artilugio de serpiente
deslizándose voraz por nidos de palomas;
el odio en la desnudez de las espadas
y el corazón y sus saltos de canguro.
Incendié mi campamento de beduino,
mi tolda de traficante vagabundo
que permutó batracios por estrellas,
y me confío al árbol genealógico del agua.
Fraternicé con los dorados tulipanes
y vertí en campesinos atanores
rocío a los helechos pubescentes.
Clamé que soy el taumaturgo que transforma
los linfáticos sueros y conjura
la aparición del cáncer en el alma.
Que soy hijo de alondras y mis coros
resonar de volcanes apagados.
Mi divina simulación aquí concluye,
frente a los jeroglíficos del mar.
Cuando desaparezca de esta playa
decid: era el hermano natural de las esponjas,
el gemelo sinuoso de los pulpos,
el amante sexual de las madréporas
y el árbitro salar de las tortugas.
Ya no estaré con mi fulgor de azufre,
mas sí en identidad de nave líquida.
Decid entonces: vino a confundirse
con su placenta de potasio y yodo
v a conocer a su violento padre.
En la ribera se vistió de lluvias.
¡Era de agua y lo retiene el mar!

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