CIUDADANOS DE MADRID

Poeta sugerido: Mayamérica Cortez

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Tu eres pollo de perdiz
que navega sin consuelo,
sin poder alzar el vuelo,
despistado entre los surcos
asfaltados y parduzcos
por las calles de Madrid.
De esta ciudad casquivana
repleta de mercaderes,
hombres, niños y mujeres,
que al clarear la mañana
raudos a hacer sus deberes
movidas en arrebato
van pintando un garabato
con su fluido barniz.
Largo cual día sin pan
corriendo vienen y van
como si fueran autistas
mientras automovilistas
pegan gritos sin parar
y no dejan de mirar
a unas luces de colores.
Ni se fijan en las flores
que al lado de la calzada
repartiendo van olores,
ni reparten sus amores,
cortesía y simpatía,
con su sonrisa forzada,
a los que van por la vía.
Avanzan sin ton ni son
cual si estuvieran posesos,
son de sus deseos presos
que danzan bailando al son
que le marca el diapasón,
de sus impulsos obsesos.
Es el río en que esto fluye,
en su enorme laberinto,
que nada más dar un paso
te encaraman al parnaso,
para ir después corriendo
y descender al infierno.
Aquí nadie se escabulle,
y al final siempre confluye
y vuelta así a su recinto.
Atrapados sin consuelo
en esta cruel telaraña
el ser humano fenece
segado por la guadaña
que le corta mientras crece
para acabar en un duelo.
Si mirándote a este espejo
has visto aquí tu reflejo
eres un pobre infeliz,
eres como esa perdiz,
ciudadano de Madrid,
de este árbol solo un esquejo.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Mayamérica Cortez

Mayamérica Cortez

Canto XXII

Si me encuentras por esta ruta
de torcaces adormecidas
no es porque mis mariposas y mis violetas
hayan naufragado en las tardes del olvido.
Es porque mi lanto se hizo anciano
y los pentagramas tienen colgadas
palomas de destierro
señalando el inicio de mi canto.

Si acaso sin querer me encuentras
cuando vagando por tus caminos
de casas sin ventanas
vuelvas de tu abismal distancia
será porque mi sombra se quedó prendida
en tu figura de caminante sin brújula.

Y si te preguntas dónde estaba yo
a la vuelta de tu viaje
será porque la muerte te encontró desprevenido
y mis ojos se quedaron anclados
en tu mirada rasgada por el viento.

No me riñas por los besos
que rompieron mi cántaro de luz
fueron solo guijarros con los que quise marcar
la ruta por donde una tarde te fuiste
sin despedirte
sin siquiera un adiós
ni sonido de tambor y mar.
Y con tu nombre de miel
entierro tantos otros muertos
que me dejaron un adiós
cayendo por mi ladera
llena de mil cocuyos
con sus cárceles de sueños
llenas de pájaros heridos.

Y si me atrevo a escribirte una vez más
estos versos de terciopelo
es porque mi alma no alcanza a comprender
la dimensión de una ausencia llena de ti
llena de este silencio musical
que en mil arpegios brota incontenible
y no basta un “hasta aquí”
ni un prematuro punto final
que la muerte se llevó.

Quejas nocturnales

Ya no hay racimos de lluvia.
Dejó de llover hace muchos años.
Se levantó la tierra para encender mi sangre
y pintó el clarinero su voz en mi garganta.
Hay en mis pupilas viajes reprimidos.
En ellas se ven campos lejanos sembrados de sol
floreciendo el sudor de cada mano y cada frente.

Son los años de inmemoriales edades.
Aquellas que quedaron en la casucha de adobe y tejas
y son estos años nuevos, los de venado y río
los de ruido y fábrica…
Son éstos que soterran mis manos de angustia
los que albergo en la mirada y que me dicen
¡Te sigue la arcilla y viene el presagio de lo inmóvil!

Vaga quietud me conmueve
y lechos de piedra me llaman.
Líneas paralelas me siguen.
Hay quetzales y cenzontles traducidos
en olvido y en quimeras.
Es la sangre de mis hijos que vierten mis pupilas.
Es la ausencia de lo que está presente
lo que agita mi pecho.

Estoy a punto de volar en mil pedazos
a punto de gritar que no quiero nuevos horizontes
porque mi sol se tornó hielo.
Tú, el brujo conquistador de corazones
devuélveme el antiguo lecho
descríbeme los ritos del tejado y los espejos.

Devuélveme la plaza de mis azules ensueños
la queja y el rumor de mis olas.
¡Rompe los cielos de mi agonía!
Mis espacios de profundo verde
que se deshacen en luz convergiendo
hacia el olvido.

Necesito espacios… blancos y rojos.
Espacios infinitos de grande longitud.
Quiero reventar esta hilera de piedras y luceros,
este largo caminar de silencio inmóvil.
Esta vasija de barro y queja.

Tú, brujo y dios, devuelve mi mundo tranquilo,
mi cochecito mágico recién llegado.
Devuélveme tu voz que mi corazón se hace
abismo de amargura entre tus manos.
Quiero levantar mi frente de mármol frío
detener el principio de mi caída
que suena en hojalata y castañuelas.

Las campanas de tu cielo suenan a arrebato
y hay un follaje de plumas
abatidas sobre mis ojos…
Suena el silencio de tus manos
en voces y risas de niños
y una voz delgada, pálida, con crepúsculos de anillos
tintinea en triángulos al decir tu nombre.

Presencia

Me separaron de ti libélulas, alondras…
Me alejé en el diciembre de las horas
que asegurabas eran para mí.
El gris de tus pupilas estableció
la sombra de mis pasos.
Y este sabor a lágrima, esta presencia de soledad
anclada en las estrellas.
¡Cuando llegará la pausa en la distancia?

¡Y aquellos días! Hace tiempo que tuvieron su edad.
Y nosotros los de antes… ¡Qué silencio,
qué tristeza regresar a nuestras canciones!
La alondra escapó de su jaula… ¡Más, no!
Estamos siempre presos
en la congoja de las palabras.
El ansia de nacer es fuego vivo.
¡Sorpresa y deleite! De pronto se
perfila el rostro inolvidable;
delinenado los vientos con tus manos estabas allí
— colores brillantes relfeja la tarde –-
…Y caminar con la alegría en los labios
sobre el tic-tac de nuestro espacio.
¡Qué pausa más corta nos concedió el tiempo!
Y aquí sigo ignorando cuál era mi puerta.
Decenios pasaron y aún estabas allí
diciendo hasta pronto en un beso
detenido del mundo en el otro confín.
No quise que te fueras.
Que te llevaras esta transparencia
abierta en mis dolores; ni tu mirar, ni tu adiós,
más agudo y doloroso cuánto más callabas.

Minutos, horas o siglos…
¡Quién sabe cuántos pasaron así!
Y al final nuestras sombras perfilándose en la nada.
Sombría cuanto más lejana la mirada
y aquél adiós desprendiéndose de las manos
con el tiempo de nuestros recuerdos.

CONVERSACIÓN SOBRE LA MUERTE CON MI PEQUEÑO HIJO

A todos los niños del mundo

Estoy frente a la vida y frente a tí.
Se te ha dicho que algún día vamos a morir,
pero en realidad
así como la crisálida se convierte en mariposa
el alma se libera del cuerpo material
para seguir aprendiendo en su camino de luz.

No debe haber tristeza por el cambio de la materia.
Las cosas -todas- del mundo físico son perecederas,
sencillamente se transforman.
Sabes ya, mi niño, que somos materia y espíritu.
Acostúmbrate desde ya al vuelo de las alturas.
Elevémonos más arriba de tus cometas,
de tus papalotes de papel china.

Que mi partida no te duela.
Aunque me marche y ya no me veas
estaré siempre muy cerca de tí… como cuando
estuviste en mi vientre esperando conocerme.
Viniste de más allá de donde tu capacidad comprende
y así también, un día volverás.

Esta vida es sólo una estación
en el camino de tu existencia y tus cumpleaños
en realidad no cuentan para la Eternidad.
No sufras cuando me muera. Sólo significará
que ya cumplí mis tareas aquí en el plano físico.

Yo tan sólo soy una amorosa Niñera
que La Vida te destinó para cuidarte
y ayudarte a ser hombre, a ser mujer
y si me voy… es porque así debe ser.
Para entonces, tus alas hoy frágiles van a ser fuertes
y volarás alto muy alto, como el águila, como el cóndor
y estarás siempre buscando altura.

Ya no me necesitarás.
Será inevitable que llores pero yo lo entenderé
y aún en mi silencio de catafalco, me dolerá tu dolor…
pero, procura ver más allá de tus manos y llanto…
Me verás entonces en las auroras
cuando te levantes temprano.
Me sentirás en los atardeceres
cuando disfrutes en las agitadas olas
y en la espuma del mar.
En todo aquello que tu corazón haga palpitar.

Sí, mi niño querido
aunque ya no me veas con tus ojitos
dulcemente hermosos y pensativos
estaré a la vuelta de cada esquina de tu día
para amarte y esperarte
en este bello camino de La Vida
en el que ‘la muerte’ es sólo una palabra
inventada por el hombre para explicarse
lo que no ha logrado todavía comprender.

Recuerda que jamás podemos morir
porque nosotros Somos La Vida
porque somos UNO con El SER
y Es Permanencia y Eternidad.

Quemadura de luz

Hay un sueño mío que se me está yendo
de las manos como gaviotas en el océano.
Hay un adiós que remonta las montañas
de tu mundo desvanecido en neblinas
pintando el paisaje de una soledad inhabitada
de una soledad que se quedó huésped permanente
de mis patios y balcones
          de mis fuentes y grutas.
Una soledad habitante de los límites
                    del torogoz y el cenzontle.

¿Por qué no fuí generosa con la luna
para besarte mucho bajo su luz de aquélla noche?
¿Quién amarró mis manos para acariciar tus cabellos
cuando tu cabeza se apoyó en mi cuello
buscando el remanso de tus inquietudes?

¡Ah, niño de mirada triste en tus grandes ojos negros!
¡Qué fortuna daría por regresar a ese instante!
Regresar para hacer morada en tu regazo.
Regresar para que siembres tu semilla
en mi tierra fértil y mineral
y que haya clavicordios sonando en la iglesia temprana
de una mañana interminable detrás del campanario
y rebote su sonido en la plaza y las colinas.
Regresar… al torogoz de la cañada
y el zenzontle de las montañas…
¡Regresar… y sin embargo no me fui nunca!

¡Ah, dulce quemadura del Amor!
Hoguera trepidante que devora mi bosque azul y umbrío
carbones rojos y candentes que deshacen un calendario
de preguntas y caminares del atardecer
          caminares sin retorno
fuego que soy y que el viento azota
para alcanzarte y consumirte.

Y es este dolor gozoso, lastimadura de luz
penetrando sin tregua hasta mis huesos
que se hace voz de cigarra entonando su canto hondo y triste
en la perennidad de su llanto.
¡Ay Amor, Amor! ¡Por qué se detuvieron tus ojos en mis ojos!
¡Por qué se anclaron tus pupilas en un instante de eternidad!

Villa Cortés

La casa donde crecí en Sonsonate.

Y al volver la vista
el regalo se vislumbra, se toca
en su verticalidad palpitante, intraducible.
¡Ah, la luz entre los pliegues de la sombra!

Torneces dentro de la rigidez
de estas líneas deterioradas
abruptas y filosas
cortando el antiguo placer
de los espacios abiertos
de las ventanas cuadrangulares
perdidas en su propia existencia.

Cara pegada al cristal de aquella ventana
en la casa desde la cual
tu mano lenta se mueve
en un ‘adiós’ …
o tal vez … en una ‘bienvenida’.

Y es que inicio el regreso con más
frecuencia de lo que yo misma quiera admitir
con el polvo de mis caminos
con mis cercos y guarumos
mis ceibas y amates
y el corazón brinca los cercos de los potreros
y corre loco por los pastizales… como un potro
cerrajero y juguetón.

Y es el rumor de este río
que se me antoja La Vida misma
trepidante, agua saltarina bañando mi nostalgia.

Y es que mis ojos se detuvieron
desmesuradamente abiertos
cuando ella -La Vida- se asomó a las pupilas
del niño que siempre somos.

Porque es La Vida la que se hizo ‘grande’.
Es La Vida que crece y se nos antoja
gigantesca para nuestra estatura
porque usted y yo, abuelo, seguimos siendo niños
jugando con el alba y apedreando los recuerdos.
-algunas veces también apedreabamos los mangos-
¿Recuerda?

Y corremos como antes
detrás de las mariposas y luciérnagas
y creemos atrapar la dicha
al sentir su trémulo aletear entre
las manecitas semicerradas.

Pero después separamos los deditos lentamente
y nos damos cuenta que La Vida creció
y no nos mira mas como los niños que somos
-porque a alguien se le ocurrió
darnos el mote de ‘adultos’-

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Por la vereda del río en un angosto sendero, voy bordeando la orilla de un…
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