DOS CEREZAS

Ramón Palomares (poeta sugerido)

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Por mucho que te quieras engañar
comerte dos cerezas
será como ingerir diez calorías,
inútil, pues, querer adelgazar.
Con simple gala hacer de tus proezas
no puedes disfrazar tus miopías.

No quiero que te puedas enfadar
pues sé bien lo que cuesta
al hecho de comer no sucumbir,
al ansia al disfrutar de un buen manjar,
ajeno al padecer si se indigesta
y luego a algún galeno recurrir.

Debieras comprender no te critico
me pongo en tu lugar,
pues todo lo que digo lo sugiero
así puedas creer que lo suplico
pues solo con tu esfuerzo has de lograr,
al tiempo adelgazar a tu dinero.

Si insisto te debieras de cuidar
recuerda es por tu bien,
que una cosa es la guinda del pastel,
dos cerezas comerse así al azar,
y otra cosa es distinta cien por cien
sentándose tragarse hasta el mantel.
©donaciano bueno

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Ramón Palomares

Más allá de nosotros

Conversaciones que venían
Hoscas
Buscándonos
Gentes del sueño y Gentes del Viento
Árboles ventosos y golpes en el corazón
Y al cabo estábamos volando
conversando
Árboles ya y gentes del sueño y vientos 
     (con el alma errada y un errante árbol
Furiosos, Incorpóreos, 
dando vueltas en torno a la vida
y desentrañándonos 
desentrañándonos 
Más allá de nosotros. 

Pajarito que venís tan cansado

Pajarito que venís tan cansado
y que te arrecostás en la piedra de beber
Decíme. ¿No sos Polimnia? 
Toda la tarde estuvo mirándome desde No sé dónde
Toda la tarde
Y ahora que te veo caigo en cuenta
Venís a consolarme
Vos que siempre estuviste para consolar
Te figurás ahora un pájaro
Ah pájaro esponjadito
Mansamente en la piedra y por la yerbita te acercás
‘Yo soy Polimnia’ 
– Y con razón que una luz de resucitados ha caído aquí mismo
Polimnia riéndote
Polimnia echándome la bendición.

Una forma de ser

Aquí llega el noche
el que tiene las estrellas en las uñas, 
con caminar furioso y perros entre las piernas
alzando los brazos como relámpago
abriendo los cedros
echando las ramas sobre sí, 
muy lejos. 

Entra como si fuera un hombre a caballo
y pasa por el zaguán
sacudiéndose la tormenta. 

Y se desmonta y comienza a averiguar
y hace memoria y extiende los ojos. 

Mira los pueblos que están
unos en laderas y otros agachados en los barrancos
y entra en las casas
viendo como están las mujeres
y repasa las iglesias por las sacristías y los campanarios
espantando cuando pisa en las escaleras. 

Y se sienta sobre las piedras
averiguando sin paz. 

SALUDOS

Saludos, precioso pájaro.
Y no abandones el oro de las plumas
entre aquellas nubes
ni pierdas el canto en el dominio de los truenos.
No sea que pases del cielo
y quedes preso en los astros.

De viajes, cuánto se ha perdido,
cuánta ola estrellada en el acantilado,
mientras tus alas
robaban fulgores al poderoso perro del cielo.
Y cuánto de lluvias,
de verano, de hierba roja
por la implacable estación.
O de gris, nieblas y continuado fantasma
frente al joven enamorado de barcos.
Los vecinos perdidos,
el llanto de amigos
que he visto secar en paños
por olvidos e irremediable paso.
Ni qué decir de la muchacha
cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso
y que luego se ha visto
como exquisito racimo.

Saludos.
Pero, amigo de viajes,
¿cómo poder contar las pérdidas,
ventas que se han hecho,
nuevas adquisiciones?
Y si la modesta familia
vende las posesiones de provincia
y compra apartamentos confortables,
¿no hemos vendido al corazón
y una y otra vez
cambiado los pareceres de conciencia
para entender mejor las noticias a la semana?
Y mientras tú por el pasado año
te entregabas a los aromosos cielos del norte,
aquí las muertes y los nacimientos
cambiaban las cuerdas del buque
y hacían trastabillar al viejo.
Y mientras robabas a ese perro
los bellos fulgores,
el oro para majestad en tus alas,
los cambios de ciudad,
las venidas al amor,
los cantos de una ilusionada nube
que nos ahogara en deseos
pintaban nuevas y extrañas figuras
en la quilla del buque.

Y entretanto no había más
que el incesante brillo
y el incesante batir de esas alas
sobre espumas y ciudades,
sobre campiñas y lejanas praderas;
más allá de las torres establecidas por la
caída de la noche.
No había más que esos ojos absortos,
fijos hacia el norte o el sur,
la cola firme,
a manera de timón,
y el impulso
y la ruta que algún hilo indicaba.

Y el cielo, y los aromas
de flores muertas o recién abiertas
y los aires cambiantes.

Y nada más había para ti,
amigo de viajes;
las idas, los regresos
encontraban esas pupilas
quietas, serenas, tendidas
en medio a las carreras que el cielo juega.

Saludos.
Apenas para ti hay tiempo de cantar
en el delicioso jardín
y sacudir en el estanque las alas
allí donde el viento no ha podido vencer.

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