EL GORRILLA DEL BARRIO

Poeta sugerido: Miguel García-Posada

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El gorrilla del barrio de Santa Engracia
va buscando la sombra en alguna acacia,
cuando el sol brilla
las lágrimas resbalan por su mejilla.

El pelo corto y negro, la piel morena
que para protegerse nunca usa crema,
y su sonrisa
pareciera avanzara siempre deprisa.

No domina el lenguaje del castellano
mas el idioma lleva siempre en la mano,
es atrevido
dando gracias al cielo de haber nacido.

Nadie sabe su nombre ni le hace falta
que el siempre está al acecho de la que salta.
Pepe le llaman
y así el acude siempre que le reclaman.

El gorrilla del barrio tiene salero
sabe torear toros y no es torero,
tiene soltura,
él dice a los vecinos que iba p’a cura.

Se muestra agradecido con las propinas
que dispone de ungüentos y medicinas.
Nadie conoce
alquien que haya tenido con él un roce.

Yo le saludo al verle todos los días
y él me va repartiendo sus alegrías.
Por la mañana
al salir yo le observo por mi ventana.

El gorrilla del barrio, aparcacoches
trabaja por el día, no por las noches.
Si te descuidas
te la mete doblada con sus salidas.

Que las noches dedica a sus menesteres
a dormir como es justo y a sus placeres.
Nadie conoce
donde vive, disfruta, donde le escoce.

El gorrilla del barrio es un bandido
que el sabe adivinar si alguien se ha ido,
y es evidente
que a las niñas las trata muy diferente.

El gorrilla del barrio de Santa Engracia
reparte su salero, su arte y su gracia.
©donaciano bueno

Un gorrilla, un franelero, o formalmente cuida-coches o aparca-coches callejero, es una persona que se dedica a vigilar los coches aparcados en determinadas calles de grandes ciudades a cambio de una propina.

POETA SUGERIDO: Miguel García-Posada

Miguel García-Posada

“De flores”

Una flor puede ser
El emblema de la felicidad.
Los poetas de oriente llevan siglos
repitiéndolo, sabios y sutiles;
yo he encontrado ese emblema
en una flor de los cielos abiertos:
la amapola, compacta en sangre generosa,
vecina buena, ubicua compañera,
fiel intrusa de todos los caminos,
musa alegre de todas las cunetas,
revisora segunda de los trenes.
Doncella de los labios carmesíes,
me ha traído mi infancia de la mano,
la niñez transparente, alondra tibia,
y ha voceado sus nombres más queridos
y ha repetido fraternal sus cantos
de cristal, sus sonidos
de sueño limpio y alto en los afanes.
Entonces –era entonces–, mayo
venía con su caballo blanco y puro
a llevarse en su lomo de jazmines
las pálidas cenizas del invierno.
Mundo de la promesa, los mitos y los ángeles.

Desdichado de aquel que nunca tuvo
o no retuvo, el triste,
una flor palpitante en su memoria,
pues empezamos a morirnos
el día que la dejamos
en los sucios desmontes del olvido.

“Homenaje a Marcel Proust”

Danzaban todos pero estaban muertos,
sus máscaras fingían las vidas clausuradas,
amortizadas en la nada umbría.
Máscaras –Arlequines, Pierrots, Polichinelas,
Colombinas–, disfraces, falsedades.
Adiós, adiós, hubiera habido que decirles,
adiós, adiós y para siempre.
Pero no había lugar a los engaños:
las calaveras se exhibían
en los engolados disfraces,
apenas si velaban
las dentaduras postizas,
sin rubor se asomaban
a las pelucas grises
y se insinuaban eficaces
en las manos de cera transparentes,
habitadas de azules abanicos
que surtían un aire amarillento
y helado.
……………La orquesta
decía el triunfo de los madrigales,
el rumor inconsútil de las faldas de seda
y el movimiento leve de rizos y de bucles.
Pero otra música sonaba,
rebotaba en los muros ya marchitos
y lloraba las llagas siempre abiertas
del perseguido amor, esa verdad
de los amantes descarriados.

Y muy pocos sabían escuchar
aquella música discreta.

Muy pocos, sí, mas es lo cierto,
las músicas sonaban duplicadas,
leves valses de luna, oscuros réquiem,
y ducados, condados, baronías
contemplaban la oscura ceremonia
del tiempo consumado,
como el aire cruel
de los azules abanicos.

Con el amanecer,
en nada concluidos los telones
y las sombras copando las butacas,
la luz restaurará la falsa historia
de los muertos aquellos
y el paisaje real que transitaban:
el cementerio, sí,
el salón genuino de cristales sin vaho,
donde la luna cumple con sus consumaciones,
y borra laboriosa,
las altas inscripciones de la piedra,
la piedra tan enfática y mentida,
la piedra, carne de los grandes ídolos,
decidida agonista de la muerte
con escudos, banderas y linajes.

Emblemas o ficciones de la historia,
mascarada de las suplantaciones,
pasto fértil de años y de siglos.

DE DOCTRINA

Descartados ya todos los afectos,
Abandonada toda cortesía,
No esperar comprensión ni tolerancia,
Ni clase alguna de misericordia;
Ventear bien despierto las insidias,
La deslealtad, la astucia, las traiciones;
Estar siempre dispuesto a abrirle al juez
De par en par las puertas de tu casa:
Observar en silencio, resignado
Cómo se lleva todos tus despojos.
‘De doctrina’, de Miguel García Posada (1944)

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