EL PASEO DE LOS CANES

Poeta sugerido: Teresa Gómez

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Los canes van pasando por mi lado,
me miran y sonríen,
quisiera no pensar de mi se ríen,
¡cuidado con que nadie desafíen!
que aunque tienen trotar desenfadado
no admiten que les píen.

Pareciera que van a su albedrío
cada uno con su cuerda,
van cuidando que a ellos nadie les muerda,
donde pillan soltando van su mierda,
si es posible en erial que está baldío
que su olfato recuerda.

Son los canes, simpáticos, graciosos
y además variopintos,
de tamaños y estilos muy distintos,
unidos a sus dueños con los cintos,
algunos sin pudor muy lujuriosos
siguiendo sus instintos.

Yo trato de esquivarles con cuidado
cuando algún zalamero
pretende encaramarse a mi sombrero.
Intento demostrar que no me altero
aunque haya el corazón acelerado
¡maldito puñetero!

Percibo la alegría de sus dueños
que van de acompañantes,
parecen marionetas hilarantes
paisanos disfrazados de feriantes,
presumidos del mejor can, risueños
payasos con tirantes.

Comprendiendo se trata de animales
me encuentro muy a gusto,
pues ellos vienen sólo a darme un susto,
que otros hay más propensos a un disgusto,
y es que humanos los hay más carcamales,
no debo ser injusto.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Teresa Gómez

Teresa Gómez

VARIACIONES SOBRE UN TEMA INESPERADO

-I-
Eran las condiciones –me dije con los años-
las que hubieran podido,
pese a tu voz,
abrir de tanto sueño
una ventana que abocara al mar.

Tu piel no fue el timón sino tu boca
una canción de cuna por los años perdidos
y el latido de un tiempo que no me pertenece
bajo un tropel de enigmas morenos
despeinados.

No sé como he llegado hasta tu lengua.

Para que yo la hiciera mi cómplice
en tus brazos
la ciudad me guiñaba sus ojos amarillos.

Apostada en tu cuerpo como en ninguna plaza
donde la espuma llega sin más olas,
sin más tiempo que el justo
para saber tu nombre con certeza.
Me regresó la noche
con una ambigüedad sin dirección,
sin esa infantilísima costumbre de color.
Sin ninguna esperanza distinta o asombrada.

Sus ojos eran miles de gestos amarillos.

Nunca supe decirlo con toda exactitud:
las islas –como barcos-
siempre fueron pequeñas promesas esperadas.

Extendida la arena más allá de las costas
yo sostuve en tu cuerpo una formulación de mi pasado.

Nunca supe decirlo:
parecieron fantasmas las luces de la calle
tan cerca de mi forma de estar sola.

-II-
“Ha viajado mucho –dijo el señor Herbert- lleva detrás la flora de todos los mares del mundo”
(G.G. Márquez)

Porque hemos derivado a las aceras
con esa compostura de la tarde
y las orejas sucias de una historia.

Yo moriré de alguna forma hermosa.

Al pie de algunas ruinas devastadas
a la orilla del mar, seguramente.
Moriré despeinada en unas rocas
-pobre barquilla mía-
con los vientos de un sur desmantelado.

Naufragada hacia un puerto sin gaviotas.
Turbia toda la mar y este designio
profundamente azul de mi camino.

Yo moriré cansada de la muerte,
herida como el viaje de una pluma
y este amor a destajo de mi vida.

Moriré en esta cala de sirenas
-las únicas sirenas de este tiempo,
amor, –
amenazada a muerte de cristales
solos en esta cala sin sentido
con esta soledad amarilla y extraña.

Los minutos contados siempre en venta
los llevaré conmigo donde vaya.
Tu prisa
amor,
toda la noche allá donde me vaya la llevaré conmigo.

Me moriré de alguna forma hermosa.

Desconocida,
lejos,
donde nadie querrá saber mi nombre.

Donde alguno improvise mi epitafio.

SUBASTA EN MI VENTANA

Hoy
que es uno de esos días
en que la voz del río no cesa de llamarme
y el agua se adelanta
como si fuese el tiempo que no tengo,
tampoco estás aquí.

Pero cruzan la calle caravanas de cuerpos
y no son como el tuyo
que me dejó en la boca la herida de la tarde.

La tuya es una duda sin rastro de cinturas.

Oculta en las aceras como los peatones,
como el sentido de tus noches solo.

Yo vuelvo del mercado
y no tengo una excusa para cerrar la puerta.

TE PARECES A MÍ CUANDO AMANEZCO

Me levanto descalza entre la ropa,
desdoblo mis vestidos con cuidado,
busco bajo las sillas algo tuyo,
espero a que mi casa se llene de autobuses,
me dirás que el rocío no llega al quinto piso
pero abro la ventana,
trato de recordar alguna cosa,
reconozco mi rostro en el espejo,
me propongo leer a Pasolini
y no perder el tiempo demasiado
ensayando la cara que pondré
cuando te encuentre,
escucho los murmullos que llegan de la calle,
aparto las botellas que dejaste en el suelo,
descubro en los cristales un mensaje,
recojo las cortinas con una cinta roja,
me salgo de la noche
dando
saltos.

“A lo mejor soy otros
y es de otros este amor”
(J.A. García Sánchez)

A lo mejor soy otros
y por eso te quiero como si me extrañara,
a veces con un hábito de esperanza en los puertos,
o desolada a veces sin un barco.
A lo mejor soy otros
cuando te vas quedando diminuto en palabras
y no me necesitas;
es posible que entonces anochezcan las horas
y me acerque a tus labios muy a gatas, mi amor,
como para buscarme en tu silencio.
A lo mejor soy otros
cuando me quedo a solas con tus ojos
que son miles de agujas trepando desde el sur
y parto soleando por toda la ciudad.
A lo mejor soy otros
y por eso te olvido sobre el atardecer
para reconciliarme con el alba
más hecha al horizonte y a tu cuerpo
y decir que te quiero como si se acabara,
casi violentamente que te quiero.
A lo mejor soy otros
y es de otros el gesto que creyera tan mío,
tu boca de ginebra
intransferible
y es de otros este amor.

SI LLEGAS TAN SIN SABER DE NADA

Si llegas tan sin saber de nada,
sin decirme palabras
ni letras,
tan de prisa,
tan enjuto de todo…

y yo te necesito tan delgado y tan solo.

Si te quedas –demonios-
tan cerca del lugar donde siento la noche,
casi como una ausencia,
con una estratagema de soledad perfecta,
deliberadamente…

y yo te necesito tan solo y tan moreno.

Si dices que las calles no estaban en su sitio,
que mi boca,
las tardes sin ventanas,
que mi boca,
si dices, amor
si dices…

y te vas alejando en la estación más húmeda.

QUIZÁ

Quizá
en estas horas tan altas de la noche
te beberás un cuerpo sin mi nombre
con premeditación
y mucho hielo.

Quién sabe si a estas horas obscenísimas,
raras,
de tan sola tu piel
recompondrá una lengua con mi tacto,
si tú –mi dulce amigo-
amontonas excusas con un gesto asombrado
sobre alguna derrota cotidiana.

O simplemente duermes
sin haberme pensado un solo instante.

ERES COMO UN MUCHACHO DE LA CALLE

A Miguelito

Sin palabras estás
sin gestos en la boca
que te hicieran feliz con mi presencia.
Moreno como el mar
sin labios como ríos
sin whisky ni bombones para mí.

Yo dejo una esperanza en tu bolsillo.

UN EQUIPAJE DEMASIADO AJENO

Hubiéramos querido derrocharnos,
perplejos,
con toda la pereza que nos hubiera permitido el tiempo.

Era ya mediodía,
ceniceros tibantes
de algún presagio a mares en el cuerpo
y el color de las tardes infantiles y tristes
sorprendido en los rastros que surcara el cansancio.

Pero estaban allí
las tumbas milenarias de tus antepasados,
la amargura espontánea del siglo en que naciste,
la soledad extrema de tu generación.

Encontramos de bruces
la imperiosa respuesta del amor.

No fue sólo el deseo
sino la inesperada longitud del mar aquel
o quizá las caricias, tan extrañas,
algunos besos doloridos y grandes
con un sabor insospechado de amapolas.

Estábamos tan tristes
que el horizonte pareció de nieve,
tan fatigados
que dejamos la luna
sobre una gran bandada de gorriones.

Y sin embargo,
llegaron otros que hicieron el amor innumerables veces,

batiendo alas, su rumor de besos.

De golpe…

«De este puro amor mío tan delicadamente idiota.»
Rafael Alberti

De golpe
me estremezco como si siete grados
bajo cero
sacudiesen el tedio sin contar para nada
con mi visión del mundo
y de la explotación.

Pero los lapiceros, las sandalias,
lo que me habría gustado ser piloto…

y ahora llegas tú
con veinticinco mil maneras de acariciar mis dedos
aunque no estés de acuerdo con lo que yo
pensé
del precio de la pina y la última decisión
que ha tomado el gobierno.

Si es demasiado tarde
para conmemorar un día
cualquiera
de la vida
o lamentar los dos algún suceso
tú propones cantar —en francés, por ejemplo
«je ne suis jamáis seul»
y yo te voy queriendo
aunque luego no es
nada
tan sencillo.

Aquí, la puerta abierta…

«Sin esperanza,
con convencimiento.»

A. González

Aquí, la puerta abierta,
unos gatos que muerden basuras y esperanzas
—esta marejadilla sin plata que arrasar—
y aquí suelo dejarme,
sentada hacia la lluvia
sin apenas decirte lo mucho,
sin tu forma de hablarme socavada en el gesto.
Ni voy reconociendo
desmantelados signos de la tarde tan larga.

Pero es que sin tu risa
soy capaz de extenderme satisfecha en la noche
y soy capaz de tanta soledad.

Ya sé que somos dos.
Podríamos herirle los ojos a los puentes
aunque duele este número,
—herirlos gravemente,
definitivamente—
y luego avanzaríamos hasta donde los cisnes,
hacia aquella ventana que sugieren las olas,
hasta donde los cisnes poseyeron a Leda,
allí te besaría un vez más
donde se descomponen tu pasado y el mío.

Es tan roja,
tan roja,
la forma de morir de algunas tardes.

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