ELEGÍA AL 13 DE JUNIO DE 2014

Javier Adúriz(Poeta sugerido)

 

¡Nadie lo podrá evitar, la derrota se avecina!
Sobre la yerba cansina, la maldición va a empezar,
los corsarios en la mar blanden con saña tal zaina
sus sables que han de afilar. Y hasta llueve en la colina
y esas lágrimas divinas sangre lloran de pesar.

¿Por qué olvidados ya están aquellos tercios de Flandes?
dios, que genios nos diste y otros que fulgor darán
¿no ves que estos caerán? ¡no te humilles, no te ablandes!
¡por los que murieron ya, por los que fueron tan grandes,
lanzo un SOS de aquí a los andes, que vuelva el Gran Capitán!

No permitas, por favor, que en la América querida,
donde millones de vidas te ofrendamos a ti, dios,
¡campeones!, deban volver al inicio de partida
o allí dejarse perder en tumba tan desabrida
¡veta que en tal situación la selección diga adiós!
©donaciano bueno

El pasado día 13 de junio se produjo un acontecimiento triste, en su partido ante Holanda, en el hasta ahora exitoso recorrido de la selección española de fútbol, campeona de mundo y de Europa. El autor recrea este hecho y pide al altísimo que no les abandone.

POETAS SUGERIDOS: Javier Adúriz

Javier Adúriz

El gato

No llores, Lulita, no me hagás de todo esto una tragedia.
¿No ves? tuve razón: estaba escrofuloso. ¿No viste, no lo viste,
lo errático que estaba, su poco pelo, ese cansancio de hambre?
Lo que no sabíamos era su gana de muerte. A la final
fue de cajón el sórdido desplome hacia el machimbre.

Qué vas a hacer, mi amor. No hay que llorar. Y menos
acá en la basura…A más, a quién le importa, decime.
A quién le importa si subía o bajaba del cielo por la noche.
A quién le cabe si miraba o remiraba con odio. Amarillos
los ojos, los tiene cualquier gato. Cuantimás este maula

que hizo lo suyo duro. Sin ardor en exceso, sin lamerse
con furia las heridas…Por dios, aquí hay olvido nada más…
Tomá, gasta un trago….Si me oyeras, si me oyeras un poco
lo que hablo. Ya sé que era tu príncipe. Y qué, y qué.
No nos sacó de ésta, ¿no? A a quién le importa tu compasión,

los años de incierto entendimiento. Ese mirarse a los ojos
como quien mira a alguien, a la ternura, a un compañero…
Comprendo, el fin de la ilusión. Lo comprendo de veras.
Pero no me hagas de esto una elegía. Lo juro, yo te entiendo
que sus pulgas comían tu congoja. Y qué, por dios, y qué.

Miremos juntos otra vez lo alto en lo sucio de la noche.
estamos solos, Lulita. Y me quiero reír y así no puedo.
Por favor, acariciame, acariciame un poco. Si el olvido
es el don de la miseria. Te lo ruego, Lulita, detesto
lo bandengue. No concedás la emoción enferma.
Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948-2011)

¿Oís el río?

¿Oís el río, Okusai? No está lejos.
Tiene el sonido ambiguo de la vida.
Son como cascotitos limpiándose
con la corriente, algo múltiple.

Prestá atención. Detrás del ruido
se ve el nacimiento rudo de las cosas,
eso íntimo, desesperado, casi, casi
enorme en su notoria nimiedad.

¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito
que me pongas esa cara de tintorero
feliz. Dejate ir nomás, un poco.
¿O vinimos nada más que para esto?

Piercing

1.
Hijo, qué sorpresa me das
con ese sólido arito colgándote del iris.
Pasear un cuerpo atado a las pulsiones
es inquietante sí, por lo que sabe
a revuelta generacional…
Lo nuestro fue más ensoñado siempre.

¡De verdad!, no creo que hayamos sido
unos ilusos mejores o peores. Que yo sepa
el sol salía igual que para ustedes
mientras el mar batía los acantilados.
Fuimos masacrados nada más.
Quiero ser directo, disculpame.

La diferencia radica tal vez en los matices.
Como ayer, la historia hierve como ácido.
No te rías. Por qué buscar solución
en la materia, si la cuestión del espíritu urge.
Pero es cierto, no tenemos casi derecho a importunar:
la ley del fracaso no levanta la voz.

Aun así, guarda un vago consuelo
sostener pensamiento sobre casi todo.
Opinar fue la forma de ser libres. Sí,
más mentira para más verdad…
No me pegues. Nadie te quita la palabra
aun cuando sea tan gestual lo tuyo.

Y no sabés, querido, cuánto reconforta
que hayas resuelto confiarme el sueño.
……….Aplicarte un ancla en el escroto
no suena nada mal, habida cuenta
que parece otro gesto sobre el aquí y ahora,
esta turra injusticia que nos ahoga a todos,

eso tanto más viejo que nosotros,
que vos y yo.

2.
Viejo, siempre en estado de pancarta.
No entendés nada. (Tampoco hay tanto
que entender, poner el cuerpo nada más.)
Me hablás de espíritu. De qué espíritu
hablás. ¿No ves que eso de ser libre
brilla sólo en tu baldosa? ¿No ves
la radiación por todas partes?
Vivís entre abstracciones. No quiero ir
a tus libros ni al pasado. Entre otras cosas
porque ahí estás vos y tu ficción
de perdedores. No quiero terminar
llorando y ¿sabés?,
me voy a perforar el cuerpo y pintar
la carne hasta que se me dé la gana.
Digo,
¿por qué no fumamos uno de los buenos
y la seguimos disueltos en el humo?

El nadador

Las últimas piletas son agrias. Llueve
tanto o más de lo pensado, aun
cuando los jazmines revienten
y las enredaderas se aúpen a los árboles.
Creeme…, no se puede creer. Los huesos
hablan y el animal afina por debajo
una canción indescriptible. Igual,
no se quiere dejar de sonreír.
Hay algo en los recuerdos, vale decir,
en el seco ahora, en el puro y desaforado
ahora, que no importa demasiado
si el resto se vuelve confuso y breve,
fragmentario. Lo interesante está aquí,
en este aquí del tiempo, aunque la casa
finalmente esté sola… o vieja… o devastada.

para Jorge Olivero

El circo de las masas

La tele es una fiesta, circo y arena de las masas.
No es casual, hay que abombar, cerrar los ojos
y por la raja del párpado absorber el estímulo,
mandatos de compra y venta de equilibrio social.
Con artes combinadas, exhiben lo que sea
para mantener un orden delicado: que te dividas
y así reinar en el iris de la nada nula. Es fuerte
considerar que vivimos de acuerdo a estamentos
de consumo. Primer nivel, los usuarios compradores,
franja de la felicidad estúpida y compacta. Después,
como en Metrópolis, el escenario en sombra del abajo,
lo no visto y vivido por las multitudes, hombres
en racimo procurando su día sin poder entender.
Pero más abajo aún, los desechados. Los feos,
los enfermos, la discapacidad lacerante, lo inútil.

Una fiesta. El noticiero colorido de un programa pasó
el otro día, con narrador transido y música blandita,
lo asombroso: hubo que llevar una grúa a cierta casa
para rescatar a una obesa de su cama. Con claridad
se veía el bulto de algo que era sufriente. El error
de la naturaleza y aun así, con reflexión y ansia.
Adónde va esta cosa malograda de carne, adónde.
A quién le importa, si estamos fijos, subyugados
de tornasol local y siniestra exhibición publicitaria
dándole máquina a un afán, cuya norma es no saciar.
Qué hábiles y oscuros procesos se ponen al tablero
cuando vemos lo que vemos, distraídos de todo.
Un fascismo social, con otros gorros y entorchados,
es lo que vemos ahí. El abandono de nosotros mismos.
Sí, tal vez con apagar la tele, se venga al trote y pronto

la revolución…

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