ENVIDIA COCHINA

Pedro Garfías (poeta sugerido)

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Yo tengo una ilusión, irme del mundo
a ver o descubrir nuevos planetas,
haciendo al que abandono cuchufletas
así sin dedicarle ni un segundo
dejándole podrirse con su grietas.

Ansiando descubrir a otros mejores
que al menos el vivir sea más cristiano,
y a Dios se le contemple más cercano
-allí donde las obras sean amores-,
más sano, más florido y más lozano.

Mas debo precisar son los humanos,
aquellos, los que a mi más me molestan,
consciente como sé que ellos apestan
al verlos arrastrarse cual gusanos
que gritan, desgañitan y protestan.

De nuevo a visitar y a dar envidia,
después, cuando lo encuentre, volvería
¡no puedo soportar cómo sería!
gozando al contemplar que les fastidia
Y henchido de emoción, ya moriría.
©donaciano bueno

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Pedro Garfías

A mi padre

¿Por qué no hablamos nunca, largamente,
tú y yo padre, cuando esto era posible,
como dos hombres, como dos amigos
o dos desconocidos que se encuentran

en el camino y echan un cigarrillo
y se sientan al borde de la vida
mirando pasar la tarde y el camino
y hablan, hablan y callan, pausas de humo,

miradas vagas, las palabras caen
y se quedan flotando en el silencio,
a veces dicen su verdad primera,

el origen, la fuente, y se desnudan,
las palabras desnudas amanecen,
por qué no hablamos nunca, solos, largo?

Cuando me tiro de noche

Cuando me tiro de noche 
en el ataúd del lecho 
que es menos duro que el otro 
porque ya sabe mis huesos, 
me pongo a mirar arriba 
los astros de mis recuerdos. 

Aquél que se abrió de pronto 
cuando todo era misterio. 
El otro que se apagó 
antes de sentirse abierto. 

A veces grito iracundo: 
aquí me falta un lucero, 
aquí me sobra una estrella. 
¿Quién hizo este firmamento? 

Una voz piadosa dice 
que no es cielo sino techo. 
—Por mi vida, grito yo, 
dejadme saber mi sueño. 
Donde yo pongo los ojos 
todo es cielo—.

Por el aroma roto de un recuerdo

Por el aroma roto de un recuerdo, 
como por un incienso mutilado, 
brotas de la memoria en que me pierdo, 
cristal sin luz, metal acongojado.

Contigo traes el llanto de la encina 
y la cinta sin mácula del hielo. 
Contigo el ronco viento de la esquina 
y el tierno y largo jadear del suelo.

Contigo traes, a tu costado atado, 
el mar de ancho pulmón y duro acento, 
y a la húmeda sombra del costado 
el río soñador y soñoliento.

La brisa que fue ala sollozante, 
el cielo que fue verde praderío, 
el trabajado lirio de diamante 
y la oliva viajera por el río;
el toro inmóvil, la veloz espiga 
contigo traes, de mi memoria brotan 
y en un dulce atropello sin fatiga 
por la corriente de mis hombros flotan.

Dejadme a mí, dejadme a la ventura 
andar, llorar sin voz, mirar en vano 
hasta caer sobre la tierra oscura 
con la frente en el cuenco de mi mano.

Porque te siento lejos

Porque te siento lejos y tu ausencia
habita mis desiertas soledades,
qué profunda esta tarde derramada
sobre los verdes campos inmortales.

Ya el Invierno dejó su piel antigua
en las ramas recientes de los árboles
y avanza a saltos cortos por el prado
la Primavera de delgado talle.

Por el silencio de pendiente lenta
rueda la brisa en tácito oleaje
y apunta la violeta su murmullo
al pie del roble y de la encina grave.

En las aguas inmóviles del lago
anclan nubes y luces vesperales
y tiende el bosque sus flexibles redes
al vuelo prodigioso de tu imagen.

El sol azul con cuidadosas manos
rayos y brumas teje en noble arte
hasta dejar de tu color, amada,
la piel inmaculada de la tarde.

Te miro recostada sobre el césped,
agua verde y verdor claro tu carne,
tu rumoroso pelo embravecido
y el bosque de tu risa palpitante.

Alrededor de tus tobillos breves
ciñe la luz minúsculos collares
y abrazan a tus brazos poderosos
los tallos y las ramas verde antes.

Pulsan las finas cuerdas del silencio
tus voces y los pájaros locuaces;
el cielo en plenitud abre sus venas
de calurosa y colorada sangre

¡y alza mi corazón su pesadumbre
como un nido de sombras un gigante!

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