ESPEJITO, ESPEJITO…

»El Poeta sugerido: Manuel Benítez Carrasco

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Me dicen que soy viejo y yo inocente
me miro con frecuencia en el espejo,
y escucho: no hagas caso, que esa gente
no llega a comprender que su reflejo
se vuelve para atrás como el cangrejo
o pinta adecentándote el presente,
depende si hoy me acerco o si me alejo.

Me ponga de perfil o bien de frente
a veces mis defectos difumina
mostrando más huraño o sonriente,
mi espejo, más que espejo es una mina
que amén de reflejar se contamina
de aquello que se lleva la corriente
y creo que es mas malo que la quina.

Mi espejo a mi me mira con cariño,
me tiene en especial mucho respeto,
si miro y le hago un gesto él me hace un guiño,
bailando nunca puede estarse quieto,
a ver, hazme más guapo, yo le reto,
que a veces se comporta como un niño
mas sabe en sus asuntos no me meto.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Manuel Benítez Carrasco

Manuel Benítez Carrasco

De Soleá del amor desprendío:

Mira si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

Y tú bien sabes por qué
tiré tu cariño al río:
porque era hebilla de esparto
de un cinturón de cuchillos;
porque era anillo de barro
mal tasao y mal vendío,
y porque era flor sin alma
de un abril en compromiso,
que puso, en zarzas y espinas,
un fingimiento de lirios.

Yo no puse en compraventa
mi corazón encendío;
y has de tener muy en cuenta
que mi cariño no fue
ni comprao ni vendío,
sino que lo regalé.
Ya ves si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

Tus cinco toritos negros

Contra mis cinco sentíos,
tus cinco toritos negros:
torito negro tus ojos,
torito negro tu pelo,..
torito negro tu boca,
torito negro tu beso,
y el más negro de los cinco
tu cuerpo, torito negro.

Barreras puse a mis ojos,
tus ojos me las rompieron.
Barreras puse a mi boca,
tu boca las hizo leño.
Puse mi beso en barreras,
tu beso las prendió fuego.
Barreras puse a mis manos,
las hizo sombra tu pelo.
Y puse barreras duras
de zarzamora a mi cuerpo,
y saltó sobre las zarzas
el tuyo, torito negro.

¡Deja, que no quiero verte!
¡Déjame, que no te quiero!

(…)

¡Te quise siempre! ¡Te quise!
¡Te quiero siempre! ¡Te quiero!

Aunque no puedo quererte,
¡Te quiero!
Aunque no debo quererte,
¡Te quiero!
Aunque en cunas de tu casa
se está meciendo un almendro
¡Te quiero!
Aunque yo tengo dos lirios
que se me cuelgan al cuello,
¡Te quiero!

Tengo el caballo a la puerta

Tengo el caballo a la puerta,
¿te quieres venir conmigo?.
Yo no te obligo.
Sólo te brindo ocasión
de darte en mi soledad
una casa, un corazón
y un cariño de verdad.

¿Qué no quieres…? Allá penas.
Mientras yo tenga en mis venas
sangre de piropo y ronda;
mientras, por más que se esconda,
no haya mujer que resista
este pase de conquista
de los vuelos de mi capa;
mientras la flor que se tapa
con clavel y celosía
se asome a verme pasar
pensando en la Vicaría;
y mientras de par en par
se abran a mi reclamo
el corazón donde llamo
y la boca donde toco…
a mí se me importa poco
que quieras o que no quieras
ser dueña de mi fortuna.
Hay mucha espiga en las eras
para pensar sólo en una.

Y mira lo que te digo:
un día dejé la luna
porque no quiso venir conmigo.

Y no me costó ninguna
fatiga romper cadenas.
Con esto quiero decir
que a ti, que no eres la luna,
me costará menos pena
dejarte, si lo prefieres.
Me sobran a mí mujeres.

De modo que tú dirás;
si me das el sí, tendrás
beso blando, brazo fuerte,
casa, cariño y corona
y, si es preciso, mi muerte
por defender tu persona.

¿Qué no quieres…?
No hay que hablar
de olvidos ni sufrimientos:
que tengo yo muchos vientos
por donde poder volar.
Y me iré calle adelante,
sin fatiga y sin desplante,
con una copla de mayo
saltando en el corazón
mientras me acompaña el son
el paso de mi caballo:

—Voy a la esquina a cambiar
por una rosa otra rosa,
y a ver quien lo va a notar;
que si una rosa es hermosa…
la otra… no se queda atrás

En fin; no quiero hablar más
de lo que ya no precisa
más explicación.

Mi corazón va deprisa
y no le gusta perder
tiempo en la conversación,
mientras se pueda entender
a besos por los balcones
y, torero sin fracaso,
pueda torear al paso
cinturas y corazones.

Ya lo sabes; junto al río
tengo un huerto de limones
y un arroyito de frío
que va sembrando canciones.
Y en la loma
tengo un blanco caserío
como una blanca paloma
que se asoma
para beber en el río

Y entre arrayán y romero
un beso sin estrenar
que está diciendo ¡me muero!
porque no puede aguardar.

Y creciendo junto a una
rosita sin jardinero
tengo la flor de un te quiero
para tu pelo de luna.

Todo esto, junto al río,
en mi cabaña desierta.
Piénsalo bien, amor mío…
Tengo el caballo a la puerta.

Como Dios manda

Yo me casé por la iglesia,
me casé como Dios manda:
un ramito de azahar
mustio sabre la solapa
santiguando los pecados
de un hombre que apunta canas.

Ella vestida de blanco
¡pureza certificada!
Un alfombra hasta la puerta,
órgano, misa, campanas,
y un anillito de oro
con una fecha grabada.

Pero fue lo que Dios quiso
por esas cosas que pasan
entre hombres y mujeres
que nadie puede explicarlas.

Ella torció su camino
de la noche a la mañana.
No sé si fueron razones
o fue un cariño que abraza;
pero a nadie le deseo
ese tormento que mata.

La duda entre ceja y ceja
como un cuchillo clavada,
viendo irse de las manos
algo que se nos escapa.

Nunca le hice reproche
ni le dije una palabra,
pero yo lo presentía,
que el corazón nunca engaña;
y un día… nos separamos
y aquí la historia se acaba.

Y más solo que la una
me quedé solo en mi casa
con un silencio de muerte
y puertas empestilladas.

Lo que pasé, Dios lo sabe,
hay penas que nunca acaban.

Un día encontré a la otra…
sí, ¡La otra! esa palabra
que sin tener filo muerde
y sin ser cuchillo mata.

La otra…
una mujer de la calle
con un corazón de oro
y una vergüenza en la cara.

Un cariño recio y hondo
fuerte como una muralla
trabajadora y sencilla,
alegre, risueña, casta;
leona padefenderme
y una hormiga pala casa.

¡Y a esa le llaman “la otra”!
como una espina que daña…
¡y es la que sufre conmigo
y es la que seca mis lágrimas
y se funde en mi alegría
igual que el oro en la fragua!

Sí,
¡yo me casé por la Iglesia,
me casé como Dios manda!
Ella vestida de blanco,
“pureza certificada…”

La otra,
ni se ha vestido de blanco
ni le han tocado campanas
ni le han prendido azahares
que a ella no le hacen falta
para ser pura y sencilla
como una fuente sellada.

Y aunque la llamen “la otra”
yo sé que es la mía ¡y basta!
Pero que nadie la toque,
nadie diga una palabra
que pueda ofender su nombre;
que nadie intente humillarla,
que me juego de hombre a hombre
y me mato cara a cara
con quien sea y donde sea.

Que si no tiene un anillo
con una fecha grabada,
yo le he regalado uno
con besos limpios, sin mancha,
y la he vestido de novia
con rayos de luna blanca.

Y aunque no es mi señora
ni le han tocado campanas
ni le han prendido azahares,
me quiere…
Me quiere ¡como Dios manda!

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