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HE PARIDO UN BEBÉ (mi poema)

Poeta sugerido: ''Franco Bordino''

EL POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de HUMOR

 

He parido un bebé ¿y ahora qué hago?
Lo tengo muy limpito, reluciente.
Le lavo con el agua de la fuente,
en trato y miramientos me deshago
que él es mi referente.

Le visto como nadie le vistiera,
que en esto de gastar nunca reparo,
comprendo que eso a mí me sale caro
mas debo de cuidar si alguien lo viera
no piense soy avaro.

Con ella paso al día muchas horas
tratando de cumplir mis ilusiones,
y vivo y me desvivo en sus renglones
soñando en transpirar por sus esporas.
La tengo entre algodones.

Comprendo aquí al que sea que lo dude
a mi con tantos años procreando,
respondo siempre, a dios con mazo dando,
solo falta que al niño lo desnude,
y a mí me vayan dando.

La miel para los asnos no está hecha
e inútil disfrutar si no conoce,
¡cariño! así se dice lo hace el roce,
yo espero con mi web buena cosecha,
que nadie la destroce.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Franco Bordino

Franco Bordino

(XVIII Premio Casa América de Poesía Americana)

Plegaria

Ábreme, Padre,
y dame un fuego que no duela
y un dolor puro del que nada aprenda.
Condúceme al camino
claro, a aquel que no tiene piedras,
que es estrecho para el espíritu:
al camino sin honor;

pon si no en mi mano la cara de un niño,
para estudiarla y conocerla
al tiempo que templarla
bajo mi llama dactilar;

dame un ramo de fresias
o una abeja que no muerda, y que yo,
concentrado, las tenga que cuidar.

Ábreme, Padre,
a las cosas pequeñas
que no entran en un hilo,
y ábreme así a tu amor
y a la pureza del servicio,
a las dulzuras vistas monocromas
bajo la sombra hostil de la noble Ambición;

ábreme sobre todo
a lo que no me pertenece y que no soy.
Aléjame de Mi Peligro.
Consérvame en tu amor.

Ábreme, Padre, al rudo azar:
dame un hijo, enemigos poderosos
y tempestades sin amarras;
algo que comer, nada que guardar;
Tú no sacies: mi sed, ¡arráncala de cuajo!
Ábreme para todos.
Aléjame de Mi Peligro.

Consérvame en tu amor.

Una noche

El íntimo silencio de la noche.
El rito rumoroso de los mates.
En la mesa, los gárrulos dislates
de un tétrico filósofo. El derroche
minucioso del tiempo en la factura
de un tímido poema. Yo no sé
qué veo en estas cosas ni por qué,
triviales como son, en su chatura,
se me antojan especies misteriosas
de una llana y sutil felicidad.
Que me guarden el sino o la Deidad
de ambiciones aladas o grandiosas.
Sólo pido un innúmero rosario
de noches de trabajo literario.

Otra noche

Traspasar el umbral por un quehacer
anodino, y hallar la noche espléndida.
Olvidar las tareas incompletas
tras la puerta, y salir a recorrer
las calles conocidas de mi barrio.
Buscar en las estrellas la figura
del tosco Orión, y sorprender, en cambio,
el círculo perfecto de la luna.
Respirar la fragancia de los tilos.
Demorarme en el banco de una plaza
para auscultar el pulso de los grillos.
Desandar el camino hasta mi casa.
Fumar furtivamente un cigarrillo.
Evocar estas cosas. Anotarlas.

Rimbaud

Que el crápula celebre la epopeya
del desbocado vicio; que el piadoso
destaque de él el místico y sinuoso
deseo de infinito. En su plebeya
y errática existencia, algo más rico
es lo que yo vislumbro. Veo a un chico
huyendo del infierno de su hogar,
y, para no tener que regresar,
lo veo acostumbrarse a la indecencia,
al hambre y la intemperie. Veo a un joven
furioso y resignado a que le roben
unos canallas su última inocencia.
Y mientras esta triste historia ocurre,
del corazón del réprobo discurre,
con trémula ternura, todavía
intacta y pura, la íntima poesía:
el versificador ?el talentoso
y tímido escolar? no ha perecido;
vive aún en el joven corrompido,
late aún en su corazón rabioso.
Sublime, para mí, es que en él, lo humano,
sobreviviera en medio del espanto.
Sus sonetos esconden el encanto
de la flor que florece en el pantano.

La idea de perder las cosas que amo

La idea de perder las cosas que amo
me aflige dulcemente. Me recuerda
que es fatua ingratitud todo reclamo,
que ahora soy feliz, aunque me pierda
el sórdido trajín de la costumbre
y no tenga conciencia de mi estado.
Corazón, no permitas que de herrumbre
te cubra este constante despistado.
Cuida el cálido rito de los besos,
la clara compañía del amigo,
del poniente los dulces embelesos,
la llama del destino que persigo.
Que nunca yo descubra que he franqueado
dormido el paraíso, y me he marchado.
[En: Franco Bordino, Los primeros indicios)

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