IGNORANTES e IGNORANTAS

Mi Poeta sugerido: »Jesús García Calderón

ignorantes e ognorantas
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Me jode cuando escucho a los borregos,
-incluyo aquí a ignorantes e ignorantas-,
cantantes, cantautoras y cantantas,
que van con el lenguaje haciendo juegos
producto de sus mentes hilarantes
pues que ellos tienen mentes y no mentas
se llamen dirigentes, dirigentas
e incluyo yo a estudiantas o estudiantes.

Que van como farsantes o farsantas
ciscándose al lenguaje prepotentes
al género arrollando persistentes,
matando al diccionario. Sus gargantas
lanzando van esputos, quizá esputas
lo mismo el periodisto o los artistos,
pediatros, paisajistos o turistos
que finger de inocentes y son putas.

Que hablar o que escribir con precisión,
miembros, miembras, machistos o machistas,
machos, machas, arrivistos o arrivistas
no dependen de sexo o religión.
Que estos versos no tienen quien les llore
y ante tal corrupción sienten desprecio
al ver como pezuñas de algún necio
su brillo y su explendor se descolore.
donaciano bueno.

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Acabo de escuchar en la radio que la Asociación de jueces por la democracia ha cambiado su
denominación por la de Asociación de juezas y jueces por la democracia. Digo yo que sería
más correcto la de Asociación de Juezas y jueces para la democracia y el democracio.
Ni los jueces se salvan. El  neutro ha muerto. Hoy el corrector ortográfico se ha vuelto loco por culpa de unos bobos, bobas, bobes.

MI POETA SUGERIDO: Jesús García Calderón

Jesús García Calderón

Los tallos de la lluvia

Hoy han vuelto estas nubes
como negros veleros desolados
y empañan mis ventanas de nostalgia.
Vuelven desde un lugar que no comparte
mi ilusión por la tierra
y sin embargo vienen de los cielos,
vienen también de mí, de lo que cruza
cada noche mi frente de sospechas
como feroces brisas.
Una música tierna
se abruma con el tiempo de esta tarde
infeliz y trivial y entonces abren
su corazón los tallos
de la lluvia, tornaron
los rumores del cielo y han venido
templanzas, tengo un libro
abierto frente a mí como una vida
y las gotas se alzan
desde el cielo a nosotros.
Los tallos de la lluvia
limpian mi corazón, abren las horas,
son los tallos que trajo
este libro a mis días. Era un hombre,
quien lo escribió, que andaba
con luminosos ángeles de sombra
y unos ojos azules
con un agua frecuente
distinta de las lágrimas. No supe
decirle nunca aquello: Me han servido
para vivir sus versos. Tantas veces
vienen nubes oscuras y nos muestran
la patria desolada del olvido
que mis ojos recuerdan
al mirarlas un sueño
como la negra tierra de las aguas
de profundos abismos.
Nubes de la razón que siempre vuelven,
con su pesada carga de esperanza,
nubes de la razón, lento consuelo
que se alcanza en silencio
y es preciso guardar secretamente
en el lugar de atrás que nadie quiere
mirar, aquel que no promueve
el recuerdo siquiera,
allí donde responde
la soledad su canto interminable.
Los tallos de la lluvia todavía
limpian el corazón de sus heridas
con la justa nostalgia.

Me dijiste yo no tengo nostalgia
pero al mirarte supe
que tú solo sentías nostalgia,
que tú solo tenías nostalgia,
que tenías tanta y tanta nostalgia
que lo anegaba todo y confundía
el tiempo que vivías sin remedio.
Te rodeaba tanta nostalgia
que era casi imposible comprenderte
sin los ojos atentos del recuerdo.
Tú solo podías tener nostalgia,
tú solo querías sentir nostalgia
y aunque tú me dijeras sin mentirme
yo no tengo nostalgia, precisamente era
esa ingrata nostalgia que negabas
la que a ti te tenía.
El agua de los ríos
Me contaron qué fácil resultaba
conmover, que lo realmente difícil
es hacernos reír. Yo no quisiera
dudar pero este río,
pardo dios de la tarde
que cruza frente a mí como un regalo
bajo estos verdes prados de la vida,
que ha vestido de plata el sol de julio,
este caudal que marcha y que regresa,
que también permanece,
este río nos cuenta una verdad
que tampoco conmueve
ni nos hace reír, sólo devuelve
su cauce aquel silencio
sonoro que los años
hicieron más oscuro
hasta dejar de verlo en nuestros ojos,
cuenta el río un silencio sin nombre
de felices contornos y sencillos
ademanes y estas frescas riberas,
riberas como labios,
como maduros labios,
sé que son generosas
con muchachas que guardan
un montón de maldades en alcobas
ingenuas como ingenuas maldades;
riberas generosas con los hombres
recientes como el barro reciente
de alfareras vasijas,
con muchachos que tienen todavía
la infancia recogida entre sus manos
y no saben perderla
al mirarse en el agua.
Esas frescas riberas que me miran,
que me han mirado siempre,
que siempre mirarán mis esperanzas,
son una juventud que permanece
más allá de las cosas que perdimos.
Yo sé que estos caminos
cruzan el corazón, abren fronteras
que aunque llegan de lejos
estos caminos parten de nosotros
y es aquí, sobre el agua,
donde mejor sabemos lo que fuimos,
aquí puede sentirse claramente
el rumbo y el cansancio,
saber que perseguimos
lo mismo que las aguas caminantes
que cada noche llama el horizonte.

Cuando todo acabó, cuando se dijo
que esta ciudad mantuvo su promesa
de cumplir su desdén, de hacerse necia
o hasta trivial, altiva
y acogedora, adversa como pocas,
cuando nada llegaba con sorpresa
y el Invierno ceñía
al tiempo en los hogares,
como en postales falsas,
llegaron los bondadosos copos.
Otra vez, sin reparo, el mismo albor
de la nieve cayendo lentamente,
otra vez el albor, esa dulzura
de los pasos ahogándose en el parque.
Era imposible ver algo más limpio
y unas horas después
toda era sucia y gris como el olvido.
Los hombres. Los camiones
repartiendo las rectas mercancías.
Los precavidos coches. Vagabundos.
Hasta el Sol de los niños.
Todos pisotearon
sin querer a la voz de su blancura.
En las nieves del cielo
dicen que nunca calla su misterio.

Las aguas interiores

Al partir era un niño preocupado
viajando solitario hasta el verano
de aquellos quince años. Me acompañó
primero la inquietud, después la soledad
y al final un aplomo de esperanza
como una sabia calma que prendía
en aquella estación envejecida
de los años setenta. La inquietud
eran los ojos tristes de mi padre
mirándome en silencio desde el lecho
justo al borde del llanto
aquel amanecer que me marchaba.
Una luz en sus ojos me enseñaba
que no debía marcharme sin quererlo
algo más de lo mucho
más que lo quería.
De algún modo acabó la despedida
sin acabar del todo
y se quedó perdida sobre el aire
fugaz de la ordinaria
mañana como un eco interminable.
Lo deje tan vencido que no supe
decir más que aquel beso,
que aquel roce suave de sus labios
enfermos, yo ocultaba
mi dolor en las cosas
vulgares que encontraba a cada paso
pero el peso de sus labios en mi rostro
lo tuve todo el tiempo sostenido
en la memoria inerte
sin poder evitarlo. En el trasbordo
llegó la soledad sin avisarme
quizá por detenerme y verme allí
cansado, casi insomne, contemplando
una sala de espera como aquellas
salas de espera grises y abatidas
o acaso por los labios de mi padre
marchitos como ramas olvidadas
o acaso fue la fría
tendencia que mostraban mis sentidos.
En aquella mañana de verano
viajaba más allá de mi destino
buscando algunas lágrimas siquiera
que me explicaran todo. Y no venían.
Venía el atardecer y con su aroma
una sospecha abriendo dos mitades:
Una miraba al cielo de las cosas:
Otra sentía unos labios que me besan,
que me siguen besando y me despiden
después de arrebatarme la templanza.

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