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1º MÁS BURRO QUE UN ARAO (mi poema)

2º El poeta sugerido: ''Armando Tejada Gómez''

MI POEMA…de medio pelo

 

Un burro muy distinto es a una mula,
no admito se discuta ¡qué carallo!
que el burro es más pequeño que el caballo,
si intentas arrearle que recula
y nunca que él da el callo.

El burro más que burro es un borrico,
pesado, es un tozudo redomao,
si insiste va a subirse hasta el tejao
no trates de cambiarle, cierra el pico,
más terco es que un arao.

El burro tiene rabo tiene orejas
y sabe caminar con cuatro patas,
lo mismo que sucede con las ratas
igual que como avanzan las ovejas
mas no las garrapatas.

El burro en el pesebre cuando yanta
la paja la remueve con su hocico
diciendo quita, quita que salpico,
mas sigue allí tirando de la manta
y dice rico, rico.

Que a mi cuando pequeño me decían
te callas que eres burro más que burro,
si no haces caso voy y te espanzurro
y vuelta a las andadas repetían
pues tú eres un cazurro.

Y puesto a hacer el burro nadie gana
y es ahora que me encuentro ya sin curro
que todo lo que escribo aquí es un churro,
no crean que yo lo hago por la lana,
que escribo pues me aburro.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Armando Tejada Gómez

Armando Tejada Gómez

Hay un niño en la calle

A esta hora, exactamente,
hay un niño en la calle.

Le digo amor, me digo, recuerdo que yo andaba
con las primeras luces de mi sangre, vendiendo
un oscura vergüenza, la historia, el tiempo,
diarios, porque es cuando recuerdo también las presidencias,
urgentes abogados, conservadores, asco,
cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos,
por la cantidad mínima de pagar la estadía
como un vagón de carga
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.

Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto, de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle.

Dónde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados,
porque en este camino de lo hostil ferozmente
cayó el Toto de frente con su poquita sangre,
con sus ropas de fe, su dolor a pedazos
y ahora necesito saber cuáles sonríen
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque sino es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.

Importan dos maneras de concebir el mundo,
Una, salvarse solo, arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra, un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.

Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo del aire
y el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho con un ala cansada,
no debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez, arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son dos fardos inútiles
y el corazón, apenas una mala palabra.

Cuando uno anda en los pueblos del país
o va en trenes por su geografía de silencio,
la patria sale a mirar al hombre con los niños desnudos
y a preguntar qué fecha corresponde a su hambre
que historia les concierne, qué lugar en el mapa,
porque uno Norte adentro y Sur adentro encuentra
la espalda escandalosa de las grandes ciudades
nutriéndose de trigo, vides, cañaverales
donde el azúcar sube como un junco en el aire,
uno encuentra la gente, los jornales escasos,
una sorda tarea de madres con horarios
y padres silenciosos molidos en la fábricas,
hay días que uno andando de madrugada encuentra
la intemperie dormida con un niño en los brazos.

Y uno recuerda nombres, anécdotas, señores
que en París han bebido
por la antigua belleza de Dios, sobre la balsa
en donde han sorprendido la soledad de frente
y la índole triste del hombre solitario,
en tanto, sus señoras, tienen angustia y cambian
de amantes esta noche, de médico esta tarde,
porque el tedio que llevan ya no cabe en el mundo
y ellos son los accionistas de los niños descalzos.

Ellos han olvidado
que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños
que viven en la calle
y multitud de niños
que crecen en la calle.

A esta hora, exactamente,
hay un niño creciendo.

Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece
y el amor se ha perdido
como un niño en la calle.

El barco

Hace siglos, lunas, soles
que el país va navegando.
Látigos de dura historia,
montonera de hambre y años;
hace mucho –el tiempo es hombre-
que la Patria va en un barco
hacia su puerto de paz, navegando.
Tanto andar por estas aguas,
tantas veces el naufragio,
tan castigada la brújula,
tanto Patria –¡hermano tanto!-
que de surcar intemperies,
siglos, soles, lunas, años,
el país que nos contiene
-digamos- ¡se ha vuelto barco!.
Gaviota de los trigales
se ha vuelto barco.
Suburbio donde esperamos,
se ha vuelto barco.
Tierra ajena y sudor nuestros,
navegando.
Ahora mejor juntemos
amor, mientras comenzamos
a decirnos tiernamente
que vamos,
que todos vamos
navegando el mismo barco,
sin islas, sin otro puerto,
sin más capitán que el canto:
vamos navegando todos
el mismo barco.
Hay que admitirlo.
Es un hecho
largamente elaborado,
un modo de muchos sueños
y una esperanza almirante.
¿No es hermoso que pensemos
a la Patria navegando?
¿No es bello saber que todos
vamos navegando el mismo barco?
Políticos, presidentes,
honorables ciudadanos:
ahí va esta flor del oficio
tonadero de mi canto:
sobre la rosa del viento
la Patria es un dulce aroma,
navegando.
Ahora más bien pensemos,
quedémonos meditando.
Habitemos este verso
ya sin posibles naufragios:
-generales, abogados,
sacerdotes, diputados,
señoras, hombres de empresa,
comerciantes, funcionarios-
sobre la flor de los vientos
la Patria se ha vuelto barco.
Yo me conozco el oficio
y la guitarra es un mago.
-Quién haya perdido el rumbo
saldrá con ella a buscarlo-
Y esta guitarra que suena,
pajarera del paisaje,
cuando dice lo que dice
no hay que andar adivinando….
Guitarra ¿cómo es la Patria
navegante que cantamos?
¿Sobre la flor de los vientos
un aroma vuelto barco?
Y no te duele, guitarra,
la madera en la garganta
como a mí me está doliendo
la campana de mi sangre?.
¡Ya no me digas, guitarra,
cómo es mi patria!
Lunas, siglos, días ciegos,
navegando.
Y mientras ellos te beben,
abajo vamos remando,
remando,
vamos remando,
abajo vamos remando!
Guitarra, Patria, Bandera,
luna, río, sueño y cielo,
navío del alto viento,
dulce rosa navegando,
hay dos modos de saberte
mientras tanto:
arriba como un olvido,
como una memoria, abajo.
Porque arriba te trafican
y abajo vamos remando,
remando,
vamos remando,
nosotros vamos remando,
mientras tanto.
¡Y sin embargo es tan simple!
¡Es tan claro sin embargo!
Hay que hacerse del timón.
Cambiar el rumbo de manos.
Subir de pronto a cubierta
-y con este mismo oficio
unitario que remamos-
poner las cosas en orden,
limpiar el viento,
limpiarnos
de los que vienen de arriba
traficando y vomitando.

Y entonces,
¡proa a los sueños!
¡América está esperando!

EL SUBVERSIVO

Un día,
el pobre tipo
empleado o jornalero,
ese que anda a los tumbos
y de la cuarta
al pértigo,
el que ha visto llover
y llover
y llover
sobre su lomo gris
y su triste sombrero;
ése,
el tipo a destajo
que vive de segunda
como el padre del padre
de su anónimo abuelo:
el buen contribuyente
de la cola de acémilas,
aquél,
el locatario
con su ataúd de deudas,
ese que viaja en ómnibus
o en tren la vida entera;
un día,
cualquier día
de mascar la impotencia, va a agotar,
va a gastar,
va a perder la paciencia:
esa última,
oscura rebelión
que le queda.

Un día,
el subversivo,
va a empuñar la impaciencia!
El tipo es un peligro:
tiene un arma secreta.

CANCIÓN DEL FORASTERO

De qué me sirve a mí la primavera,
esta ciudad con plazas y alamedas,
si en el acontecer del día que se va
en toda esta ciudad, nadie me espera.
De qué me sirve a mí tanto paisaje,
el cielo cruel y azul, la luna llena,
si en el acontecer de oscura inmensidad,
en toda esta ciudad, no hay quién me quiera.

Los ojos sin amor son ojos muertos,
miran pero no ven: la piel del día,
la fiesta de color del pájaro y la flor,
el rostro natural de la alegría.
De qué puede sevir mirarnos sin amar?
Los ojos sin amor, no ven la vida.

El solo marcha solo hacia la muerte,
es como un forastero de los días,
dirá que estuvo aquí y no supo entender
por qué los que se amaban, sonreían.
Un hombre, una mujer, por separado
son la mitad del ser, dos soledades,
de qué pueden servir si no saben unir
en el río de un niño las dos sangres.

EL BIENAVENTURADO

Aquel hombre de enfrente,
simple de corazón,
agonizó sus años
corriendo a tres empleos.
Un día, simplemente,
su simple corazón
le estalló en una esquina
y despertó en el cielo.

Dios, bonachón y antiguo,
le dio la bienvenida,
palmeándole y diciendo:
«¿Qué cuenta de la vida

Y aquel hombre de enfrente,
simple de corazón,
se quedó boquiabierto
y preguntó: «¿Qué vida

EL VINO TRISTE

Ese hombre que entra al bar
sin sombra que le ladre,
ése que pisa y pasa
sin rostro ni señales,
pide una copa solo
de espaldas a la calle,
bebe su copa solo,
inmóvil, demorándose,
paga, piensa otro trago
sin gastar ni una frase
y luego, se va solo
hacia la noche y nadie.

Ese tipo va herido.

Y la muerte lo sabe.

PROHIBIDO PROHIBIR

Estaba la ventana dando voces
de agolpada y furiosa primavera,
se partía la yegua en un relincho
y era un ruido caliente la colmena.

Subían llamaradas a las ingles
y era muchacha el tacto de la greda.

Abajo, la semilla era un escándalo
y un grito genital toda la tierra.

La Juana miró a Juan. Juan a la Juana.
El sol, inmemorial, quemó la leña.

De lejos parecía que era un humo,
pero era de ellos dos la polvareda.

Oración a la bandera

Quédate en el cielo, amor,
no bajes.
Aquí abajo, los grises
son tan grises
que, de algún modo gris,
van a ultrajarte.
Y sos tan linda allá,
tan nomeolvides,
-simple ademán de madre
por el aire-
que si caes, amor,
con la ternura
conque caen las hojas
de los árboles;
si llegas a caer,
acaso nunca
vuelvas a ser tan cielo
ni tan madre.
Déjanos a nosotros,
los humildes,
los que nunca te usamos
ni abusamos de tu inmenso
silencio planetario,
que cuidemos la altura
donde habitas,
celestemente hermosa,
como el aire.
Déjanos a nosotros.
De los otros,
es piadoso no hablarte.

Nosotros nos quedamos

Nosotros nos quedamos
y es cierto
que el miedo nos pisaba
los talones muy de a ratos.
Tanta bronca pasamos
y en silencio alentábamos
conspiración
de los rincones.
Pero fue inútil
los chicos traían su rocío
con preguntas.
Toda la furia de punta
de pronto, sin querer
compartimos.

Nosotros nos quedamos
sin caminos, sin barbas,
sin amigos.
Y los prisioneros
buscando a los que pisan
otro país
o en el cielo.
No somos héroes
porque quedamos
ni hay héroes
que regresan de otro lado
sólo hombres
y mujeres
que han padecido
la patria afuera
por ese asunto
de las verdes cosas
por fundar la primavera.
Nosotros aquí aguantamos
para que alguien
pudiera abrir la puerta
y encontrar una mano
cuando el dolor volviera
de la ausencia.

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