ODA AL DIOS BALÓN

Mi Poeta sugerido: »Ana María Martínez Sagi

 

¡Oh, ese objeto volador, esa cosa redondita,
tan inquieta, tan chiquita, que salta sin ton ni son,
al que todo el mundo admira, tú eres pura dinamita,
eres la gloria bendita para toda la afición!

Que provocas emociones de los hinchas a millares,
que sus pasiones excitas y avivas sus corazones
como en la primera cita. Sujeto de los mirones
al que la masa recita con aplausos y cantares.

Capaz de amarte y odiarte en décimas de segundo,
que vas de acá para allá viajando por todo el mundo.
Tu poder no tiene lindes. Gustas a pobres y a ricos,
mujeres, hombres y chicos, altos, gordos, pequeñitos.

¡Casi gol, por qué poquito! gritan con resignación
luego de una frustración, calma chicha y decepción.
¡Qué golazo! afirmación del señor que lleva el pito,
arrebato y a renglón, saltos y miles de gritos.

Hasta yo que soy ateo, en tu divinidad creo,
sigo. sigo, sigo, sigo y en tu imagen me recreo.
Y aunque tachado de autista, por chupón y peleón
con ardor por mozos fieros, ellos también son tus reos.

Y para los que gozamos eres tú, nuestro balón,
el dios al que veneramos, fútbol nuestra religión.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Ana María Martínez Sagi

Ana María Martínez Sagi

ÍBAMOS DE LA MANO

Íbamos de la mano
por el bosque aromado de espliegos y tomillos.
Íbamos de la mano:
era claro el camino.
Tarde de primavera.
Rosado el mar tranquilo.
Íbamos de la mano las bocas silenciosas.
No se oía más ruido
que el del mar y la brisa los últimos reflejos
del sol incendiaban las copas de los pinos.
Nuestras sombras unidas
pasaban con sigilo.
-El verde de tus ojos
era sereno y limpio-.
No sé si tú sentías el calor de mi mano,
la gracia milagrosa de aquel contacto íntimo.
Tu voz quebró el silencio: “¿En qué piensas, pequeña?”
-Cruzó una gavïota por el cielo encendido-.
Yo te miré los ojos que ya amé en otro mundo
y algo breve y muy dulce te murmuré al oído.
Besaste tú mi mano. Luego la noche vino.

El amor lésbico (y frustrado)

Es en mi sangre en mi cuerpo
donde me dueles España.
En mi pensar libre y limpio.
En mi alma.
Como una cruz
clavada.
(…)
¿Qué hiciste de Fray Luis
de Cervantes de Quintana
de Quevedo de gracián
de la fabulosa hazaña
que Colón preso insultado
ofreciera a tus monarcas?
(…)
Destierras. Persigues. Odias.
Condenas. Calumnias. Matas
la flor de la inteligencia
de la entereza y la gracia.
Desagradecida tierra.
Intolerante. Iletrada.
La que desterró a Unamuno.
La que asesinó a mansalva
a aquel poeta inocente
que a los gitanos amaba.

EL DESEO

         Noche
de insomnio negro.

         Sobre mi talud de cardos
crispada me recuesto.
En cada pliegue blando
recôndito del lecho:
una espina de miel
un cuchillo de fuego.

         Incrustado
a mi cuerpo
tentáculo feroz
y agressivo: el deseo.

         Gritos broncos derriban
murallas de silencio.
Sofocante me absorbe,
la boca que no tengo.
Mordaza de mi mutismo.
Pantera de mi desierto.
Hoguera de mi penumbra.
Abismo de mi tormento.
En un rojo
revuelo
de combates
sin freno
aberta
desmembrada
me consumo y me pierdo.
En la noche demente
resucitada muero:
con la boca quemada
com los flancos ardendo.

         Lívida madrugada
cortará el aire denso.

         Y el rostro que persigo
morirá en el espejo.

Venía tu cuerpo moreno…

Venía tu cuerpo moreno
en el agua rosada del río.
Un viento, de pena callada,
retorcía los grises olivos.
Venía tu cuerpo moreno,
inmóvil y frío.
El agua, cantando, pasaba
por tus dedos rígidos.
¡Venías tan pálido,
soldado, en el río!
La boca cerrada, las manos heladas,
la piel como el lirio;
y una herida roja, en la frente blanca,
y una luz de aurora, en los ojos limpios…
¡Qué muerte la tuya, soldado del pueblo,
bravo miliciano, corazón amigo;
qué muerte más dulce, cien brazos de agua
ceñidos en torno de tu rostro lívido!
No venías muerto sobre el agua clara;
sobre el agua clara, venías dormido:
un clavel granate, en la sien nevada,
y en los ojos quietos, dos luceros vivos.
¡Qué pálido y frío,
venía tu cuerpo moreno
sobre el agua rosada del río!

TU ROSTRO

Pacientemente sí.
Porfiadamente sí.
En mármoles de olvido
en bronces de congoja
en granitos de ausencia
día tras día noche
tras noche con dulzura
he labrado tu rostro.
Tu rostro que inventé
hoy pervive en mis ojos
va siguiendo mis pasos
hasta borrar el tiempo
hasta velar mi nombre
hasta cubrir las islas
de luz de la memoria.
Amorosamente sí.
Angustiadamente sí:
he labrado tu rostro.
Traspuse pavorosas vorágines de gritos
derribé cordilleras
descendí por los anchos
océanos secretos
descorriendo el cerrojo de las noches hostiles
del ansia adormecida
de mi voz ahogada
en canteras de angustia.
Aurora tras aurora.
Ocaso tras ocaso.
Ni demente ni cuerda:
así labré tu rostro.
¡Y nadie lo descubre
vibrando entre mis manos!
¡Oh rostro conquistado!
Ardiente quemadura.
Grito tenso del sueño.
Fiel herida del alma.
¡Estatua de fulgor
que no podrás robarme!

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