POEMA A UN INNOMBRABLE

Santiago Redondo Vega (poeta sugerido)

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El culo ¡vive dios! esa palabra
que no hay que pronunciar, no trae a cuenta,
si sufre de algún mal no se comenta,
se debe de ocultar ¡abracadabra!
e incluso no se tienta.

El idem de otro nombre en rabadilla,
pandero, diz trasero, posaderas,
si dices que se muestre va a por peras,
se emplaza más arriba la rodilla,
por sobre las perneras.

Simétrico, ovalado, equidistante,
bitácora trazada con cadencia,
más propia de quien sabe de decencia,
y suele presumir de buen talante
de alguno en su presencia.

El pompis, referente a una señora
se debe de nombrar con disimulo,
si el mismo es respingón así es más chulo,
pues oigo replicar más se valora,
a qué disimular, eso es un culo.
©donaciano bueno

...en ambas sus valientes posaderas, al aire descubiertas, el Quijote Clic para tuitear
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Santiago Redondo Vega

VI

HE APRENDIDO A VESTIRME la piel que me delata,
a conversar a solas con mi propia verdad que se desnuda
los lunes, sin carmín y sin memoria,
ante el abismo impreso de los libros.

He aprendido a buscarme
en el alma enjaulada en la trastienda
de la razón más nimia,
en sus heridos párpados, celosos
de unos labios de absenta.

He aprendido a escuchar
del río sus remansos, como quien cuelga
sus palabras del eco que repite su nombre
y le incita a que vuelva a ser el niño
que ensartaba con lascas el agua entre dos mundos
de infancia y madurez irrenunciables.

X

GRAVITO EN EL DESEO que alimenta
las espigas morenas de los viernes,
o en el ocre del viento escarmentado
que hace heridas sin sangre en la corteza
de esta tierra congénita que habito.

Aquí la tarde es parda, horizontal, longeva,
el paisaje un quimérico trasluz cereal y visionario,
y el hombre es por su alquimia
nobleza de amapola y atavismo de espino en el carácter.

De todas esas magias se adoba la ecuación de mi existencia,
adscrita a la mitad del alma que me falta,
por eso aguardo en vilo -de noche- cada día
tu improbable respuesta
al burofax que te amo a beso revertido.

XII

NO ME EXILIO EN LA EXCUSA que hace nido en la noche
de un domingo cualquiera. Quizá
mi abstracción solo indague
del sueño la medida y sus horarios,
de la piedra el hastío, del reloj la impaciencia,
de tu piel…
de tu piel cada instante.

Mi identidad por hombre se alimenta
-Ícaro intruso-
de mi libérrima obsesión de pájaro,
y vuelo de cigüeña, de azor o de vencejo
por los cielos virtuales de la tinta.

Porque no he de negar nunca estas alas
ni el sueño que las nutre
me poso cada noche en la utopía
de las convictas ramas de los versos.

XVIII

HAS VENIDO A ENMENDAR la tarde con argucias
empeñada en plagiarla del limo de tu rostro,
como si el tiempo
destejiera en mi pecho un mar de arterias
ahogándome el recuerdo hasta morir
sobre tu voz pautada, y fueran
la soledad y el mundo esas dos islas
que anegaran de lastre mi cordura,
y tú mi balsa.

La soledad,
la soledad que muerde
–acre estela de bruma en la distancia-
nos escora a estribor de cualquier puerto
y nos cita, nos goza, y nos despecha
convertida en placebo de nuestro propio acíbar.

El mundo, sin embargo,
casi nunca navega a voluntad del hombre
ni tatúa relojes de esperanza
en el trasdós fugaz de su antebrazo.

La existencia es así, opaca y lúcida
recostada en el hombro de quien quiere
negar la noche al sol
y rogarle a la luna que le ignore.

XXI

Supimos que el silencio era un paisaje
de niebla y decepciones
anclado a la obviedad premiosa de los ojos
al decirnos la piel adiós de golpe
y oxidarnos la rabia
de aquéllos mil atrases que en noches de solsticio
endulzaron de herrumbre mi boca y tu regazo.

Cadenas, libertad,
eslabones con lengua que se abrazan al cuello de los días
y alientan, desde el nunca y para siempre,
la mitad del dolor con que dolernos tanto.

Dos mitades de un sueño a contraluz
de naranjas y enebros,
engarzado en acero de palabras
que ahora engulle –sobre una playa extinta-
la irremediable química del óxido.

XXVI

La luz emerge y blande
los espacios en sombra
con su boca enlutada de resplandor consciente.
Certeramente luz, ingrávida techumbre
adherida al desmán de un cielo de palabras.

El tiempo es un gigante
que engulle cuanto ignora,
auspicia lo que odia, reclama lo infinito
y acaba por velarnos el sueño entre cipreses.

Así me alumbro en ti,
idílica cariátide,
mujer que con mirarme desnudas mis deseos,
ubicua y boreal como un destello súbito,
embebida en carmín, inabordable y tersa.

(de su libro Mecánica de fluidos)

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La casa amarga, la soledad sin luz,las lágrimas sedientas de cariño,los viejos que abrazando van a un niño,altares, los olivos y la cruz.
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