PREGUNTANDO

»El Poeta sugerido: Teresa Riggen

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Comprendo que yo soy un preguntón
cual niño, el que se hace mil preguntas,
obseso de la vista, otro mirón,
que observa aquí al pasar de refilón
aristas, las esquinas y las puntas.

Yo hoy quisiera saber ¡pues baya plasta!,
quisiera conocer ¡pues vete a misa!
¿por qué, por qué, por qué son de esa guisa,
y hay lerdos a mi lao a decir basta?

¿Acaso preguntar es un delito
para que a quien pregunta le condenen?
Hay que ver la manía que nos tienen
colgándole al deseo un sambenito.

Si mal yo no hago a nadie, a qué decir.
a quienes me critican no comprendo,
así insistan no cambiaré de atuendo,
que atento estoy dispuesto a resistir.

No importa si ahora el cielo está tronando,
que alguno vea en mi su desconsuelo
mientras tenga los pies yo sobre el suelo
seguiré a todas horas preguntando.
©donaciano bueno

Colgar un sambenito es atribuir a alguien repetitivamente el descrédito que queda de una acción y se relaciona con la fama o la buena reputación perdidas.

POETA SUGERIDO: Teresa Riggen

Teresa Riggen

RUBEN

(1973-1980)

Te gustaba plantar semillas,
dibujar trokas,
observar los pájaros
mientras tus compañeros destruían sus
nidos bajo el eucalipto.
No quiero pensarte
dormido en la luz quebrada
de la alberca,
cuando el sol teje sobre ti
una red de sombras,
y el agua te mece
para que germine tu sueño.
A tu alrededor el jardín gotea.
Tu voz de niño me persigue
y cruza el patio en un eco suave.
Te busco en el asombro de lágrimas redondas.
(A veces rozo tus dedos en unas tijeras torpes
o en las cintas de unos tenis con lodo.)
Aquí
hemos aprendido a hacer barcos de papel.
Allá
donde se acunó de nuevo tu llanto enmohecido
el sol es un cirio cada mañana
sobre las aguas lisas.

Nuevo milenio

A Eva Tóth

El primer día
la mujer repitió en voz baja las palabras:
«Hágase la luz»
al abrir las persianas,
descolgó una botella de suero semivacía
la puso en el cesto con los algodones, gasas
y cinta adhesiva
y la luz se hizo en la recámara.
Encendió una grabadora, las notas de una
flauta dulce
nombraron al día por su nombre
entonces ella se atrevió a nombrarlo también
segura de que la noche había terminado.

El segundo día
recogió agua de lluvia y la calentó con sus
manos
hasta hacerla mansa como el cuerpo del
hombre que yacía en la cama
sus dedos lo humedecieron despacio
después de secarlo
lo envolvió en sábanas lavadas con manzanilla
y luna.

El tercer día
ungió sus yemas con sábila para alisar
cada surco
amasar con savia blanca la flacidez de brazos
y piernas
para dar fuerza a los músculos
en esa tierra aún fértil.

El cuarto día
mientras pasaba el rastrillo por Jas
barbas jabonosas
le habló del sol y de las estaciones
hasta que él retomó el tiempo que parecía
haberse detenido.

El quinto día
cerró los periódicos con fotografías de
guerras y temblores,
al romper una receta que había quedado
sobre el buró
rogó que los años por venir se multiplicaran
como las aves y los peces
y poblaran la casa que había estado un tanto
abandonada.

El sexto día
pulió con paciencia de alfarero el torso
varonil, el cuello, la cabeza,
repasó una y otra vez el bordo de la oreja
presionó con firmeza las plantas de los pies.
Acercó su boca hasta infundirle su aliento
ayudó a incorporarse a ese hombre
cuya imagen no era semejante a ella
y vio que lo hecho era bueno.

El séptimo día
el olor a café y pan recién horneado Ja fue
trenzando a él
se tendió a su lado
antes de descansar decidió contar de nuevo
los dedos unos a uno
pasó su lengua entre ellos
encontró gozo en moldear con sus manos un
poco del barro que había quedado blando
hasta darle forma
el séptimo día no hubo reposo.

Inmovilidad

Se dio cuenta del rapto, y se quedó quieto.
Leyó lo que ofrecían por información, y permaneció callado.
Pasó el resto de su vida calculando lo que habría podido comprar con la recompensa.

De vuelta a casa

Norma sacó la cartera y preguntó frente a la caja:
—¿Cuánto es?
—Quinientos sesenta.
—Permítame, señorita, por favor. Era una voz varonil sobre su hombro. Norma alisó su pelo discretamente mientras volvía la cabeza para dar las gracias. Se sintió halagada. Recordó que tenía los puntos de la media corridos. Se enderezó sumiendo el estómago y sonrió.
—¿Me permite llevarla?
El olor a lavanda la envolvía.
—Vivo muy cerca.
—Pero está empezando a llover.
Se dirigieron a un Mustang y ella se arrellanó en el confortable asiento.
(Bendita lluvia. Por mí que llueva cuarenta días y cuarenta noches. El tapiz parece de terciopelo. No puedo llegar a casa con este hombre, si lo ve Ernesto tendré problemas.)
—Es en esta calle.
(Puedo decirle que vivo en la casa de la esquina. Ojalá me invitara a cenar, y luego a bailar, ésa sí debe ser vida. ¡Que distinto!)
—¿Y cómo va Susanita en sus clases?
—¿Susanita?
—Susana del Río
—Su… Susana… ¿es usted su papa?
—Si, maestra. ¿No me recuerda? En la última junta de Padres de Familia.
—Ah, sí… Bien… va bien. Es aquí.

Teresa De Riggen
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII

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Yo sí que sé sumar, lo sé y lo juro,que siempre dos más dos resultan…

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