¡QUÉ HISTORIAS!

»El Poeta sugerido: Rosario Pérez Cabaña

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La vida, dijo un pájaro atrevido,
te tiene reservado un premio gordo
y vine a tropezarme en tanto un tordo
soltando una cagada el mal nacido.

Yo supe de las mieles de la gloria
y un viento que llevaba el desespero
me dijo basta ya, también te quiero,
mas sepas tú eres menos que una escoria.

Resulta que yo estaba vacunado
y quiso la morbosa de una estrella
ponerle a mi salud una querella
perdiendo lo que amaba en el juzgado.

Si entiendes esto a ti ya te ha pasado
no sufras ni te agobies ni padezcas,
ni jures pues que tú no lo merezcas,
pues solo es otra historia que he inventado.

Mentira es que ese pájaro existiera
y aun menos lo del tordo y la cagada,
ni a gloria yo he subido, que es sagrada,
ni existe alguna estrella puñetera.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Rosario Pérez Cabaña

Rosario Pérez Cabaña

FABULACIÓN DEL AUTORRETRATO

A aquella que fui yo quisiera desnudarme.
Quisiera preguntarme la tabla de los verbos,
asomarme conmigo a todas las ventanas
y asustarnos las dos de todo lo posible…

Y quién será esta que ahora, en este preciso sur, me busca
en la incandescencia de la sílaba, en el relato fantástico,
en la oscura sombra de los ojos
con que los años nombran todos y cada uno de los acaecimientos.
Esta que parece oírme desde un mullido acantilado
que se asombrara cada día de su insólito horizonte.

Ladra la perra en el jardín. No es una certeza,
es la única osadía permitida, el único viaje al exterior,
el único atisbo de que esta mano escribe
en un sur preciso y caluroso. La única sospecha.

Quién fue y por qué me habrá robado la memoria.
Y qué será lo que cree escribir mientras la miro.
Qué será aquello que cree mirar.
Qué será lo que ve y la descansa
en la turbidez de lo que creyeron ver los ojos.

EVOCACIÓN

Llamarte es un tenaz empeño por desnombrar mi lengua,
por sacarte al mundo y dejar mi boca hueca.
Desabrida de páramos me busco solo a ratos
en la mudez estéril de las voces
cuando la evocación del vino y de las manos.
Pero tu no presencia y su quietud merecen, el menos, un gemido;
llamarte en llamas con la boca seca y libre de uvas;
apenas un pronombre, apenas la hermosa falsedad de la memoria.
Llamarte por las vivas corrientes del subsuelo y desdecirte
y darte mejor vida.
Y qué serás cuando dejes de ser lo que ya no eres…
Dejaré encendidos dos cigarros como piras en tu nombre,
y a ratos fumaremos como siempre te gustó, oyendo mis historias
a través del humo fatuo de mis labios, sí, lo intentaré,
más Garbo que Dietrich. Te gustará mi día de hoy, ya verás…
Llamarte, sí…
(Alguna vez te llamé tierra, tal vez no lo recuerdes.
Alguna vez no supe más cómo llamarte, si humo o polvo o sombra o)

ARTIFICIO

Recuerda la herida en la memoria.
Aún tiene la forma visible de los campos de arroz bajo las aguas.
El reloj bajo la capa de cera. El milagro entre las uñas. La turba
libadora de raíces.

(El pez
escapa. Se agranda,
se hace río y se nada en la corriente,
insólito. Apenas un momento).

Después
de nuevo el sordo ruido de los dedos en la nuca,
el olor verdoso y manso de los muslos extenuados,
el paso lento de los despertares.
Duele la herida en esa nube fábula como duelen los pájaros
en un otoño asombrado de luciérnagas.
Recuerdo las heridas en las calles
y el popelín ante el cristal, desde donde el álamo y la fuente
y los paseantes sin destino.
Recuerdo las manos en las teclas y los mundos arrojados.
Recuerdo lo que estaba por llegar: la herida en la memoria,
la memoria en la herida, ¡otra vez!, la inconfundible estrategia de mi boca
ansiosa por narrar lo que se ausenta, incapaz ante los verbos
y su atracción molecular, sus choques, sus certezas ocultas tras la bruma.

De nuevo los peces abisales.

Recuerdo mi boca pulidora, abierta y urgida,
rozada por el suelo y por los hombres,
la boca siempre incontrolable, la boca llaga
en busca de los mapas enterrados con que cantar
la vida no vivida.
Acaso la invocación de la memoria destruya lo posible
y recuerde que no fui otra cosa que la búsqueda incansable
de ardides e invenciones.
Acaso
los túneles oscuros me dirijan al solar
donde el único dios nos muestra, con sabio diximulo,
la sagrada ciencia del arte y el oficio.

QUIZÁ YO EN LA TIERRA

Quiénes somos yo y mi lengua
en medio de estos manglares. Drenar los suelos
para untar mis manos con el limo me hace madre, eso sí.
Madre que aprieta en sus puños el fruto de la tierra
y le sonríe y le canta canciones mientras le crecen los cabellos.
Pero quiénes somos yo y mi lengua.
Qué altura alcanzará la voz cuando los oídos no quieran oírme
y no lo sepan, cuando tus oídos se cubran de lodo.
Es posible que se aclaren las paredes y se oscurezcan los pechos.
Es posible que reconozca mi sombra y las canciones que salen de mi boca.
Es posible que el humus te renazca en hombre que busca mis torrentes.
Todo es posible, como que hay días oscuros
y que agradezco a la tierra mis pies
y mi cansancio.

INVENTARIO

Una vez merecí una vida.
Y labios y un libro de poemas
y vientres y cigarros encendidos.
A veces merecí también lo que no tuve, lo que casi creí tocar
en engañosos tactos.
Merecí la entrega, el desgarro, el olvido involuntario,
la música, la historia, la plena laxitud del cuerpo tras los cuerpos,
el premio, la memoria, la repetición de los actos,
la morera, la risa incontrolada, la letra, los análisis retóricos,
la pérdida, la absoluta ganancia de mis pasos en la calle,
el paseo, el hombre que duerme, la prosa,
el aliento dulce de la niña, la promesa.
Nunca merecí, como se ve, otra cosa que le viva sucesión de días
y la sequedad en la garganta cuando el dolor opaco.

De lo nuestro

Si tú me pidieras que escribiera de lo nuestro
es una oración condicional
(mejorable, sin duda, en el estilo),
inconcebible en esta maraña de hojas
aferradas a su árbol, a condición tan sólo
de la luz que vivifica;
la misma luz, fíjate, que nos vivifica.
Si tú me lo pidieras, yo podría decir palabras como acentos,
elevar sílabas al infinito;
podría, como otros,
decir casa, camino, mano,
encrucijada,
por no hablar de los adverbios
que acompañan al amor cuando es un acto.
Por ti, si tú me lo pidieras, podría
describir el pasillo de la casa
que nos mira con ojos achinados, allá en el fondo,
revueltos, sin orden, sudorosos.
Y seguir así, buscando anáforas
con que preñar nuestro ego de amantes
que se aman con los dientes;
sin terminar nunca los discursos,
porque tú bien sabes que no hay nada peor
para el amor
que una oración adversativa.
Así que seguiría escribiendo —claro está,
si tú me lo pidieras— palabras
como manos, sin lugar a dudas, manos
que se abren y se cierran al mundo;
palabras largas y sonoras
como esperanza,
como ESPERANZA NUESTRA,
que resulta más simbólico.
Todo por encontrar una verdad (qué se yo,
¿superlativa?) que cierre
esta dialéctica gastada,
posible, deliciosa, futurible,
de decir si tú.

Limpieza general

Una limpieza general es una cosa completamente seria,
por su crueldad, principalmente.
Despojar al objeto de su pátina, aun invisible,
supone un agravio incuestionable
para el objeto que esperó pacientemente.
Apóstatas del polvo
que aún tenéis la suficiente fe
para creer
que tras limpiar el polvo
el polvo está,
como dicta la ciencia,
mucho más limpio,
decidme: ¿a qué distancia de la mancha
ha quedado abandonado el verso?

Aunque, no nos olvidemos, si se quiere,
todo puede ser poetizable.
A ver si no:
a) desalojar el polvo de su libro
tiene su propio tiempo, que recuerda
la lentitud del pulso en las orillas
de tu cuerpo.
b) lanzar al mar por los desagües
el resto de sudor con que me amaste
también tiene su ritmo.
c) lo de los peines mejor no nombrarlo,
por mi obsesión más que nada.

Claro, después de la tristeza, propia
de las cosas limpias,
¿cómo puede uno seguir amando
la tela de la flor
que ya nunca será la misma?
Eso hay que tenerlo en cuenta.
Más de una vez ocurre
que cuando la casa queda limpia
acude un vértigo (podría jurarlo)
que me hace recordar.

Ciertos inconvenientes los considero lógicos:
por ejemplo, tener que ir urgentemente
a comprar, qué se yo, ropa interior
o perfume para el gato,
que a día de hoy nadie me ha confirmado que no pueda yo tener un
gato.

El cielo, eso sí, se ve más diáfano con la casa limpia, despojada
de aquello que tal vez nos ayudó
en otro tiempo a amarnos.

El ángel de La Carbonería

Sergio Lira lee en un rincón.
La mano cóncava, los dedos juntos, apenas
rozando el centro ocoso
que separa en dos mitades toda historia.
Cualquier alma no iniciada
podría haber encontrado de repente la pureza.
Lúcido Lira
sin esperar que algún cantante de rock o de tango sin burdel
lo convierta en friki taciturno;
a él, que sólo aspira a leer en el ángulo oscuro, tal vez olvidado.

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