UN DÍA, LENTILLA

»Mi Poeta aquí sugerido: Vicente Monroy

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Vivo en piso alquilado sin puertas ni ventanas
donde las amapolas no salen a pasear,
como no tengo vistas no puedo ver el mar,
las olas disfrutar, ni el sol en las mañanas.

A veces me pregunto si en realidad soy ciego
y aunque a ver no me niego no consigo mirar
lo que hay tras de los muros, no puedo respirar,
que no puedo regar ni cultivar mi ego.

Y no hallo quien me baile, no tengo una mirilla,
ni nadie hay me acompañe para llevarme al bar,
se sincere conmigo y allí un trago tomar
pudiendo así olvidar que un día fui lentilla.
©donaciano bueno

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Hay veces en las que las obsesiones nos impiden ver más allá de nuestras  propias narices, surten el mismo efecto que una lentilla que con el paso del tiempo se vuelve opaca

MI POETA SUGERIDO: Vicente Monroy

Vicente Monroy

DEJASTE DE ESCRIBIR

Canciones intocables, lugares anchos y largos,
cervezas abiertas cuando teníamos veintidós
y las conversaciones duraban y duraban.
¿Qué te puso tan triste, que dejaste de escribir
esos poemas que nos gustaban tanto?
De las fiestas de aquel verano largo
recuerdo una. Muy cerca de la noche,
cayó un aguacero cálido de pronto,
rompió los toldos, desbordó la piscina.
Tú saliste a bailar casi desnudo, riendo como un loco.
En medio de la calle saltabas en los charcos.
Terrible hermano:
los jóvenes heridos también somos jóvenes.
Te fuiste pisando sitios que el sol no tocaba nunca.
Casas, prados, otros trenes
pasaron en el viaje del que vuelves.
En el porche desconchado ahora crecen aloes
y geranios enredados sólo en sí mismos.
El frescor sigue llamando a la siesta.
Aunque ya nadie lo escucha, sigue llamando.

EL EXTRAÑO OCIO

Cruzabas la piscina como un trazo
reflejado del cielo, fugaz,
quedaba tras de ti
un leve lodo turbio, te miramos brillar.

Los gestos de la noche son inconfundibles,
pero nada palpita al final del universo.

El corazón es pequeño.

Se oyen pasos de animales
que descienden a beber
en la desembocadura.
Niños que aman a otros niños
en el interior del bosque, temblorosos.
Más allá, el rumor de la autopista
que a veces confundimos con el mar.

Algún día, acostumbrados,
lo llamaremos silencio.
Después de tanto orgullo, de tanto extraño ocio,
alcanzaremos algo para poder perderlo.

UN POETA SALE A CORRER DE NOCHE

Inventabas poemas en medio de la noche,
en el sueño eran claros, pero cuando despertabas
habías olvidado las palabras.
Entonces salías a correr tranquilo,
libre del peso de algunos versos tristes.
En la calle, la canción del cielo,
máquinas expendedoras reluciendo
debajo de la lluvia, nubes negras
cayendo del espacio
entre el vacío y el suceso puro.
¿Quién animó todo esto
y lo hizo brotar así de lento, impedido,
de su propio interior, de las palabras
que lo nombran? Esta lenta zozobra
de todo lo que veo, ¿quién la soñó?
No fuiste tú. Tú amabas
el silencio en los parques, el olor de los hombres.

EL MAL HOGAR

¿Quién descargaba aquel peso del deseo
que doblaba la lona en el otoño
bajo las hojas secas y las avispas muertas?
Raros hongos asoman en los bordes de la loza.
¿Cuántas palabras de aquellas
que dijimos en verano
encontraron un destino?
¿Rebota todavía, aunque inaudible,
su eco en el jardín?
Murmuraste vencido:
Quizás nunca se apaguen.

Recogimos madera, escalamos un árbol,
nos manchamos las manos y la cara.
Cuando la cabaña estuvo terminada, pensamos
que no era nuestra imagen de un hogar,
pero era tarde. El invierno nos había sorprendido.
Dormimos abrazados.

Si todo el silencio del mundo
cayera sobre esta noche
y ardieran las ciudades de Europa,
no lloraríamos.

Hoy que viajamos

La foto muestra un mantel sucio de vino,
la merienda se alarga y cae la noche,
alguien dice que la sola idea del mar le empapa,
que la sola idea del sol le seca,
una ambulancia baja la avenida distante,
salpicando intermitentemente
las hojas de los árboles de luz naranja, de luz azul.
No siempre sé lo que siento, y hoy que viajamos
por espacios amplios o de ritmo eléctrico,
parece raro estar mirando este paisaje ondulante,
el agua que alguien derrama, los edificios blancos,
y pensar: me encuentro bien,
pero detrás algo me inflama, inexplicable,
irrespirable como un aire de fuego.
Somos jóvenes, pero eso durará poco.
¿No se agitaban las ramas como diciendo:
es cierto, hay algo más allá que es hacia lo que vamos,
sin remedio arrastrados por esta suave brisa
aunque las raíces nos mantengan sujetos
al suelo un instante más?
No siempre sé lo que siento, pero hoy,
aquí,
puedo decir firmemente lo que quiero:
que nada escape de la circunferencia
que trazó la belleza a nuestro alrededor,
pero que nada, sobre todo, nunca
revele la medida de su radio.
Incluido en Las estaciones trágicas. © Suburbia Ediciones, 2018.

Poema La vista, el tacto de Octavio Paz
A Balthus
La luz sostiene ingrávidos, reales
el cerro blanco y las encinas negras,
el sendero que avanza,
el árbol que se queda;

la luz naciente busca su camino,
río titubeante que dibuja
sus dudas y las vuelve certidumbres,
río del alba sobre unos párpados cerrados;

la luz esculpe al viento en la cortina,
hace de cada hora un cuerpo vivo,
entra en el cuarto y se desliza,
descalza, sobre el filo del cuchillo;

la luz nace mujer en un espejo,
desnuda bajo diáfanos follajes
una mirada la encadena,
la desvanece un parpadeo;

la luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
cántaro donde beben claridades los ojos,
llama cortada en flor y vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema:

la luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa;

la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;

la luz se va por un pasaje de reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.

La luz es tiempo que se piensa.

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