UN TONTO DE CAPIROTE

»Mi Poeta aquí sugerido: José Julio Cabanillas

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de HUMOR

 

A ese tipo, pringao, de medio pelo
que se cree un gallito de pelea,
que mirando va abajo cuando mea,
orgulloso que está de ese consuelo,
esperando feliz que alguien le vea.

A ese falso chaval desvergonzado
que empujando va siempre a donde acude
deseando que alguno le desnude,
de reojo mirando a cada lado
y alguien haya se acerque y le salude.

A ese tipo tan fatuo y presumido
– el que siempre alardea de canalla,
si de mente hay que hablar no da la talla-,
perdonando va vidas, que fingido
no sabe a dónde va, donde se halla.

Como un verso naciera ya podrido
él, que nunca valió para estrambote,
-si es que hay riesgo se irá dándose el bote-
no sirviera de roto a un descosido,
un tonto es de alquiler, de capirote.
©donaciano bueno.

Pringao: Apelativo cariñoso que recibe toda aquella persona de poca relevancia para su estudio en interés de la ciencia. Tonto del capirote significa simplemente “tonto”. Antes se utilizaba en las escuelas un sombrero o capirote con orejas de burro para castigar a los que no sabían la lección.

MI POETA SUGERIDO: José Julio Cabanillas

José Julio Cabanillas

Ulises

Nada debo.
Tras de mi puerta una mujer, dos hijos,
cada vez más recuerdos.
Con fría claridad me devuelve el espejo
un rostro que ya empieza a no ser joven.
Al menos he labrado con trabajo constante
mi fortuna y mi nombre: nada, nadie.

Edad de Oro

En los siglos felices que dioses y gigantes
hablaban con los hombres en un bosque cercano,
se incendiaba el otoño en granadas abiertas
y era luz el invierno sembrada por la aurora…
Si allá pudiera huir sin llevarme conmigo.

Plaza Bib Rambla

Muros manchados. Frío.
Yo sé que aquí acamparon escuadrones de lluvia.
Una a una recuerdo las tardes que de niño
me senté en estos bancos.
Con un jirón de nubes se cubría
la desnuda caricia de este cielo.
A menudo pensaba en una perla gris
ajada en un estuche de terciopelo roto.
Quisieron, una tarde,
crucificar la luz en esta plaza.

ÁRBOL

CUANDO yo era un arbusto, el aire
me soplaba al oído canciones de muy lejos.
Me rozaba la frente.
Yo estaba allí, en el bosque, entre padres y abuelos
de alturas formidables, con sus ramas nudosas
acariciando el sol, bebiéndolo a hojas llenas.
Una nube pasaba.
Un pájaro ponía el corazón en la garganta.
Pasaban niñas, y reían.
Pasaban mariposas y eran oro.
De pronto fui un árbol. Qué verde gravedad
de savia entre las hojas que, en el aire, temblaban o reían
con los ojos de un hombre enamorado.
No muy lejos oí pasos de hierro, gritos,
voces de pedernal en el filo de un labio.
Y se alzó el brillo agrio de un hacha en mano fuerte.
La savia, acostumbrada a vivir en mi adentro,
vio el sol y desmayó. Yo desmayé, caído.
Me arrancaron del suelo, me talaron las ramas,
menos dos, las más grandes. Me quemaron la copa
de hojas transparentes, hijas del arco iris.
Me arrastraron a voces hasta un monte pelado.
Había gente. Olía a sangre, y un perrillo
pasaba entre las túnicas severas
de unos hombres hirsutos con ojos imposibles.
Luego, en lo poco que de mí quedaba,
clavaron -yerro y sangre-
lo poco que quedaba de aquel hombre.
de “Poemas descalzos”, Libros Canto y Cuento, 2016

DOS ESPEJOS

A la impaciente sed de los espejos
(Pues congelan la luz y no pueden beberla)
Me asomé, temeroso.
Al abrir el armario de mis padres
Dejaba en cada puerta
Abiertos los espejos frente a frente.
Si entre los dos ponías una silla,
De pronto había mil sillas cada vez más pequeñas
Y al fin en lo más hondo dejaban ya de verse.
Un día me atreví y me metí yo mismo
Entre los dos espejos.
Y anduve, anduve, anduve
Cada vez más pequeño y más, más hondo.
Y vi cosas menudas, vi la luz congelada
Y vi el rostro picado de la luna muy triste.
Cuando yo vuelva al cuarto
Qué encontraré en mi casa.
¿Pero existió esa casa? ¿Yo he vivido?
¿Papá, cuándo volvemos?
En la impaciente sed de los espejos
Pregunto, temeroso.

LA ESPADA

La espada estuvo sobre la cabecera de mi cama.
Tenía yo cuatro años y dormía bajo ella.
Vivíamos en un piso grande, destartalado, frío.
Un piso triste que ahora recuerdo como entre sueños,
En blanco y negro: blanco de nieve,
Negro de abismo. Un piso donde cada puerta,
El pasillo, los cuartos, las ventanas
Eran de un invierno hostil, crudo, casi perfecto
Que dejaba en los suelos grandes ramos de escarcha.
En el piso, además, había también demonios.
Mejor dicho: eran tres. Y los tres despertaban
A las tres de la noche. Yo también despertaba y los veía
Entre resplandores de mariposas de aceite
Que mi madre había puesto en un arcón
Al fondo del pasillo.
El piso aquel tenía tres demonios,
Una noche muy larga, un pasillo muy frío
Y una espada en mi cuarto,
Sobre la cabecera de mi cama.
Mi padre la había puesto en la pared, envainada, recta,
Con un mango, un guardamanos, de medio círculo.
Era media verdad que guardaba mi cama
Y mi sueño y a mí.
La verdad que brillaba de noche, como de plata limpia,
Y me aplacaba el miedo
Y me daba valor contra aquellos tres cuerpos de la sombra.
Esa espada mi padre la guardaba
De cuando fue a la guerra y volvió vivo.
Ahora estaba envainada, polvorienta, herrumbrosa,
Sin más valor que alzarse en mitad de la noche
En el largo duermevela de un niño
Que debí de ser yo
Y que sabe muy bien que hay sombras
Al fondo de la noche, brillantes de oro escuálido,
Cuando él se despierta a las tres de la noche:
La hora del diablo.
Como un dedo de plata, esa espada señala al este, a la ventana,
Al camino del sol que ya se atreve
A empuñarla de nuevo y quebrantar tres sombras.
Pero esta noche, padre, te han cerrado los ojos casi de madrugada,
Pasada ya la hora del diablo,
Delante de la puerta de un jardín con árboles de oro.
Sobre la tierra verde una espada, en los sueños.
Una espada en la guerra.
Una espada en la muerte.
Una espada en la luna.
¿Quién guardará tu vida?
¿Quién velará mi angustia?
Es tu espada quien llora. No soy yo.

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