YO LLAMÉ A LA PUERTA DEL MUNDO

Poeta sugerido: Jacinto Santos Verduga

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Llamé, al mundo llamé. Fue en una tarde,
que junio era ese mes cuando los viejos
al sol salen, igual que los conejos
y el monte en su esplendor se encuentra que arde.

Fue un golpe, un estertor, una llamada
aquello que yo vi, duró un segundo,
asido de los pies, rojo, iracundo,
de azote y de palmada tras palmada.

Aquí debo decir que no vi nada
mas crean si les digo que aun recuerdo
al verme allí desnudo como un cerdo
dispuesto ya a sumarme a la manada.

Después, todo paso, llegó la fiesta,
había que anunciar bien mi llegada.
lo que luego ocurrió no entiendo nada,
hoy sólo ya disfruto de la siesta.
©donaciano bueno

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Qué emocionante el momento de nacer y qué interesante sería el poder recordar esa primera vivencia de la salida del vientre de la madre.

POETA SUGERIDO: Jacinto Santos Verduga

Jacinto Santos Verduga

Poema final

A Francisco Pérez Febres-Cordero

Perdónenme
si mi silencio
les causa ruido,
si les duele
la herida
que yo he curado.
Comprendan,
no es mía la culpa,
ya estaba señalado.

Jacinto Santos Verduga
bahieño; 1944 – 1967
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Réquiem
Lentes míos,
en qué rincón
de la noche
se quedaron dormidos.

Un niño

Un niño
me persigue
y pregunta
por mi extraña
manera
de ser padre.
Me mira
desde un
alcantarilla.
Muéstrame
la sonrisa
que a esta edad
tuviera
y se va
en silencio
mientras llora.

También los ángeles se suicidan

Al Dr. José Santos Rodríguez

Un coro de botellas
trasnochadas
tejió este abismo,
al que me asomo
para veri mi rostro.
Inevitablemente
la noche
me espera
en la esquina.
Díganle
que no tardo.

Uno menos

A esta hora,
mientras escribo
la palabra territorio,
a una mujer que amo
le escarban la vida…
Con las herramientas
de la muerte
le están borrando
la huella digital
de mi ternura.

Poema al hijo

„No hay mejor padre
que aquel que no tiene hijos,
ni mejor hijo
que el que no nace“.

Hijo mío:
pequeña levadura de mi sangre,
honda raíz sumergida
en el centro
de la vida
verdadera.
Lentejuela
activa y esencial,
controlando el ritmo
de las internas palpitaciones.
Desnuda soledad
en un secreto cosmos.
¡Arco iris!
Estela cincelada
en el vuelo
de nueve cometas blancas.
Hijo mío:
delgada sonrisa
del dolor naciente,
prolongación del llanto
en lluvia multiplicado.
Antes que me asombre
el milagro
de la creación,
quiero reconocerme
en estas palabras
que desvelarán tu sueño
y rasgarán la calma
de tu íntimo universo.

Esférica,
completa,
ideal,
fue la antigua residencia
de mis sueños,
donde las diminutas manos
palparon el cielo
de la elástica membrana
y la savia
me llegaba puntual
por los profundos conductos
de todas las arterias.

El sol de su sangre
lloraba mis tejidos
y todo su espíritu
hichaba mis venas.

Yo vivía pensando
por los milenio.s próximos,
sin saber que pronto
se cumpliría el plazo,
y así me sentí,
de repente,
con otra luz y oxígeno distinto.

Si me hubieran
anunciado antes
todo lo que me esperaba,
seguramente
mis dedos habrán crecido
para hacerse garras
y prenderme fuerte
por todas las paredes
de sus íntimas entrañas.

Yo no sé
por qué la vida
no continúa siempre,
segura y altiva,
en el vientre de las madres.
Para qué salir
si en cuanto estamos afuera
empieza nuestra muerte.
Por qué seguir
si sólo nueve meses tiene la vida.

Yo amé aquel recinto santo…
y aún lo extraño.
Y cómo no pensar en el regreso,
si regresar fuera posible,
cuando sabemos
que adentro no hubo guerras,
ni hambre, ni desolación, ni muerte.
Sólo amor. Un cosmos diferente.

Mi infancia
fue una estrella en fuga
fugaz
y la estela que dibujó
en mi recuerdo,
un lacerante desgarramiento de los sueños.
Pronto fui hombre.
Las lágrimas habían endurecido tanto
que pesaban en mi rostro.
Y las dejé atrás.
Vino el amor.
Y con él, el caos.
El ascenso a la cumbre
de todas las esperanzas
y el descenso a la sima
de todos los desengaños.

Todo en mí
llegó inesperadamente,
la vida, la muerte larga
y este anillo en la mano izquierda.
Hasta tu latir
lo siento inesperado.
Créeme,
he pensado
mil veces en tu existencia
y me parece hermosa
por todo lo que traerás de nuevo,
por la risa que nacerá en tu boca
para regarse en este pequeño cuarto,
por el tamaño de tus dedos
y el color de tus ojos.
Por todo lo primero
te necesito y espero.

Pero, hijo,
¡cómo hablarte,
sin herirte, de lo que ignoras?
Por lo mucho que te quiero
no quisiera que fueras,
por todo lo que te espera
no desearía esperarte.
No ves, que a veces,
en mí se anida tal paradoja,
que pienso
que no hay mejor padre
que aquel que no tiene hijos,
ni mejor hijo
que el que no nace.

Te diré y no te asombres,
que mientras mueren los niños
en algún lugar del mundo,
los otros no han dejado de ir al cine,
que la tragedia nos visita tanto
que cuando no llega, la esperamos.
Te diré pequeño mío,
que éste tu padre
sufre el sufrimiento
que no le es propio,
vive con el sueldo estrecho
—hasta hoy no he comprado
a mi boca
un pedazo de sonrisa—,
mira por las noches las estrellas
y para casarse
alquiló un terno viejo.

Si tú quieres
puedes venir.
Ven. Llega.
Yo besaré tu fresca piel mojada
y cuidaré las horas de tu sueño,
haré con mis brazos un cerco
para que juegues todas las mañanas,
seré tu sombra, si tú quieres,
tu mejor caballo de juguete,
pero no me mires nunca,
por favor, con malos ojos;
no me tengas venganza,
te lo ruego,
si se desgarra tu alma
por algo que no pueda evitarte,
si te muerde el cáncer,
si te hiere el desengaño,
si te amenaza la guerra.

Por Dios, hijo,
no quiero que sufras,
que nunca se humedezcan tus ojos
ni suba la fiebre a tu cabeza,
que nada desvele tu sueño
ni llegue el momento
que tú me preguntes: «¿por qué?»
y yo no sepa contestarte.

Si después de todo
tú llegas,
con los ojos más claros
por lo que te he dicho,
y amas la paz
y las cosas sencillas,
y das tus calcetines,
tus zapatos,
la camisa que llevas
y hasta tu misma alegría
al primero que encuentras,
yo bendeciré tu llegada
y amaré la vida.
Ganador del Segundo Premio del Ismael Pérez Pazmiño de 1966

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