POETAS

Mi Poeta sugerido: »Fruela Fernández

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Cuando yo era pequeño los poetas
con dedos de la mano se contaban,
a algunos muy famosos se estudiaban,
igual que se estudiaban los profetas
y a veces con fruición se recitaban.

Gozábamos en clase con sus versos
soliendo levitar con Garcilaso,
sus musas, sus visiones del Parnaso,
Quevedo y otros próceres diversos
que a todos yo hoy los sigo y los repaso.

Por eso a mi los clásicos me gustan
pues tuve que estudiarlos en la escuela,
lo siento si es que a alguno hay que le duela,
o incluso han de gritar que se disgustan
cual fueran a sacarles una muela.

Poetas, que hoy existen a porrillo,
salúdante al pasar ¡adiós poeta!
queriendo hasta al silencio sacar brillo
en medio de este gran batiburrillo,
con riesgo de que alguno te la meta.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Fruela Fernández

Fruela Fernández

LA FAMILIA SOCIALISTA

Muchos de nuestros hijos están allí
Josep Borrell

En diciembre fuimos a votar los cuatro
—mis abuelos traían los sobres preparados de casa—
y el fuego se olía en la calle
Colos comunistas
(dijo mi abuela, otra vez, en la comida)
nun voi ni a pañar perres,
es decir,
que ella —socialista— no estaría entre los comunistas ni siquiera para recoger
monedas del suelo
(¿de dónde le viene esa escena?
pienso en un cacique
que dejase un reguero de pesetas
al pasar entre los jornaleros
o en aquellos turistas holandeses
que lanzaban euros a las mendigas de la Plaza Mayor).

En el tren
asocié
a nuestra familia con los terrenos que abrieron
tras las obras de soterramiento:
las zonas
de piedra menuda entre vallas y artos,
donde empieza
la periferia:

algo incompleto que podía
ser el principio
porque no terminaba
de romperse
o quizá un recelo
más antiguo,
absorbido
por un paisaje.

De crío me ofrendaron al PSOE.
Mítines en Rodiezno y La Chalana,
collados abiertos tras horas de mareo
o la orilla
donde brillaban
concursos de entibadores, tarteras de carne y la promesa
que no tomaba forma.
Mis abuelos
llamaron a su casa La Rosa;
no el Llungueru
ni Cholo y Luchi
sino
La Rosa,
una Casa del Partido.
En el 88, primera huelga general,
mi abuela me llevó al colegio.
Por la reja entrecerrada para no atraer a los piquetes
me acercó al portero
como si entregase un fardo de contrabando.
Entre alumnos de doce cursos
fui el único.
Pasé el día
coloreando
en el frente socialista.
Mi abuelo lo explicó,
a su modo,
veinte años después;
—Si tuve algo parecido a un ídolo
fue Felipe,
pero resultó que era un hombre como los demás
y tenía una querida.

A la entrada de Oviedo

dejé de recordar.
Uno
de los setenta siete incendios
asomaba,
cercano.

Dicen que un pastor
quemó bosque para darlo
al ganado.
Pero el fuego en diciembre no crece,
es el viento del sur,
extraño,
el que lo empuja.

La familia socialista (nota)

Cerca de Bobes
hay un llano cerrado con plástico naranja.
El concejo imaginó un polígono
aunque no habrá.
Dos caballos y dos mulos pastan,
uno tordo y otro blanco por pareja,
frente al carril a medias
de la autovía.
Las casas, posadas allí,
entre tapetes de musgo para un belén de escuela.
También
el monte bajo
y el eucalipto,
traído para crecer y arder
y dar papel.

La familia socialista (memento)

Tenemos mal morir. En la consulta
hablamos del retraso. La mujer
de melena espelurciada se encoge
y duerme junto al ficus. Su vecina
narra la paga —poca— que recibe
por el marido muerto en accidente
y la más joven
explica que fue a casa, tendió ropa
y la secó.
(Güelita Soledá
repetía Duélenme los cadriles
—manos a las caderas— y era úlcera
de la aspirina. Oscar
pidió que recordasen sus cenizas
en botella de sidra. Honorina
no rige. Pichu se ahorcó.)
Con gesto
neutral, el dermatólogo retira
los lunares que habían complicado
el color:
eran nada,
pero llevaban traza. Rasco el cerco
de vello afeitado y betadine
y sé el tiempo que viene:
qué haremos
con tanto plato, cenicero, prueba
de vacaciones, tanto relicario
del partido vivido, cuando mueran
y vayamos detrás,
cerrando casas.

La familia socialista (las manzanas)

Las últimas manzanas de la temporada
—reinetas marrones, de Kent—
son blandas y fariñonas.

Las dejaría en el cesto
hasta que acaben podres,
pero mi abuela me enseñó
que tirar comida
ye pecáu».

¡Bayures!
Eso son
bayures,

diría,
apretando el forro de la muleta
y clavándola en el suelo,
si intuyese
la tentación

del gasto
o el descarte.

A veces
la memoria nos da el tono,
inclina la perspectiva
como un traspiés o un techo bajo.
Para mi abuelo fue el hambre,
para mi abuela la visión
del hambre.
Por eso
cuando se encontraron
mi abuelo pensó que era hija de carnicero:
Tabes bien sostenía,
la carne como elogio en la escasez.
Por eso si comemos deprisa
repite
Paliáis como les del Tirriu,
las viudas de guerra que cargaban paladas de carbón a los vagones,
mientras El Tirriu, usurero,
medraba.

Por eso
siempre habrá semanas
de compota, de puré, de manzanas últimas
al horno
en esta familia.

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