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UN LERDO INCIPIENTE (mi poema)

Los del Poeta sugerido: ''Ibán de León Santiago''

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de INFANCIA

 

Recuerdo, yo fui un día muy inocente,
-comprendo ya han pasado muchos años-,
pensaba que el amor era indecente,
la leche se sacaba de una fuente,
las riñas se acababan con los años,
y dios omnipotente.

Pues dicen que una esponja es lo que yo era
que habían incrustado en mi cerebro,
y opinan fuera dios; la puñetera
sorbía lo que oía, lo que fuera,
que así fuera torcido cual enebro
entraba en mi mollera.

La noche por la cama me asomaba
a un mundo en que en verdad era otro mundo,
de un ser del que decían que me hablaba,
haciéndome entender que si pecaba
tendría un sufrimiento muy profundo,
y el sueño me robaba.

Recuerdo, yo fui un día muy inocente,
-comprendo ya han pasado muchos años-,
pensaba que el amor era indecente,
la leche se sacaba de una fuente,
las riñas se acababan con los años,
que un lerdo era incipiente.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Ibán de León Santiago

Ibán de León Santiago

(Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde” 2018)

Lengua materna

Hablabas el idioma de los viejos,
conservabas palabras de una lengua
hundida entre las piedras de los ríos.
Tus labios reescribían el cauce de las aguas,
de los amaneceres,
las casas,
la gente de tu pueblo.

¿Qué cielo acompañaba tu cuerpo de maíz
al clarear el relámpago de la primera misa?
Salías antes del alba con el rosario en mano
a pedir por tus muertos.
Rezabas,
posadas tus rodillas en las losas del templo,
en tu lenguaje extraño,
que era un lento correr de tempranos arroyos.

Los santos, en lo alto,
escuchaban tus ruegos,
descendían a tu oído y el manantial del habla bordeaba tus cabellos.
Escuchabas tú sola, en el tumulto,
la palabra del dios y de tus dioses.

Aprendí a verte siempre,
tras la puerta,
cuando volvías, entrada la mañana,
—tus pasos recorriendo el polvo del camino,
la humedad de las hierbas—,
con tu lengua de luz,
la voz antigua,
retumbando en el púlpito del día.

Papalotes

¿Recuerdas aquellas mariposas
y el juego desmedido de las nubes?
Sentados en la tierra,
bajo la sombra exuberante de los mangos,
trazamos delicados papalotes
que el viento sacudía en lontananza;
ni el pegamento aquel —engrudo le llamábamos—,
ni el colorido del papel de China,
ni los levísimos carrizos,
sobrevivían al tumbo de los meses:
sólo unos días
y los sueños bajaban para ya no levantarse.

Volábamos:
tejimos una trampa para el tedio
y nunca,
como exigía el aire,
escuchamos
—debajo de nosotros—
el llamado nervioso de la tierra.

1987

Guardo tu nombre en una caja de zapatos.
Eran los siete años que abrían nuestro mundo.
De mañana,
tus labios repetían la historia:
encontrar nuestros pasos
para ir a la escuela tomados de la sombra.
En tus ojos de agua el calor encendía un poco de tristeza.
Me gustaba
tocar tus iniciales en el salón de clases.
Pienso en tu vida lejos de las aulas,
en tu desilusión presentida antes del recreo.
Te veo como entonces, Laura,
alegre por el ruido de los juegos.
Amaba tu sonrisa,
tus ocurrencias todas,
tus manos que apretaban
un puñado de hierba
arrancado de pronto en el camino a casa.

No sé qué signifiquen
las cinco letras que construyen tu ausencia;
las guardo en esta caja,
y pienso
que el llamado despunta
a las seis horas justas de los pájaros,
que el mundo recomienza entre nosotros
cuando cierro los ojos.

Éxodo de los durmientes

Salíamos de tarde.
Dejábamos atrás la puerta de la casa,
el patio,
un cielo de naranjos,
la risa de los niños surcada por los juegos.

El puente aparecía
sobre el pequeño arroyo.
Debajo las mujeres lavaban en las piedras.
A pie, siempre en silencio,
buscábamos el pueblo de mamá
tendido entre los cerros.

Llegar era perderse en los recuerdos
de una mujer que entonces
me parecía inmensa.
Campanas anunciaban
el fuego de las fiestas.
La plaza era un temblor a mediodía
manchada por el brillo del durazno,
los mangos y el zapote,
el barro,
los juegos pirotécnicos.
El mundo que rodaba hasta entrada la noche
nos devolvía al cuerpo de las sábanas
con el último grito de los cohetes.

Cuando la madrugada abría su sigilo,
el canto de los gallos
señalaba la ruta del regreso.
Doblábamos el vientre del camino
—el sueño confundido entre los ojos—
para allanar el aire
de las horas pasadas.
Mamá auguraba entonces
la desaparición de sus ancestros.

Confesión

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.
Ramón López Velarde

Yo que sólo canté
los días soleados de la infancia,
que descubrí el amor
a una edad en que gustaba
de jugar siempre a solas y en silencio;
que tuve entre mis manos
el germen de la lluvia;
yo que hablé con bondad de mis primeros años,
pues en ellos creí ver el galope
de ligeros corceles
en el patio de la casa,
que saboreé los frutos antes que el sol los madurara
y me empeñé en nombrar
la belleza de un tiempo
donde el miedo no tuvo un sitio perdurable,
alzo hoy la voz y no me pesa
decir que no era cierto,
que si existió el amor lo vi pasar
entre las páginas de un libro
del cual sólo conservo
estas pocas palabras,
que al surco de mis manos le faltó la semilla
y que aquellos corceles relincharon,
bárbaros y hermosos,
en el patio de la casa vecina.
Alzo hoy la voz, Ramón, y no me pesa
decir que los mangales
no fueron generosos:
sus frutos se pudrían
en las ramas con la primera lluvia,
que aunque vi reír a mis hermanos,
recuerdo oscuramente
su llanto tembloroso, el llanto de mi madre
y hasta el llanto del perro que recibió no el pan
sino el golpe de dios en las costillas.
Alzo hoy la voz,
a la manera del hombre que ha soñado,
y digo que mentí
para aceptar lo que he sido.

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