EL OLOR A LA RESINA

Poeta sugerido: Víctor Botas

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Recuerdo aquellos árboles erguidos
rezumando la savia por sus fuentes
mirando siempre al cielo cual creyentes
penando por el hacha doloridos.

Recuerdo de mi infancia ¡qué recuerdos!
ese olor a humedad de la tamuja,
el silencio de embrujo que dibuja
duendes ayer sensibles y hoy tan lerdos.

Las grullas, los jilgueros, los gorriones
aleteando volar de rama en rama,
el silencio o el susurro que derrama
el ave que no entiende de mojones.

El subir y bajar de serrijones
con el ruido que ofrece la carrasca,
el zumo que rezuma de la frasca
y el olor que agradecen los pulmones.

Las piñas y los nícalos, bellotas,
las horas que pasé allí meditando,
que nunca imaginé fuera soñando
ilusiones que un día fueran rotas.

Pinares que aun estáis en mi retina,
con la entrada furtiva de un conejo
y que hoy pasado el tiempo suena a viejo
y aun me inspira el olor a la resina.
©donaciano bueno

Al níscalo en mi tierra se le decía nícalo. Cerca del pueblo existía una fábrica donde transformaban la resina. Cuando soplaba el viento, el perfume le inundaba. Hoy la han convertido en un criadero de cerdos. El resto lo dejo a vuestra imaginación.

POETA SUGERIDO: Víctor Botas

Víctor Botas

De Las cosas que me acechan

CON indecisa pluma voy poniendo
indecisas palabras. (Quiero darte
un poco de mi espíritu.) Es difícil
llenar tanto papel con unas líneas
capaces de emoción. A cada paso
se bifurca el camino y aparecen
otros nunca pensados; sólo uno,
que no sabré encontrar, es el preciso.
Escribo, pues, errando las ideas
y sus vanas palabras. (Se parece
bastante este oficio a esa otra busca
más rica, que es la vida. La ventaja
de la ficción consiste en que, si quiero,
rompo la hoja. Puedo repetirme.)

ESE RECUERDO AUSENTE

Estoy buscando ahora, en las cenizas
de aquella tarde rota, su contraria
forma, que no pasó. Sé que me acecha
desde cualquier esquina. La imagino
casi casi feliz… (Un poco triste.)

YO

Este asombro de ser apenas una
parte del universo, y ser sin duda
tan vasto como el orbe, y ser gemido,
e instante, y eco, y dardo sin destino
ni otra cosa que un rumbo me depare.
Este ser una sombra que no sabe
ni puede comprender, que olvida acaso
porque es su condición. Este atareado
afán, que no concibo, del complejo
mundo por explicar las causas, cierto
de que no hay explicación o hay tantas
que es vano todo empeño. Esta insensata
costumbre de mirarte en la secreta
certeza de saber que no hay respuesta…

NI tus ojos ocultos. Ni esa rara
manera de moverte, dibujando
las cosas que me dices. Ni la breve
queja de las ojeras en tu rostro.
Ni aquella noche intacta que, sospecho,
no hemos de compartir. Ni tus palabras.
Otra secreta magia me propone
la íntima aventura de una página
que trata de nombrarte. Si supieras
a qué amargos parajes da tu ausencia…

PAISAJE

El paso innumerable de las olas.
La inquietante presencia del crepúsculo.
La noche en el sauzal, depositando
su voluntad de sombras.

Pero no estabas tú, y aquel instante
en vano negará
su propensión a olvido.

ME he confundido tanto
que ya no sé si es cierto
que tus ojos son uvas de una noche temible
o tan sólo apariencias
espejismos inútiles
figuras

pálidos habitantes de algún sueño.

MEMENTO

¿A qué ese vano afán? ¿Es que no sabes
el fin para el que estás determinado?:
andar, andar sin rumbo, andar en cierto
modo como si ciego, por lugares
que nunca podrás ver. Piensa un instante:
¿de qué te sirve el oro? No te quiso.

ESTÁ entre las cosas que me acechan;
en el mar de esa tarde no esperada
que hoy es una tristeza y un fracaso;
en la luz del otoño y su arboleda
de rumores y sombras; paseando
por Roma, perdida entre la música
antigua de las fuentes; en el cuerpo
de una mujer que se peinaba cerca
de la arena y del mar; en cierto rito
de un día ya lejano; en el insomnio,
que es donde yo me escucho; en esas cosas
—una mirada, un hábito, un acento—
sin ninguna importancia, que nos pasan
y que no se resignan al olvido.

HABLAN de la Naturaleza, y es hermosa

—dicen sin más razones—; yo prefiero
más bien hablar de un caos, aciago y fiero,
sin orden ni concierto ni otra cosa
sino este ciego azar que nos acosa
a golpes de testuz. Dejarlo quiero
muy claro en esta página: no espero
del temporal trasiego que graciosa-
mente prodigue paz. Serán sus golpes
más duros si, creyéndome en la gloria,
sólo esperase halagos: dura noria
mueve el ritual del tiempo, golpe a golpe.
Hay, sin embargo, instantes, signos, cosas
que, misteriosamente, son hermosas.

UN día estaré muerto. De la mano

que en soledad escribe estas palabras
una tarde de otoño, sólo un vano
resumen quedará, una macabra
figura de marfil. En el secreto
cuarto pernoctaré, pálido y sólo,
la cara ya indistinta y un discreto
pañuelo en la mandíbula. Tan sólo
una flor propondrá inútilmente
una nota feliz. Veo el paciente
atáud que me aguarda. ¿Qué misterio
habráseme ese día desvelado,
terrible o musical? Algo muy grave
mi tácito cadáver sueña, sabe.

ANTE UNA EFIGIE

DE SARGÓN EL VIEJO
(S. XXIII a. C.)

La inderogable forma de la efigie
corrobora la ausencia de unos ojos,
el perfil se demora, minucioso,
en pulcritud de líneas y se finge
un éxtasis del rey: sólo un instante
de belicosa vida congregado
en formas que perduran proclamando
de Sargón la presencia memorable.

Sé de tan regia efigie, que no cesa
de reducir el tiempo a sólo un hito.

¿Habrá intuido el rey que tantos siglos
apenas son un ápice en la inmensa
clepsidra original, y que a su gloria
daría el recio ídolo memoria?

A PAULA

Un día me verás, en la distancia
de los años ya idos, como siempre
sentado en mi escritorio o dedicado
a comentarte cosas. A mi lado
también te verás tú, perenne niña
de avizorados ojos sonrientes.
Pero no seré yo, ni tu mirada
tendrá el calor de antaño: serás vieja
y, en torno a ti, otros niños de insondables
miradas jugarán y será alegre,
y habrá melancolía en tu mirada,
y el tiempo habrá borrado estos momentos
en que escribo un poema y me preguntas
¿juegas al ajedrez? —Estoy llorando
porque sé que esto es cierto y, algún día,
querrás jugar —¿con quién?— inútilmente.
De Prosopo

ANÓNIMA

Ni muy feliz, ni triste. Como tantas,
parecerá insensible a cuanto pueda
ocurrir a su lado. Cada día
andará iguales calles y las mismas
sombras la mirarán pasar. No habrá ninguno
capaz de distinguirla de las otras,
así, a primera vista. Cada día
se va muriendo un poco (no comulga
con esa triste rueda de molino
de la moderna mística; el trabajo,
rutinario y vulgar —bien lo comprende—
la embrutece y anula). Y qué remedio
queda. Y qué remedio.
Pero yo sé que guarda
intacta esa frescura y delicada
del corazón ardiente y una innata,
joven curiosidad. Estará sola,
como solos están los que, de un modo
u otro, son acaso diferentes.
Y no sospechará que hubo una tarde
en la que fue dictándome un poema.

VENUS DE CNIDO

Las manos de la diosa
no prodigan
calor.
Vale mil veces
más la humilde ternura de esas otras,
comunes y encontradas
en la noche del puerto,
que toda la destreza de Praxíteles.

¿DE qué modo decírtelo?

¿Compararé tus ojos a las quietas
estrellas de la noche? ¿O, utilizando
resabiadas metáforas de Oriente,
diré que hay en tus labios imposibles
y blancas margaritas, que tu talle
es una esbelta palma? Mentiría
de una manera estúpida: bien sabes
que eres poquita cosa y, desde luego,
nada del otro mundo. Sin embargo,
cuando no logro verte, algo me pasa
que no puedo aguantarme ni yo mismo.

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